Viernes, 13 de diciembre de 2019

Los Mora 

Si yo tuviera un harén (que va a ser que no) me molerían a hostias con razón y efectos retroactivos todas las mujeres que me amaron un día y pusieron su vida a mi nombre, una  a una, que así se sucedieron como las melancolías, los perros de la infancia y los restos de Paulov donde  con el tiempo me quedé. Suponiendo que hubo alguna mujer que un día me amó, que es mucho suponer.

Si yo tuviera un  harén (pongamos que los  milagros existen, aunque sean urbanitas esta vez, ahí tienes a Maxim Huerta), se parecería a una tribu de tábanos, colinas para el adiós donde Jennifer Jones y William Holden se despiden para siempre 16 años antes de que Pilar diese a luz a Rafa Mora, mieses acezantes, piedras con sed, la rosa de las ruinas, jamases en formación de dos o tres, y más y más y más. Que de todo eso hay en este “Diario de cercanías” que está entre nosotros, lo mismo que doña Isabel Díaz Ayuso nos quiere gobernar contando a los nasciturus como familia numerosa.

(Antes de amanecer en los ojos de Ethan Hawke y Julie Delpy: si no hubieras escrito este libro, Rafa Mora, me harías un pavor).

El libro tuvo hace tiempo un pico de fiebre, cuando la tarde de junio dejó de abochornarnos, se puso muy mimosa a pesar de la ausencia del beso de María Guivernau a quien me unen tanto amor como destiempos, la fugacidad del famoso cantautor que ni te ve ni te oye como si fueras un búlgaro vendiendo máquinas de coser en el picadero de Carlos IV, pero con la presencia trinitaria de los Mora de visita al escritor.

Sabemos que no hablo de los Mora de Zurbano, con su palacio y sus árboles, con la sinuosidad de su físico, con su saliva de insectos entre la yerba que el jardinero ni sospecha, donde nació y creció Betsy Blair con otro nombre, una señorita que exportamos a Bélgica para que reinase a la vez que enseñaba a rezar el rosario a Balduino, tan tristón en sus arrechuchos sentimentales como espabilao a la hora a de acostarse con la mujer de su padre ocupado exterminando negritos del Congo, que ni se enteraba de los cuernos.

Hablo de los Mora noblemente sicilianos a la hora de la familia, aquellos que Manuel López Azorín me proclama siempre como el origen de todo en padre y madre, y Juanlu que era el guía entre la multitud. Juanlu Mora  ha escrito el prólogo del libro del hermano, quién mejor para la sagacidad de todos los olores que hay en Rafa Mora.

A Juanlu Mora yo le tengo mucha devoción, desde que le vi una noche encima de un escenario con una guitarra y la habilidad de hilar más que nadie la música, la poesía, y el puente sobre el río de las dos en charladurías donde hay tanta poesía disfrazada de sedal como un  guionista para los extravíos.

Juanlu Mora suele apagar la noche de fuera y aprovechar la media luz de dentro con una ración de convalecencia  que deja paso al silencio de la felicidad como quien sabe que está deshelando indecisos. Cuando Juanlu Mora abate el libro de su hermano en un prólogo como este, nos deja ya en ese instante perfecto para un apátrida suave, nocturno, mensajero y caudal.

Los Mora son una saga sin fatalidad histórica sino con un adviento de creaciones artísticas que viven y ayudan a vivir. Benditas raíces las de estos príncipes triturando silencios.

El último  libro de Rafa Mora es básicamente copulativo y se acerca solamente una vez al territorio hernandiano para rendir pleitesía al asesinado de la elegía. Pero es solamente un guiño con ese “a quien tanto quise” que no tiene nada que ver (salvo el fervor) con el “con quien tanto quise” de Miguel. Lo demás es Rafa Mora en estado puro. El monumental talento de la socarronería literaria y reflexiva, los saltos de un Johnny Weissmüller, aquel rumano de un suburbio de Timisoara que se pasó la vida entre monos hasta que le mató la tos, las perplejidades jugosas al doblar la última esquina de una página o en mitad de ella, el imperativo de la hiperatividad, no saber qué te espera.

Porque “Diario de cercanías” es siempre un libro en movimiento.

El hermano más chico ya anuncia que el hermano grande camina el lenguaje de un tren. Y no es el tren de Boris Pasternak que pasa de largo cuando Omar Sharif se muere de un infarto en el andén mientras que la mujer de su vida no percibe esa muerte y se va sentada su tristeza huérfana de hombros caídos hacia la nada. Este es un tren donde todas las mañanas son lunes innumerables como si fuesen uno solo, un tren sin miedos para pensarse y decirse.

En una sola línea de “Diario de cercanías” hay más enjundia que en el noventa por ciento de todos los libros para fotógrafos familiares y amistosos que se han adueñado del mercadeo. Salvo del dejarse ver, que a la mayoría de señores y señoras es lo que importa ¿qué queda después? Pues la nada, pero no la nada vacía, sino la nada barroca y ruidosa que intenta prolongarnos su tortura.

Dicho esto, si alguien está pensando ya en un Fahrenheit 451 del  distópico  Ray Bradbury, que se olvide de “Diario de cercanías”. Porque el libro de Rafa Mora no sólo se salva de la quema, sino que es una de las cosas que debe haber siempre en todas las mesillas de noche junto al vaso de agua y la caja de condones.

Si yo tuviera un harén (que va a ser que no), sería imposible prescindir de ninguna. El poder del hambre es devastador, te coloniza y te hace más justo.

¿Y de qué página (son 129) del libro prescindo? Pues de ninguna tampoco. Porque si antes he dicho que “Diario de cercanías” es un libro en movimiento, tengo que añadir que sílaba a sílaba se reinventa.

Ya sabemos que los géneros literarios se difuminan hasta el punto de que, como dije el otro día en un encuentro literario, hay más poesía en “Memoria de la melancolía” de María Teresa León que en algunos poemas de Rafael Alberti. Hablamos de poesía, claro, porque se escriben, se editan y se venden libros de poesía donde no hay un solo poema, sino prosa cortada y ni un gramo de literatura.

Todo lo que hay en “Diario de cercanías” Rafa Mora lo ha puesto a sabiendas de que no es un aspaviento, sino el fruto de una creación literaria que luego el lector consume a su manera. Nada de lo que ocurre en este tren lleva la vanidad de los  mediocres sino la capacidad expresiva de un enorme talento que no se puede encerrar en un libro, en una guitarra, en una liturgia de la palabra o de la música.

¿Decimos que lo más parecido a las estructuras poéticas (muy cernudianas) está en la última parte del libro? Vale. Pero yo no me pierdo ni una línea del principio.

Y un aviso final de quien no sabe nada: creo que en los garbanzos hay más prozac que en las píldoras. Como me lo cuentan lo cuento. Voy a leer otra vez a Rafa Mora antes de que, pasado el vermú, llegue la hora del cocido. Y luego iré a comentarle a la bellísima boticaria lo de los garbanzos, el prozac, y el libro de Rafa que vale por todo.