Viernes, 22 de noviembre de 2019

Dales caña, Alfonso

Como en estas Elecciones no está ni se le espera a don Alfonso Guerra, el gran animador de la política del último cuarto del siglo XX, y se le echa de menos, no está de más un reconocimiento a su inteligente aportación para que las campañas se nos hicieran cortas.

Bien sea porque lo haya referido la prensa en múltiples ocasiones o porque fue la imagen primera que nos dieron a conocer los biógrafos del socialismo en el interior –en el exilio siguió existiendo–, el PSOE, perseguido por el franquismo, resucitaba clandestinamente un día de campo hacia el final de los años 60 en un picnic que celebraron en Sevilla un grupo de amigos convocados alrededor de la librería de un joven Alfonso Guerra.

De aquel picnic existe una fotografía y en ella aparecen quienes posteriormente, a partir de 1982, gobernaron nuestro país durante muchos años. En ella pudimos ver a Felipe, Guerra, Chaves, Yáñez, Carmen Romero, etc. ¡Quién les iba a decir entonces que aquellas tortillas acabarían teniendo tanto recorrido!

Tampoco sabemos quién las cocinó, pero es de sobra conocido que quien durante muchos años –en buena simbiosis con González– fue el cocinero que presuntamente entregaba los platos políticos para que los sirviera el “bueno” de don Felipe, no era otro que el sin par don Alfonso Guerra.

Para algunos, Guerra fue el gran muñidor, para otros, y el tiempo les dará la razón, don Alfonso fue el gran sacrificado. Pero la naturaleza lo creó tal cual y con sus mítines (lástima que con su papel de vicepresidente él no pudo protagonizar ningún debate) nadie animaba las campañas como él. Pero exitosamente defendió cuestiones de altura en sus intervenciones parlamentarias.

Perlas mitineras suyas existen muchas, en esta ocasión solo traeremos un par de ejemplos, y no las más incendiarias: “La derecha dice que hay que apretarse el cinturón, pero la gente de derechas lleva tirantes”. “Si Aznar está harto de señoritos con gomina es que va a disolver a la derecha”. Estaba sobrado de ingenio, y hasta se disculpaba con tal gracia que la gente se lo pasaba en grande: “No soy un insultador ni un maleducado. Se me ocurre lo que se me ocurre y las imágenes me vienen automáticamente. Me puedo equivocar y hasta alguna vez ser cruel con alguien; yo lo siento, pero digo lo que se me viene y no está mal”.

Luego tenemos al Guerra de las entrevistas, en las que, por su extensa cultura, sus contestaciones son de lo más inteligente. Para él (año 2002), contestando a preguntas de una periodista, decía: “la poesía es una toma de conciencia de la realidad mucho más profunda que cualquier otra de las actividades humanas: el poeta cala como el que hace prospecciones en el suelo; baja y te enseña lo que ha visto, que los demás no vemos. Me gustaría tener ojos de poeta y de niño”.

Otra interpelación: Me gustaría preguntarle si es usted renovador o guerrista, pero conozco su lema: “Un socialista ha de ser siempre renovador”. ¿No existe hoy el peligro de confundir renovación con liberalismo? Liberalismo económico, entiéndame.

“La máxima renovación del partido se hizo en los años 70 y la hicieron quienes después fueron calificados como no renovadores. Sobre los liberales españoles de finales del siglo XIX y principios del XX me merecen todo el respeto, pero los que hoy se llaman así no son más que cancerberos del dinero, que defienden teorías sabiendo que están beneficiando a los grandes grupos financieros que a cambio les dan una limosnilla...”. 

(No sé si hoy haría una división entre liberalismo y neoliberalismo).