Martes, 10 de diciembre de 2019

Abrazo, gatillazo y batacazo

            Cuando apenas habían transcurrido 24 horas desde el cierre de los colegios electorales y los resultados presagiaban una situación similar a la ocasionada con el 28-A, ya todo el mundo tenía noticias de un preacuerdo establecido entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, so pretexto de poner en marcha una operación de gobierno en coalición, capaz de acabar con el actual bloqueo y consiguiente parón gubernamental. Al principio, resultaba todo tan chirriante que invitaba a calificarlo como uno más de los bulos que circulan por las redes sociales -fórmula empleada con más frecuencia de la deseada. El poco tiempo transcurrido desde la finalización del recuento de votos y la machacona letanía de razones que había expuesto Pedro Sánchez para no negociar ¡nunca! con Pablo Sánchez, aconsejaban no tomarse en serio la noticia. ¡Pues no, señores! Pedro Sánchez ha vuelto a demostrar el poco valor que tiene su palabra, y lo mucho que le condiciona su ambición.

            Después de rechazar repetidamente los serviles ruegos de Pablo Iglesias, tal celeridad en el preacuerdo debe obedecer a razones de mucho peso. Aparte de su absoluto desprecio de la verdad, Pedro Sánchez ha dado repetidas muestras de no dar puntada en balde. Lo puso en marcha con la moción de censura, le falló a la hora de encontrar apoyos tras el 28-A y ha decidido que esta vez no se podía permitir el lujo de un nuevo fracaso. Varios nubarrones, sin embargo, amenazaban su maniobra y era preciso acortar los tiempos antes de que se hicieran realidad.

A la vista del reparto de escaños, la primera amenaza venía de la derecha. Descartada una posible mayoría de fuerzas conservadoras, circulaba el rumor de un posible ofrecimiento del PP para establecer un acuerdo de legislatura con el PSOE que evitara el acceso al gobierno de comunistas, independentistas y filo terroristas. Es cierto que no se ha hecho ese ofrecimiento. (El joven Casado, todavía influenciado por la fuga hacia Vox de los votantes defraudados por la inacción de Rajoy, piensa que un salvavidas lanzado ahora al náufrago Sánchez podría abrir una nueva brecha en su partido. No quiere tentar la suerte y se atrinchera en sus planteamientos. En las condiciones actuales, tal vez sería necesario olvidarse por un momento del propio programa antes de comprobar los efectos de un gobierno en el que los compañeros de viaje de Pedro Sánchez ya muestran sus primeras intenciones. Así nunca sabremos las razones que aportaría el presidente en funciones para rechazar dicha propuesta, y la oposición, por su parte, pierde una ocasión pintiparada para rebatir las contradicciones de un gobierno apoyado en un falso y peligroso progresismo – otra manera de convencer a sus posibles votantes de la conveniencia de no repetir experimentos siempre peligrosos). Antes de verse en ese aprieto, Pedro Sánchez ha buscado con rapidez otra salida más a su medida. Como si siempre lo hubiera tenido in mente, en su comparecencia nocturna desde el “andamio” de Ferraz, ya se le escapó: esta vez, sí.

La segunda amenaza viene de la justicia. Todo apunta a que la sentencia de los ERE está a punto de ver la luz, con probabilidad de condena al PSOE y alguno de sus dirigentes. Si tal sucede, es lógico pensar que Pablo Iglesias quisiera “sacar tajada” a la hora de negociar.

El tercer chantaje le viene de dentro. Todo el mundo admite que el PSC, con Iceta a la cabeza, constituye una rama del árbol socialista que, en más de una ocasión, ha puesto las peras al cuarto a los de la calle Ferraz. Traducido al castellano -ese que está vetado en Cataluña-: significa que Pedro Sánchez si quiere contar con los votos del PSC, estará obligado a tratar la grave situación de Cataluña de forma que no contraríe a quienes se han declarado siempre partidarios de lo que ellos llaman “derecho a decidir” -y los demás sabemos que significa la antesala de la independencia. Unido todo lo anterior al exagerado afán de protagonismo del doctor Sánchez, no es de extrañar la prisa demostrada a la hora de llegar a un acuerdo.

            Si todo lo que está tramando Pedro Sánchez se hace realidad, por primera vez desde la Guerra Civil, habrá comunistas en el gobierno de España. Sí, esos que le quitaban el sueño en el mes de abril y que ahora le ayudan a dormir a pierna suelta en La Moncloa. En el colmo del cinismo, no ha tenido inconveniente en declarar que: “el PSOE y Podemos son los únicos partidos capaces de solucionar el problema político de Cataluña a base de diálogo y, por supuesto, dentro de la Constitución”. ¡Y se ha quedado tan tranquilo! Si todos los puntos del futuro gobierno progresista son consecuencia de planteamientos como el anterior, que Dios nos coja confesados. De Pedro Sánchez podemos esperar eso y cosas peores. Ha cambiado tantas veces de chaqueta para no abandonar el poder que ya se avergüenzan de su descaro hasta los pocos socialistas honestos que quedaban “en activo”.

            En resumen, después del abrazo, cuasi orgásmico, de los firmantes del preacuerdo de La Moncloa -bastaba contemplar la sonrisa de oreja a oreja de todos los invitados al enlace-, puede suceder que ese matrimonio de conveniencia, que pretende dirigir una empresa para la que no han demostrado estar capacitados, sufra el gatillazo de no poder consumarlo en su luna de miel anticipada por falta de los sostenes imprescindibles. Si no fuera así, y los contrayentes admitieran al convite a personas ignominiosas, el desbarajuste y el despilfarro de tal celebración originarían un seguro batacazo para la economía de tan sufrida empresa.

            Para nuestra propia desgracia, no podría haber caído más baja nuestra democracia, ni los más que seguros colaboradores de este desastre podrían haber encontrado otra ocasión mejor para alcanzar todo aquello que la lógica y la legalidad les había denegado hasta hoy. Cuestiones como la unidad de España, nuestro modelo de Estado, la Constitución, la educación sin adoctrinamientos, la protección del idioma oficial, las relaciones Iglesia-Estado, buena parte de la política exterior y nuestra amenazada economía, van a transitar por unos caminos muy distintos a los actuales. Si la lógica no lo evita, lo que está sucediendo en la Bolsa será sólo un pequeño botón de muestra de lo que nos espera. Confiemos que esta ensoñación de falso progresismo no cause daños irreparables.