Don Luis, el hombre acogedor

La legendaria impronta ganadera de Salamanca, tiene en el campo charro y en la crianza del toro bravo su bandera más exitosa y inmutable. Ello ha sido posible gracias a la labor y al trabajo de insignes ganaderos que por aquí, literariamente, se tiende a adjetivar como lígrimos (DRA: puro, castizo y –curiosamente- Charro).

 Uno de ellos, en edad muy avanzada ya, se nos fue ayer. Don Luis Sánchez Ortiz de Urbina, ganadero cuyos toros en los carteles denominaba El Sierro (procedencia Atanasio Fernández). En Sepúlveda pastan sus toros, que en otro tiempo dieron lustre a la fiesta en cosos de fuste como Madrid y, sobretodo, Barcelona, por la relación más intensa del ganadero salmantino con la Casa Balañá.

 En mis trajines taurinos juveniles, finales de los 80 y 90 conversé en varias ocasiones con D. Luis, un hombre de carácter bondadoso y  apacible pero sobre todo, acogedor.

  Un día, asistiendo a un tentadero en su casa, me dijo que volviera cuando quisiera. Una forma de amable despedida normalmente. Pero yo, ni corto ni perezoso, al sábado siguiente le llamé por teléfono para decirle que quería volver, ver las vacas y tal…No sé la cara que pondría pero me lo figuro. A las ocho de la mañana del domingo estaba yo otra vez en Sepúlveda, invierno, con una niebla del demonio, que no se veía por el camino estrecho que lleva a la finca tres en un burro. Y cuando me ve Juan Antonio, el mayoral, se queda perplejo. El mono puesto, la visera calada, a punto de subir al tractor cuyo remolque estaba lleno de sacos de pienso. Pues voy a echar de comer a las vacas…Pues voy con usted…y palante. Racatacatá, racatacatá…lentamente el pequeño tractorín se medio dormía entre la neblina del campo por el caminillo de las roderas aprendidas. Y Juan Antonio: Wooo!, Wooo!, Wooo! Y entre un algodonal de nubes que nos daban en el rostro del duro febrero iban apareciendo como fantasmillas eralas y utreras detrás del remolque. Juan Antonio se bajaba a poco a poco y con el pesado saco al hombro iba dejando caer un reguero de pienso dejando charquitos cada  escasos metros más o menos iguales. Y yo mirando y arrecío de frío.

 Acabada la faena volvimos a la casa grande de la familia. La de Juan Antonio era mucho más modesta, casi pegando a la anterior. Un salón señorial, fotos de toros destacados de la casa, diestros amigos en tardes de triunfo. Larga mesa y sillas de maderas nobles, repujadas de arabescos en sintonías aritméticas. Y D. Luis me invitaba a desayunar como si yo, un sucinto gacetillero y reportero de provincias, resultara ser el Conde de Floridablanca.

 Y así repetí la historia un par de veces o tres. Y D. Luis me recibió siempre con amabilidad y yo estaba encantado con el talante de aquel hombre, humildemente profesoral, sabio y sincero, que contestaba a mis dudas sin recovecos  vanidosos ni regates manidos tan al uso en el mundillo taurino.

 Aún guardo fotos en blanco y negro de aquel paisaje neblinoso y fantasmal con las siluetas curiosas y tranquilas de las vacas apareciendo sinuosas en las tempranas horas difusas del invernizo campo charro.

Y ahora, sentado ante el teclado, la memoria me lleva a aquel recuerdo. Es curioso: lo estoy viviendo y sintiendo como si hubiera ocurrido ayer mismo. Yo no sé cómo era D. Luis, sí sé cómo se comportó ante mí, cómo me trató. Cómo me acogió. Y visto desde la atalaya de hace más de veinte años es una de las personas que firmará mi libro de vida con más cariño y devoción. Por eso me apena que hombres así se vayan, físicamente, para siempre.