Martes, 10 de diciembre de 2019

Crear la luz

Adán y Eva esperan con calma, a tamaño natural, cada uno en su tabla, pintada al óleo, ocupando unos ochenta centímetros de ancho por doscientos de alto. Cada uno, en su porción de paraíso, con sus ramas con hojas tapando sus sexos, desde 1507, en esa instantánea en la que el gran Durero quiso inmortalizarlos antes de comer la manzana, con la serpiente de la tentación enroscada en el árbol, allí, junto a ella, de cara aniñada y dulce. Cómo se pinta ese cabello ondulado al viento, de tal varón, cómo se introduce con pintura espacio entre el suelo y el talón derecho de Adán en el momento de dar un paso… Cómo se moja el pincel en ese ungüento, cómo se elige el color, cómo se dan las pinceladas… Qué tipo de pelo es el que forman los pinceles, de qué calidad, para ondear con el aire la larga melena de Eva, con su guedeja depositada sobre el hombro… Cómo se extiende la claridad, me pregunto, sobre sus pechos, sobre sus manos, cómo se hace para que la luz se vaya posando con delicadeza exquisita sobre su cuerpo, sobre su piel, en este trabajo de Anatomía sobre estas figuras humanas con las que el sabio pintor rompe los cánones y las proporciones clásicas para que sean más estilizadas de lo acostumbrado, con las que mira al clasicismo desde ese nuevo renacer…

Cómo se pinta el espacio, pienso. Las meninas, esas nobles que acompañan a la infanta, le hacen una reverencia, ofreciéndole en un búcaro de barro un agua, que imagino fresca, para calmar su sed; agachan los miriñaques que se adivinan bajo los brocados de su lujoso vestuario. Puedo escuchar los sonidos que realizan sus ropas al inclinarse, sus múltiples enaguas tan almidonadas, sus tejidos espesos al besar el suelo. Puedo oír los susurros de Doña Marcela de Ulloa, el chirrido de la puerta del fondo siendo abierta en ese momento por el aposentador. Y miro ese techo tan alto que alberga otros cuadros, y ese espejo empañado en el que se reflejan los reyes, y ese otro espejo que no se ve, en el que se mira Velázquez para inmortalizarse en un autorretrato, mirándonos para siempre. Y sale de la tabla el olor del óleo que se fue posando, y los bastoncillos de algodón que, con mimo, quitaron la capa del tiempo, ese tiempo que se fue acumulando, desde mediados de ese siglo que empezó en mil seiscientos. Y me pregunto cómo este artista, para entonces ya consagrado, pudo pintar no sólo las caras, los gestos, las expresiones, sino también el espacio de la sala, el ambiente, y concentrar tanta luz sobre Doña Margarita de Austria… De qué sol cogería tantos haces para hacerla brillar en esta superficie elegida de 318x 276 cm…

Este gigantesco artista, que pintaba alla prima, sin bocetos, que no hacía dibujos previos, volvió a sorprender poco después con La fábula de Aracne, de Ovidio: la joven tejedora a la que se le propone crear su tapiz más bello, y cuando lo realiza es condenada por la diosa Atenea a convertirse en araña para toda la eternidad. En esta bellísima obra del barroco, de pintura lisa, conocida en nuestro tiempo como Las hilanderas, sorprende de nuevo la creación de espacio, de aire, de distintos planos para contar su mensaje. Y siempre me hago la misma pregunta: Cómo puede pintarse la atmósfera, cómo se puede dar movimiento a la rueca con esas pinceladas libres, sueltas, que nos hacen escuchar su sonido, cómo se mueve la mano de su protagonista para hilar tan rápidamente, cómo se pueden pintar los hilos, las madejas devanándose, la pelusa que desprenden, cómo se puede vestir la lozanía en la pierna de la vieja Atenea, cuántos rayos de sol se coleccionan para la blusa impecablemente blanca de Aracne…

Y de ahí, a la piel tersa con la que dota el increíble retratista Goya a su maja desnuda, esa pintura líquida que se convierte en mejillas sonrosadas, epidermis envolviendo todo su cuerpo, rozando el año 1800… Y ese bagaje pictórico del maestro, ese despliegue de conocimientos y habilidades en la maja vestida, esos dos metros cuadrados de óleo para poder tocar los mullidos almohadones, el suave satén, el raso, las puntillas, los encajes, las borlas, los dobleces de la tela, los pliegues, que dejan vislumbrar las formas de su cuerpo, sus contornos insinuándose bajo sus ropajes…. Y de nuevo la luz, concentrada en los blancos que posteriormente Sorolla haría tan suyos…

Son tantas las pinturas… Son tantos… Son todos… También están ellas, esas pocas que, por tener algún tipo de relación familiar o amistosa con los pintores pudieron acceder y desarrollar esta pasión, vetada a la mujer en tantas épocas y que, poco a poco, a través de investigaciones y ciencia van saliendo a la luz del reconocimiento.

Pasear por la luz del Arte es un auténtico privilegio. Lo es saborear toda la historia y todas las formas de pintar, las características de cada etapa, cada estilo, cada técnica, cada sello personal de cada artista… Acercarse, Aprender, Saber, produce conocimiento. Conocer ayuda a valorar, a respetar. El Arte es una de las mejores formas de disfrutar. Y tenemos la inmensa suerte de poseer un patrimonio de valor incalculable.

Nuestro Museo del Prado cumple 200 años. En 2018 más de tres millones seiscientas mil personas visitaron sus colecciones y embebieron su luz.