Martes, 10 de diciembre de 2019

1966

Un poblado conocido por el kilómetro 14. Cuatro hileras de casas situadas a unos dos kilómetros de la carretera que une Madrid con Arganda del Rey. La escuela está en el poblado. La iglesia y la centralita telefónica situadas a un lado de la carretera. En el poblado no hay agua corriente, ni árboles, ni nada. Tan sólo un caño al que acuden las vecinas con sus cántaros. En ese poblado vive la señora Flora. Tiene dos hijos. Uno paralítico que atiende a la centralita. El otro trabaja en alguna de las yeserías circundantes. La señora María, vive sola. Sus hijas trabajan de sirvientas en Madrid. A unos cientos de metros, en dirección al Pozo del Tío Raimundo, algunas mujeres ejercen el viejo oficio. Sus clientes son obreros. Los servicios se prestan al aire libre. Un montoncito de piedras está siempre al alcance de sus manos. Con frecuencia, los críos del poblado se sientan, a cierta distancia, para ver. Ellas les tiran piedras para alejarlos. Las señoras Flora y María viven en una casa de protección oficial. Una planta, cuatro habitaciones y un corral. En éste conviven alguna gallina y la letrina. Una única estufa calienta la casa y sirve de hornillo. En invierno el frío congela el agua de la jofaina. Ambas señoras proceden de algún pueblo de Castilla La Mancha. Emigraron. A ambas las cortaron el pelo al rape y las pasearon por sus pueblos. Salvaron sus vidas. No así, el marido de una y el hijo de la otra. La señora Flora le da al jarro. La abuela María es analfabeta. Una vez al año le pide a alguien que le lea la última carta de su hijo. Lo fusilaron por miliciano a los 19 años. La guerra civil ya había concluido. “Madre, me despides de la Josefa. Hice lo que tenía que hacer” La abuela María se enjuga los ojos y dice, año tras año: “me lo mataron los buenos”. Entretanto, los chavales del poblado acuden todos los días a la escuela. Rezan, cada mañana, un padrenuestro y cantan el “Cara al sol”. En el poblado nadie habla de política. En el Pozo del Tío Raimundo una vecina tiene a su marido preso en Carabanchel. Es guardia urbano. De esos que dirigían la circulación a golpe de silbato. Resulta que era un tanto rojo. Paliza, “¿quién más?”, paliza. Tremenda orquitis. Tuvieron que descoser sus pantalones dada la inflamación de los testículos. La mujer quiere verlo. Ellos preguntan: “¿Qué prefieres un marido sin huevos o uno muerto? Lo que veas te lo callas”. Se lo calló. Los que supieron tampoco dijeron nada. Mejor vivo, que muerto. Uno de mayo. Los trabajadores se manifiestan en Atocha. Tan sólo circulan por las aceras, sin interrumpir el tráfico. La “social” se esconde en los portales adyacentes. Trincan a uno u a otro. Les meten adentro, los identifican y los apalean. Igual da. Los trabajadores de la Seat o de Barreiro siguen su silenciosa marcha. Gente valiente.

Cincuenta mil condenas a muerte acabada la guerra civil y otras tantas al pío-pío.

Un partido fascista, de viejo cuño, afirma: que nuestros abuelos, los de uno y otro bando, se dieron un abrazo. ¡Falso! La transición fue una imposición. No había otra. Aún queda mucha justicia por impartir y muchas heridas por restañar.

Escrito hoy, 20 de noviembre del 2019. Cuarenta y cuatro años después de la muerte de un ser cruel.