Sábado, 31 de octubre de 2020

El barro no es de un solo color

Querida mamá,

Hace mucho tiempo que no escribo. Antes pensaba que solo hay que escribir cuando necesitas escribir. Pero pensándolo mejor, también hay que escribir cuando el mundo necesita que escribas. No sé quién necesita que yo escriba hoy precisamente. Pero sí sé a quién tengo que decirle algo. Digamos que, tú mamá, eres la única persona en la tierra a la que me puedo dirigir ahora. Seguramente tú tengas los oídos bien abiertos, las manos vacías, los ojos transparentes y el corazón en carne viva. Aquí mucha gente aún no sabe lo que es eso. Bueno, algunos tengo la esperanza de que sí. Pero en estos momentos haría falta que mucha gente viviera lo que estás viviendo tú allí, para ver, que el mundo no es lo que sale en televisión. Créeme mamá, ellos lo piensan, tienen los oídos taponados, y yo solo escucho ruido donde ellos escuchan discursos que les hacen sentir importantes en esta vida. No somos importantes. Importante es la tierra, importantes son los animales silenciosos, importante es la humildad, importante es la vida en sí misma. Pero no hay. De verdad, no la veo por ningún lado, ni hacia la izquierda ni hacia la derecha. ¿Cómo las personas pueden llegar a adorar a personas como si fueran dioses? No somos dioses, ni son dioses. ¿Cómo personas que ni si quiera conocen su propia conciencia pueden relegar una responsabilidad tan grande en manos de los que no saben lo que es el vacío y la miseria? No, no lo saben, no lo han vivido. Ni lo vivirán jamás, porque desde sus tronos no tocan la tierra. Solo la miran con prismáticos llenos de arenilla. Solo quieren redimirse para sentirse salvadores de un mundo que no necesita que lo salven, el mundo necesita levantarse por sí solo. Necesita pensar. Necesita dejar de pelear, necesita verdades, necesita vendajes, necesita lazos, necesita recordar, pero no para revivir, sino para reconstruir. Querida mamá, tú estás lejos, pero no tan lejos. Estás aquí conmigo diciéndome al oído que esté tranquila, que mientras los que se hacen proclamar dioses se suben a los palés y dicen saber la verdad, otros como tú bajáis a lo más profundo de la tierra y tocáis a las hormigas que nadie ve. Otros como tú reparáis los agujeros en el suelo con apenas unas gotas de esperanza. Otros, no necesitan ser salvadores, porque bien saben que nadie salvará este mundo lleno de barro, simplemente meten los pies hasta el fondo, sin miedo a hundirse, sin miedo, simplemente despacio, avanzando como Ártax, el caballo de Atreyu en La historia interminable. Somos Atreyu, no perdamos tiempo, no lo perdamos hablando sin hacer. No lo perdamos llorando lo que aún está vivo, estamos vivos, estamos de pie. Por aquellos Ártax que se quedaron en el barro, que lucharon hasta el último aliento. Querida mamá, las raíces están en el suelo. Nunca, nunca, las busquemos en las alturas, en los ídolos fantasma, en las palabras vacías, en el ruido, en la distancia. Eso está muy arriba, flotando sin ningún arraigo. El arraigo es el silencio que queda después de una tormenta de arena, en una flor que apenas está naciendo en medio del desierto.

 Querida mamá, gracias por plantar flores allí donde ni si quiera hay agua. Gracias a todos aquellos que hacen que el barro no sea de un solo color.