Viernes, 4 de diciembre de 2020

De Lope a Leticia Molina

"Leticia Molina es una poeta necesaria porque no abundan las luciérnagas"

Por la calle de Alcalá no solamente pasa la florista con la falda almidoná. Casi en el arranque de Cibeles, y llegando a la altura donde Antonio Saura pintó su famoso cuadro-retrato de las arterias madrileñas de la zona, en la acera de la derecha está la iglesia donde Lope de Vega cantó misa.

Como uno de mis nietos cree que misa es un señor, y por si acaso la tribu juvenil no sabe de qué va la vaina, me parece que cantar misa es decir misa por primera vez. Pero antes el obispo jefe tiene que ordenar sacerdote al aspirante. La liturgia dice que este se tumba boca abajo en el suelo, vestido solamente con el alba, y así está un ratito hasta que se levanta y ya es un pastor de almas que puede entrar sin permiso en el Valle de los Caídos. Yo esto lo sé porque lo he visto en las películas de Cifesa, ya no se hace cine como aquel tan nuestro. Así nos va.

Allí ofició Lope de Vega su primera misa, después de revestirse con el amito, el cíngulo, la casulla y otros artilugios propios del asunto. Lo hizo en latín, dando el culo la feligresía como se hacía entonces. Y seguro que lo hizo muy bien, no hay que olvidar que él era fundamentalmente un hombre de teatro.

Tuvieron que pasar los siglos hasta que un Papa llamado Juan XXIII refundó la iglesia católica en el Concilio Vaticano II y obligó a los curas a darse la vuelta y a dar la cara a los fieles. Y no se sabe por qué, pero en cuanto la gente empezó a entender qué significaba eso de “Dominus vobiscum”, pues que empezó a dejar de ir a  misa. Debe ser que le gustaba mucho más la poesía surrealista.

No falta  quien dice que Lope fue un golfo. Cervantes escribió lo contrario. Por lo que sabemos -y no a través de Amenábar- fue un extraordinario escritor que dejó 3.000 sonetos, tres novelas, cuatro novelas cortas, nueve epopeyas, y 1.800 obras de teatro. Mucho me parece para escribir entonces con una pluma de ave. ¿Tuvo negros?

Lo que tuvo fue una búsqueda existencial paralela a Unamuno. Pero mientras que el rector siempre estuvo en conflicto consigo mismo, Lope fue un saltarín sentimental que se buscó a través del placer. Si se metió a cura fue por miedo. Yo una vez me suicidé para contarlo, y me habría ordenado ministro del Señor también para ver qué se siente. Lo que separa a Unamuno de Lope -aparte de la distancia literaria- es que el vasco tuvo una sola mujer y 9 hijos, mientras que Lope no supo nunca cuántas mujeres y cuántos hijos -aparte de los 15 recocidos- le acompañaron en su siglo de oro. Me da en el hocico que mientras estaba tumbado boca abajo en esa iglesia que digo cerca de Libertad 8 y de “Versos sobre el pentagrama”, no sentía el frío de las losas sino el calor de Micaela, María, Juana, Antonia, Jerónima, Lucía, Marta  y otras portuguesas, valencianas, y apátridas que le acompañaron en la alcoba antes de ser cura, mientras fue cura, y después de ser cura.

En “Versos sobre el pentagrama” Rafa Mora y Moncho Otero están siempre brillantes. Y más ahora que Moncho ejerce también de eurodiputado y tiene una asistente que le matiza su excelente inglés de El Bierzo. Cada mes, dan empuje a un poeta o una poeta. Esta vez fue una mujer.

Una excelente poeta que se ha inaugurado a sí misma en su primer libro, aunque lleva detrás la solera de haber escrito desde niña, y foguearse en recitales, tertulias, y en su afiliación al grupo de poesía Aula de Encuentros, del Círculo de Bellas Artes madrileño. El libro se llama “Fortaleza de viento” y lo ha expuesto para sus tres hijos que convocan a  las estrellas y con quienes  comparte sus sueños. Siempre hay motivos para dar un salto en el vacío y desnudarse.

En el caso de Leticia Molina efectivamente había un hueco y no lo sabíamos hasta que Lidia López, la sagaz directora de Lastura, se dio cuenta y se hizo con ella para poner un candil más en las ventanas de los montes.

Leticia Molina es una poeta necesaria porque no abundan las luciérnagas. Hilvana poemas como partos naturales que parecen cortos y fáciles. No se sabe, no conocemos si el instante de su creación poética dura poco o mucho. Es seguro que estamos ante un regocijo del que algunos privilegiados ya conocían su oralidad de rostro mientras se bebían su palabra.

Esta poeta es por sí misma, no se inventa ni resulta universitaria y cautiva de vanidades y ansias. Su manejo de la técnica no oculta ninguna derrota sino una poesía sin prevaricaciones, arropada de un leguaje ubérrimo pero no forzado. Aquí no sobran las palabras. Ni hay versos como exabruptos corporales.

Todo ello en  las manos de Leticia Molina resulta un viento que enamora desde la emoción y no desde las piedras avaras escritas solamente para llenar espacios o crear expectaciones que luego repelen en vez de seducir. Pero no hay un solo poema que sea inocente.

Leticia Molina ya ha dado el primer paso con este libro que resultó mucho más que un pichón, lo mismo que hizo la primera vez que se desnudó delante de la gente para decirse. De poeta a poeta: no te vistas más. Ahora ya eres un candelero de palabra y de papel limpio de balas, adulterios y negaciones.

He leído a Leticia Molina no como un brinco más en la movilidad abundante de la poesía, sino con la sospecha de que me iba a hacer feliz después de escuchar su voz desde su lengua soleada de noche y pureza.

Su actitud de irrumpir tranquila dejando para otros los aires combativos no me exime de ver en sus versos una renovada belleza, muy lejana de los héroes de la palabra. Su sensibilidad no es una quiebra sino una insumisión más. Pastorear versos sin dogmatismos es una forma de entrar en la poesía y no salirse más.

Hay en Leticia Molina un sentimiento de libertad, negando simbolismos que no hacen falta. Y no veo influencias ni exotismos que no vienen a cuento. Es ella misma la que dice y se dice desde su propio universo hasta el más caudal  donde estamos  los otros.

Y todo porque cultiva pasiones muy reconocibles sin culto por la ilusiones góticas que tanto se llevan en quienes pretenden vibraciones fantásticas o quimeras misteriosas. En la profunda galería de maneras de escribir -tan reconocible- de Leticia Molina está la clave de todos los paisajes poéticos de estimulante hermosura.

La novedad, lo original de Leticia Molina es el privilegio de convertir en artística la actividad natural de los sentidos, y transformar en belleza el instinto y el sentimiento.

Algo así veo yo.