Martes, 12 de noviembre de 2019

Ya será tarde

“(...) no quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega y con muertos,
aterido, muriéndome de pena”.
PABLO NERUDA,  ‘Walking around’, en Residencia en la tierra.

Ha tenido que ser la cancelación de dos cumbres mundiales que iban a celebrarse en Chile, el motivo por el que la situación actual de ese país haya ocupado algún titular en los medios de comunicación. Ni las decenas de muertos que en las calles de Santiago o de Valparaíso siembran hace semanas la desolación, ni la miseria gritando en las barricadas de Alameda o El Litre, han tenido entidad suficiente para que la prensa internacional informe (objetivamente) de qué está pasando hoy en Chile. No han sido los probados casos de tortura policial a los detenidos de los últimos días, ni los muertos por disparos de armas paramilitares de infausto recuerdo emboscadas tras el griterío, ni las violaciones, agresiones y heridas, lo que ha hecho que la dramática situación en las calles del país de Neruda sea considerada informativamente más que como episodio que ocupe ni la décima parte que el último estornudo del Dow Jones, sino que ha sido el juguete roto de la suspensión de las orgías del poder que ahora ya tendrán que celebrarse lejos, donde esa “gentuza vandálica que grita y grita” –literal de un espacio informativo- no ensucie con su sangre las limpias avenidas por donde habrían de deslizarse los blindados búnkeres negros del desprecio acudiendo a sus fiestas.

Ni los lamentos que se alzan desde la pobreza y el abandono de la gente, ni las denuncias por abuso policial, ni el pisoteo de los derechos, ni la detención de menores, ni la investigación abierta por el Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (que Bachelet preside, cruel paradoja) sobre la violencia del ejército en las calles de Chile, han concitado la suficiente atención de unas agencias de prensa lacayos de la sumisión que han olvidado la dignidad de los nadies. En esta criba inmoral de la apariencia, la importancia surge de cancelar (por pura vergüenza y qué dirán) las cumbres del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico y de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que iban a celebrarse en Chile, pasarelas ahora aplazadas (he escrito pasarelas), que los poderosos usan para sentirse poderosos; esas cumbres corbatonas y siempre inútiles, con ampulosos acuerdos que nadie cumple y alegres fotos y exquisitas comidas y lujosas fiestas y ninguna eficacia, nula utilidad y menos eficiencia con que los dueños de la Tierra hacen de vez en cuando gala del tamaño de su poder, de su policía, de su valía para cerrar y cercar ciudades enteras y, cada vez más, de su inquebrantable vocación de mamarrachos.

El motivo por el que comenzaron las protestas chilenas (un aumento en el precio de los billetes de transporte público) ha sido solo el detonante que hace estallar un descontento profundo y antiguo, reprimido y reprendido, la chispa que enciende la mecha de la indignación y la hartura, que incendia los pozos donde la desigualdad germina en odio,  hace reventar las bolsas de marginación y de injusticia que ciertas ideologías, intereses y manejos han creado sin medir ni importarles las consecuencias de sus excesos. Chile, un país que después de la sangrienta dictadura militar que encabezó Pinochet arribó a una democracia formal, ha sido incapaz de ajustar hacia la igualdad y la justicia social los brutales mecanismos ultraliberales creados por aquella criminal dictadura, que han sumido a gran parte de la población en la precariedad, la pobreza, la inseguridad, el abandono y la desesperanza, pero cuyos resultados macroeconómicos (como si fuera la vida) han sido alabados en los foros internacionales monetaristas sin saber, o sin querer saber, que al tiempo que las grandes fortunas iban creciendo geométricamente, lógicamente, cruelmente, la desigualdad, el hambre, la miseria y las grandes bolsas de pobreza, mientras la usura financiera, la codicia capitalista y el desdén por los de abajo daban una y otra vuelta de tuerca a la reducción de derechos, atención pública, acceso a la instrucción o nivel de vida.

En distintos lugares y diferentes países, por motivos diversos y cada vez con más fuerza, está saliendo a la calle, como hoy en Chile o en Líbano, ayer en países árabes o en Brasil y mañana aquí, allí, en todos los puntos cardinales de la injusticia, una imparable marea de marginados víctimas de un sistema global de usura, robo y reducción de derechos insostenible, que asfixia y mata. Las murallas policiales cada vez más nutridas y elevadas con que los poderosos protegen sus saraos y a sí mismos, tendrán pronto menos lugares para exhibirse (ya han tenido que renunciar a unos cuantos,excepto España que, genio y figura, acogerá una de las suspendidas en Chile), porque las calles estarán paulatinamente más y más ocupadas por la indignación y la protesta. Y por la insobornable dignidad. Más temprano que tarde, y sin importar cuál sea la gota que colme el vaso o la chispa que encienda la mecha, cualquier día, en cualquier vuelta de tuerca con las que el llamado liberalismo económico jibariza los derechos de la gente, todo estallará. Entonces, como ahora en Chile, no servirá pedir perdón: ya será tarde.