Jueves, 14 de noviembre de 2019

Dejad que los niños jueguen.

Tiene catorce años, le han vestido de rojo. Ella lee un discurso en catalán. Uno que le hicieron aprender de memoria. En él se dice que ella, la heredera, lleva a ese pueblo en su corazón. La pasearon semanas antes por Asturias y recitó algo parecido. En su adolescente cabeza le han insuflado ideas descabelladas. Ella es distinta al resto de los adolescentes, su sangre es de color azul. Nacida para ocupar un puesto relevante. El más alto que uno pueda imaginar. Alguien la priva de sus amigos, juegos y ensoñaciones propios de su edad. Lo mismo hicieron, en su día, con su abuelo. Entonces, su preceptor fue el Caudillo. “Paca la culona”, al decir de Millán Astray y compañeros de armas. Al Emérito lo privaron también de su juventud. Le metieron es su cabeza las mismas ideas. Así salió él.

Ella y él son simples instrumentos. Mascarones de proa de un buque pilotado por otras personas. Las que mandan y permanecen en la sombra. Las que se llevan el gato al agua. Esas personas se cuentan con los dedos de una mano, a lo sumo con las dos manos. Ellos se votan y son santos.

Un par de siglos atrás, los monarcas reunían en su cetro todos los atributos imaginables. Eran, en puridad, los que mandaban, los más poderosos, temidos, representantes del “altísimo”, riquísimos. Distintas revoluciones acabaron con los monarcas, en Francia, en Italia, en Grecia, en Portugal, en Austria, en Rusia. Fueron barridos como el viento barre las hojas de otoño. No obstante, quedaron algunos reductos en los que sobreviven. El folklore sobrevive. Desde Londres, pasando por Copenhage y terminando en Tokio, sus realezas se pasean en bicicleta, se tocan con unos horrorosos sombreros o aparecen vistiendo un kimono del tiempo de los samuráis. Tanto da. Ninguno de ellos decide.

Spain is different”. Una República le da la puntilla a una decrépita y corrupta monarquía. Y hete aquí que, unos generalotes dan un golpe de Estado (¡uno de verdad!) y ponen al frente a uno de los suyos. Cuarenta años “gloriosos”. A la sombra del Pardo, se tejen urdimbres sólidas. Tan sólidas, que han llegado hasta el día de hoy. La urdimbre está confeccionada con los hilos del privilegio, la corrupción y la impunidad. Franco se moría. Había que mirar al futuro, conservar las prebendas amasadas. ¿Qué hacer? “Don Francisco, debe atar y bien atar- aconsejan sus palafreneros” Don Francisco duda. Al final se decide y echa mano de un jovencito al que pasea y hace pronunciar discursos. “Éste joven, proclama, será vuestro rey el día en que yo muera” Corpore in sepulto, sonaron las cornetas de todos los cuarteles y los padres de la Constitución obedecieron. ¿Qué otra cosa se podía hacer? “Ejemplar sumisión”. Perdón, quería decir “ejemplar transición”.

Aquél joven, al que le robaron su juventud, llegó a ser lo que Franco quiso que fuera. El pobre, cortas luces, no lo ha hecho muy bien. Tan mal, que el PP tuvo que extender los beneficios de la “irresponsabilidad real” al emérito. De lo contrario, estaría sentado junto a Villarejo en el banquillo. Circunstancia por todos conocida y por muchos no reconocida. Hace años que, en esta España, hemos entrado a jugar al “como si” y no al “cómo es”.

La historia vuelve a repetirse. La monarquía vive horas bajas. Las aventuras y desventuras del emérito han arruinado la reputación de la institución. Los actuales no inspiran simpatía. Precisemos: ellos no inspiran nada. No obstante, la alargada sombra de Franco sigue ensombreciendo nuestras vidas. Franco es como el Cid Campeador: gana batallas después de muerto. Escuchen a los de VOX y podrán comprobarlo.

Lo peor, es que a esa pobre niña vestida de rojo la están usando para conmover a la opinión pública, generar simpatías y seguir medrando. Muy mal.