Martes, 10 de diciembre de 2019

La soledad en el anciano

La soledad se está convirtiendo en una terrible plaga que azota la sociedad contemporánea. En España casi dos millones de ancianos viven solos, numerosos estudios demuestran que presentan patologías somatizadas y mayor insatisfacción vital. En plena era de la híper-conexión digital las personas con las que vivimos puerta con puerta, suelen ser unos completos desconocidos. Cada vez son más frecuentes las noticias sobre mayores que aparecen muertos en sus viviendas, ocurridos desde el deceso,  días, semanas, incluso años, acompañados por el manto oscuro de la soledad, y de la indiferencia de una sociedad cada vez más deshumanizada e insensible.

He leído el caso de Hugo de 92 años y su esposa Hilda de 87 años, residentes en la ciudad de Rosario, primero ocurrió un desahucio, luego el abandono (del hijo que vivía con ellos) en una cafetería con 500 pesos y varias bolsas medio llenas de ropa vieja… ese era su capital. Hugo falleció por problemas cardiológicos, no tratados, a los pocos días, Hilda, vive en una residencia geriátrica ¿Y el hijo?   El pajarraco de alas de piedra y peso de plomo,  olvido la voz de la conciencia…  se esfumó entre las sombras, quebrando el corazón de sus progenitores. Hemos llegado a tal falta de valores, que los padres representan un obstáculo no rentable en la vida, luego la crianza. Olvidas sus besos, las caricias, las noches en vela, las llamadas urgentes al médico, vivencias, leyendas, canciones, estudios… y tú, desalmando, les abandonas Procurarás apagar con silencios espantosos la voz de la conciencia, ella seguirá sonando…  como las perlas contra un cofre agitado por manos fantasmales, como la lluvia monocorde y ancestral golpeando contra los cristales en el otoño gris. —Son sueños, nada—  Es la verdad que grita  en noches heladas, es melodía sin cuerdas sonando! Hoy te crees lleno de vida y juventud,  olvidaste, que   es un filo hilo que rompe sin mirar edades. El anciano  es sabio, la edad le aportó lo que a ti te falta...  experiencia.  Si olvidaste que un día fuiste rosa de ese rosal familiar, el cielo no puede bendecirte.  

Por favor, la gente mayor no deje los pueblos, allí no necesitan timbre para que el vecino le abra la puerta, están expeditas las veinticuatro horas,  unidos volverán a contar viejas historias que parecen nuevas, agrúpense al amor del banco de piedra en verano, en el invierno, alrededor del brasero de cisco, tendrán siempre una mano para ayudarles, un plato caliente compartido, la mirada luminosa del vecino.

Por suerte no todos los hijos son iguales, un hermano del mal nacido, se hizo cargo de los padres hasta que les encontró un hogar.

Escuchemos a nuestros mayores.

LA MONTAÑA DONDE SE ABANDONAN A LOS ANCIANOS  

En una  aldea vivía un campesino que cumplió sesenta años. Las órdenes del señor del lugar deben ser cumplidas, por lo cual había llegado el momento de abandonar al anciano en la montaña. El hijo cargó al anciano sobre las espaldas y emprendió el camino hacia las montañas. Mientras andaba y se acercaban más y más hacia el lugar señalado, el padre subido  a la espalda del hijo, tiraba ramitas al sendero.

—Padre, padre ¿por qué hace esto? Pregunta el joven.

— Hijo vamos a un lugar muy lejano y agreste, y sería terrible que tú no pudieras encontrar el camino de regreso, por eso dejo estas señales.

Al hijo se le llenaron los ojos de lágrimas al constatar la generosidad de su padre, pero…  ¿qué  podía hacer? Era imposible desobedecer las órdenes del conde.

Finalmente, la pareja llega al lugar señalado y una vez allí, el hijo, con gran dolor de su corazón deja abandonado a su padre.

Pero al poco tiempo regresa:

-¿Qué has estado haciendo hasta ahora?— pregunta el padre.

—He intentado regresar, pero no encuentro el camino. Por favor, te ruego que me digas por dónde debo ir.

Así volvió a cargar a su padre sobre la espalda, bajó por la ladera de la montaña, mientras el  anciano, guiándose por las ramas rotas, le indicaba el camino. Cuando llegaron a casa, el hijo escondió a su padre bajo las tablas del pobre suelo. La familia le daba de comer cada día y se mostraba agradecida por su cariño.

Sucedía de en cuando en tarde, que el jefe del país ordenaba a sus súbditos realizar tareas muy difíciles. Un día reunió a todos los campesinos:

—Cada uno de vosotros me tiene que traer una cuerda tejida con ceniza.

Los campesinos se quedaron muy preocupados, sabían que era imposible tejer una cuerda con ceniza. El joven  que salvó a su padre de la  muerte, preguntó al padre.

 Padre, hoy el señor conde ha ordenado que todo el mundo traiga una cuerda tejida con ceniza. ¿Cómo es posible hacer algo así?   

—Verás —explicó—  tienes que trenzar una cuerda apretando mucho las hebras. A continuación, quémala con cuidado hasta que quede reducida a cenizas. Después llevársela.

El  joven campesino, feliz por haber recibido este consejo, hizo la cuerda con cenizas y se la llevó al  Jefe. Nadie más había podido realizarla, sólo el muchacho  había cumplido el mandato, el gobernador le felicitó y alabó.

Otro día, convoca nuevamente a todos los campesinos

—Cada uno de vosotros ha de traerme una concha atravesada por un hilo.

El joven muchacho vuelve a dirigirse a su padre en busca de  consejo.

—Coge una concha y orienta la punta hacia la luz, después toma un hilo y pégale un grano de arroz. Ponlo cerca de una hormiga, caminará sobre la superficie de la concha. De este modo podrás pasar el hilo de un lado a otro.

Siguió las instrucciones. Le llevó la concha al señor conde, quien se mostró muy impresionado por su buen hacer.

—Me tranquiliza tener en mi país personas  tan inteligentes como tú. Dime jovencito  ¿cómo es posible que seas tan sabio?

El joven muy nervioso responde:

—La verdad señor, es que contraviniendo las ordenes que rigen su  condado no dejé abandonado a mi padre en la montaña, sentí tanta pena por él que lo volví a traer y  desde entonces vive oculto bajo las tablas de mi vieja casa. Las tareas que ordenasteis eran desconocidas para mi,  tuve que preguntarle a mi padre cómo debía hacerlas, las he hecho siguiendo sus instrucciones.

Cuando el conde escuchó aquello quedó muy impresionado, se dio cuenta que las personas mayores son muy sabias y hay que cuidarlas amablemente.

Desde ese momento, ningún anciano fue abandonado en la montaña de los viejos.