La mañana siguiente a las elecciones

Sancho Panza se levantó a las seis de la mañana como todos los días. Se vistió los pantalones de lana de invierno, la gruesa rebeca gris que le protegía del frío y lluvioso noviembre y bajó solo en el ascensor, sin perder tiempo, a las oscuras calles; llegó enseguida al bar, abrió las puertas, dio las luces y encendió el televisor.

El silencio de la mañana tanto él como sus parroquianos  lo soportaban muy mal. La noche anterior se había ido a la cama con los pies fríos y la cabeza caliente, lleno el cerebro de cifras, porcentajes, diputados, izquierdas y derechas, sin entender quién demonios había ganado esta vez esas elecciones de nunca acabar. En su barrio, en ese pueblo del sur de Madrid, ya muy cercano a Toledo, siempre ganaban “los de siempre”; ahí nadie tenía que preocuparse de novedades.

Otra cosa eran las conversaciones que desde la mañana a la noche saldrían de las bocas de los clientes: nadie se podía  de acuerdo; Pepe el gordo repitiendo que otra vez había ganado Sánchez el guapo; Nicolás, el sabelotodo, que no, que habían ganado los de Voz, que les había oído vocear toda la noche en el bar de la Paqui. Juanra, el estudiante, metiéndonos miedo, diciéndonos muy convencido que esta vez habían ganado los catalanes, los separatistas. “Yo, en esas ocasiones nunca meto  baza”, pensaba Sancho mientras se bebía el carajillo y se comía los cuatro churros que habían quedado del domingo. Pero ya Luis y Fede, los dos camioneros, entraban con sus pellizas y sus ojos de sueño pidiendo el café bien cargado.

Quesada Mancha no había oído el despertador, pues se había quedado frente al televisor, como una tonta, hasta las tantas, escuchando a todos los líderes de todos los partidos, esperando que apareciera en la pantalla alguna mujer a la que pudiera escuchar con más simpatía y provecho.

Pero no, no habló ninguna representante; la noche del domingo todos fueron tíos los que se apropiaron de las cámaras y de las proclamas repitiendo “hemos ganado”, “prudencia”, “iniciaremos conversaciones…”.  Había dormido muy mal. Con pesadillas.

Un sueño muy raro: Sánchez el guapo vendía camisas en las esquinas de las calles, el “coletas”, al lado de Irene, se acercaba al puesto de Sánchez como dispuesto a llevarse unas cuantas, o a fijar un precio; muy chulo, muy trajeado, con su barbita bien cuidada Casado pasaba delante de la tienda improvisada de camisas, sin mirarles, con la cabeza muy alta. Tres o cuatro mocetones, montados en sus respectivos caballos andaluces, cantaban de cara al sol naciente, victoriosos, como si volvieran de alguna cacería. En fin, un sueño absurdo pero inquietante.

Quesada trabajaba en una fábrica de productos cosméticos, en el norte de Madrid, era delegada sindical y pertenecía al grupo de “Mujeres hacia el futuro”, en el barrio, donde por las tardes discutían proyectos feministas. Estaba deseando llegar a la fábrica, la verdad, para charlar con las compañeras sobre el nuevo galimatías de las elecciones, para oír de alguna que esta vez la izquierda gobernaría y que a los de Vox no había que temerles tanto pues, ya se sabe, “perro ladrador poco mordedor”.

En fin, esa mañana montada en el autobús, casi despeinada por haberse dormido, estaba hecha un lío (como los últimos cinco años) con los gobernantes del país, de su país. Pero, eso sí, de vez en cuando en los pocos descampados de los alrededores que aún nadie había construido nada, ella seguía viendo gigantes, donde otros veían cuatro molinos de viento, escuchimizados, que, decían, eran los restos de las ferias electorales del pasado mes de abril. 

“ ¡Parece que la gente está ciega!”, pensaba mientras entraba a la fábrica.