Martes, 29 de septiembre de 2020

Echo de menos a mi querido Santiz

No tiene grandes ríos, ni monumentos, ni densas vegetaciones que lo identifiquen, aparte de un alcornoque partido por un rayo, pero lo que sí tiene es gente cercana y sencilla, gente sana que da valor a nuestro pueblo.

En España después de Burgos, que tiene 371 municipios, está nuestra querida Salamanca con sus 362 pueblos. Con estos datos está claro que todo salmantino tiene que tener raíces en algún pueblo y estoy por asegurar que para cada salmantino, su pueblo, por pequeño y humilde que sea, seguramente sea el mejor. Estos días me siento más nostálgico, quizás sea por haberme perdido este año las fiestas de mi pueblo. 

Días previos a las fiestas de Santiz, me encontré con Ana y me preguntó si estaría en la cena benéfica del viernes siguiente que organiza el pueblo a favor de la Asociación Pyfano, ese día no podría ser, pues coincidía con otro evento también de esta asociación; “lo queremos hacer todos los años por el niño del pueblo” dice, y os podéis imaginar cómo me puedo sentir como padre de ese niño, aunque de niño ya tiene más bien poco. Pasadas las fiestas volví al pueblo y Raquel al verme me dice: “tienes que venir más, que éste es tú pueblo...”. Es entrar en cualquiera de los bares de Santiz o simplemente pasear por cualquier calle y encontrarte con caras conocidas. Todas te saludan, todas te preguntan, eso es lo que hace que hoy me sienta más orgulloso de mi pueblo. Echo de menos a mi querido Santiz, no tiene grandes ríos, ni monumentos, ni densas vegetaciones que lo identifiquen, aparte de un alcornoque partido por un rayo, pero lo que sí tiene es gente cercana y sencilla, gente sana que da valor a nuestro pueblo.

Hoy, hablando de mi pueblo vienen a mí recuerdos de mi adolescencia, emprendo un viaje a nuestro añorado pasado; cómo corríamos sin descanso en las eras, o por las calles con la bici siempre como compañera. Quién no recuerda las primeras verbenas, esas que se preparaban en la era, los músicos encima de un remolque y las que en el centro del baile siempre había un barreño de sangría para el que quisiera beber; y cómo olvidar nuestros primeros bailes agarrados. Añoro las peñas en las que hacíamos pandilla, los preciados petardos y algún que otro cigarro a escondidas, o los bares donde buscabas un poco de distracción con el futbolín, el billar o las cartas, pero sobre todo buena compañía. Y qué decir de las meriendas que hacíamos en las afueras del pueblo y que nos servían de excusa para pasar el día entero todos juntos, como una gran familia. Plaza de toros no tenemos, pero bastaba con poner unos cuantos remolques en círculo para pasar un buen rato con las vaquillas. 

Mi pueblo es de los que lejos de desaparecer cada día se hace notar más; cada poco hay nuevos servicios y si pasas unos meses sin pisar en él te resulta increíble cómo avanza. Mi pueblo cada vez está más vivo, más joven y más unido que nunca.

Nuestros pueblos siempre están esperándonos, ya sea para pasar el día o para desconectar una temporada y olvidarnos de las rutinas de la ciudad, aquí donde encontramos nuestras raíces, donde la esperanza gana la batalla al cansancio, donde el tiempo quizá se pare para darnos paz, donde respiramos.