Jueves, 13 de agosto de 2020

Obsoletas academias

You’re out of touch, my baby,/ my poor old fashioned baby…

(The Beatles)

Sin mucho ruido ha pasado el 26º congreso de la asociación de academias de la lengua española celebrada en Sevilla. Seguramente, los debates y conferencias debieron de ser de interés –y más con un Pérez Reverte disertando sobre el Cid Campeador–, pero quizá no tanto lo que ha trascendido. Se han conocido, por ejemplo, las nuevas entradas para la 24ª edición del diccionario de la lengua española, normativo para los países de ese idioma. Y ahí aparecen términos como arboricidio, andropausia,  carajal, antitaurino, pastelón o zasca. Así mismo una buena dosis de anglicismos, como ruter, brunch, bebop o beatlemanía. En más de un caso llama la atención la demora en dar nombre a cosas existentes hace tiempo, que luego tardan otro tanto en ser acogidas en el diccionario. Por ejemplo, antitaurinos hay, al menos, desde el siglo XVIII, momento en que Jovellanos llama a las corridas "espectáculo sangriento y bárbaro" y en que Carlos III las prohíbe (algo que ya había pensado la reina Isabel la Católica). La beatlemanía data de los años sesenta (recuerdo aún el choque acústico que me produjo el Twist and shout en 1963), pero no fue cosa duradera, pues pronto nos atrajeron más grupos duros, como los Rolling o Deep Purple, o más complejos, como The Who o Pink Floyd. El bebop es aún anterior. Y qué decir de la andropausia...

El sesgo conservador y elitista a veces lastra en exceso la labor y la imagen de las academias, que aparecen como arcanos antros polvorientos, lejanos al gran público. Esto se evidenció en la intervención en el congreso de Carmen Iglesias, condesa de Gispert, miembra –con perdón– de la academia de la lengua y presidenta de la de historia. Está reciente el escándalo que suscitó esta academia cuando en su diccionario biográfico incluyó entradas irrelevantes, inexpertas o tendenciosas (referidas a Franco y otros de su ralea), pero ahora Iglesias nos pone en guardia contra la "falsificación de la historia" y nos aconsejar seguir el ejemplo metodológico de Menéndez Pidal, que es como volver a las aspirinas en el tratamiento del cáncer . (Ya puestos, ¿por qué no volver a Menéndez Pelayo o al padre Balmes?). Claro que esta mujer respira por la herida "nacional." Echa de menos ese espíritu español que Don Ramón reivindicaba en su ensayo "españoles en la historia", donde nos pintaba sobrios, idealistas, individualistas y, sobre todo, muy unidos bajo una misma bandera –lo que no deja de ser contradictorio–, al menos desde la época de Indíbil y Mandonio. (“El sentimiento unitario siempre fue dominante –decía– (…) teniendo a su lado como inferior el sentimiento localista”; “Castilla es hegemónica entre los pueblos peninsulares hermanos, porque en la individualista España, abriga en su masa popular un más eficiente individualismo”, etc. [Esto escrito en 1947, bajo la bandera del Innombrable “autoritario”]). Un enfoque histórico esencialista hace tiempo desautorizado por autores como Caro Baroja, que habló del mito del carácter nacional, o Diego Catalán (nieto de Don Ramón).

No es de extrañar pues que esta matrona de las academias se sume de buena gana a las críticas a la fracasología y a la imperiofobia, tan impugnadas por otra gran autora de su cuerda que está haciendo muchos méritos para ocupar un sillón en la docta casa. Quienes hablaron de crítica o de autocrítica -dicen estas señoras-, que empiecen ellos primero. España first.

Iglesias habló también de un "conflicto lingüístico" actual, cuando no lo hay, pero lo negó para otras épocas, cuando sí lo hubo y el vascuence y el catalán estuvieron a punto de desaparecer. Como fue profesora del actual monarca, con tales ideas tampoco nos extrañan los severos discursos de este cuando mira ceñudo a los de la barretina. Se ve que en las ikastolas vascas y catalanas no entra Don Ramón en el temario y no leen el poema del Cid, con introducción y notas del muy español Pérez Reverte..