Martes, 10 de diciembre de 2019

Libertad de Educación...Concertada

La ministra de Educación en funciones, Isabel Celaá, armó la marimorena en la asamblea de Escuelas Católicas afirmando, más o menos, que la libertad de elección de Centros por parte de las madres y padres de alumnos o alumnas no es un derecho que emane de la Constitución, ni que se fundamente en el famoso artículo 27 de la misma. No seré yo quien se lo discuta, que para eso están las sentencias del Tribunal Constitucional y de otros tribunales, y las que vendrán en un futuro, pues auguro una cascada de pleitos si ese globo sonda de la ministra toma cuerpo y acaba en el BOE. Por otra parte, años ha tenía yo más información por razón de cargo, pero ahora mi información es la de un ciudadano de a pie interesado por el asunto. Esta es una de las ventajas y de las incertidumbres de la democracia, que uno tiene que fundar su opinión en conciencia a partir de los datos que tiene y solo de los datos que tiene. Reconozco que todos tenemos nuestra ideología, incluso los que dicen no tener ninguna, y la ideología puede, a la vez, ahormar la opinión o manipularla, o ambas cosas a la vez. El lector juzgará y, llegado el caso, dialogaremos con moderación, amor a la verdad, sentido crítico y respeto por el adversario.

     Bueno, en el asunto este de la Enseñanza Concertada, estos son mis datos:

     Uno. Mis padres querían enviarme al mejor Colegio Público de Salamanca, que al parecer era el Francisco Vitoria, cuando llegó el momento de empezar la Primaria. No fue posible. Mi padre era un número de la Guardia Civil y mi madre una mujer inteligente pero pobre. Vivimos primero en una habitación con derecho a cocina en la Calle Volta y luego en una casita alquilada de planta baja, que era propiedad del señor Ignacio el chocolatero, en la Calle de Rodríguez San Pedro, que luego ascendió a la categoría de Avenida de Pérez Almeida y ahora es de Los Comuneros. Barrio del Rollo, ferroviarios, basureros, obreros en general. No nos correspondía, o mi padre no era funcionario de alto nivel, o nos tocaba otro Colegio Público, el caso es que no fui admitido y mis padres optaron por llevarme a un Colegio privado, ahora concertado, los Escolapios. En aquella época creo que no había concierto educativo, pero los Escolapios, por carisma propio, o por ley estatal, o por ambas cosas, no lo sé a ciencia cierta, tenían un tanto por ciento de becas para niños pobres pero buenos estudiantes. Ese fue mi caso: me vi obligado a sacar la máxima nota posible para conservar la beca y no ser gravoso a mis padres. Cada año era necesario aspirar a la Matrícula de Honor pues nunca se sabía cuál sería la “nota de corte” al curso siguiente. El esquema continuó en los estudios universitarios de Teología y de Filosofía, alternados entre la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) y la USAL. Siempre con beca y trabajando los veranos, incluido el 68, en que no pude atravesar la frontera francesa por las movidas de Mayo, y me quedé dando alguna clase particular en Salamanca.

     Dos. Aprobé las Oposiciones a Magisterio en julio de 1977 y, desde entonces y hasta mi jubilación levemente anticipada, ejercí en la Escuela de titularidad Pública como profesor de Lengua, Francés y Religión en EGB, administrador y luego director de Internados del Ministerio de Educación, antes de que se aprobaran las Autonomías, y como profesor de Religión Católica; en conjunto, más de 36 años. Al principio pertenecí al Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza más progresista que había en mi tierra, hasta que me expulsaron de él, dejando de cobrarme la cuota que yo tenía domiciliada en el banco, sin que yo sepa, a día de hoy, el motivo. Aunque hubo de todo y tuve que presentar, junto con otros compañeros, varias querellas contra las Administraciones -la primera de ellas para protestar del acto público en el que obtuve mi primer destino en la Concentración de Miranda del Castañar, y otras para defender la asignatura de Religión y nuestros puestos de trabajo, pues algunas ideologías querían sacarnos de la escuela pública a toda costa-, puedo decir que fui feliz trabajando en la Escuela Pública, tal vez porque me acostumbré a la pelea durante los difíciles años del tardofranquismo y de la Transición.

     Tres. Mi relación con la Escuela Concertada comienza primero indirectamente, como consiliario diocesano que fui del Movimiento Scout, que tenía Grupos de scouts en varios Colegios Concertados. Siendo ya párroco de Tejares me tocó asistir al doloroso cierre del Colegio de La Inmaculada, de las Esclavas, que se vio obligado a cerrar porque había optado por integrar a todos los niños del barrio sin distinguir si eran payos, gitanos o mercheros, si estaban bautizados como católicos o pertenecían a la Iglesia de Filadelfia (vulgo “Aleluyas”). En el fondo fue la opción católica por los más pobres, que lideraba la Congregación de las Esclavas y que apoyaban los profesores y un buen número de padres, no todos, la que a la postre hizo inviable el Colegio, devenido en un ghetto, cosa que también pasa con algunos Colegios Públicos del entorno.

     Cuatro. Años antes había nacido el actual Centro Concertado Pizarrales, antes “Mixto Pizarrales”, como una iniciativa de la parroquia de Jesús Obrero para elevar el nivel cultural del barrio, junto al Centro de Educación de Adultos y en sinergia con el liderazgo del movimiento vecinal ejercido por militantes de la Acción Católica especializada. El Centro nació –y sigue- para integrar a todos los niños, también a los de Necesidades Educativas Especiales. Ahora es el único centro cuyo titular es la Diócesis de Salamanca, el Obispado, vaya. 

     Cinco. Muchos antiguos alumnos míos son ahora profesores o profesoras o cargos directivos de varios Centros Concertados.

     A partir de estos datos, vividos en carne y conciencia propia, no puedo aceptar el planteamiento de la ministra, sea que le sale de dentro o sea un globo sonda para apaciguar a la rama radical laicista del PSOE y a Unidas Podemos y otras formaciones de extrema izquierda, laicistas de nación (desde su origen, vaya).

     Antonio Matilla, ex profesor en la Escuela Pública.