Viernes, 22 de noviembre de 2019

Ausencia

Te parece mentira y no te acostumbras. Cada día te haces la misma pregunta: “¿Por qué?”. A diario, mil veces. Sin ver lógica. Sin comprender. Sin hallar respuesta.

Despiertas cada mañana masticando su ausencia. Imaginando que oyes su voz por la casa, que suena la llave entrando en la puerta, girando una vuelta… Esperas el pequeño sonido que sigue en esa cotidiana cadena. Te llega el chasquido de las pisadas por el pasillo. Pasan los segundos, y nadie entra. Sólo chirría la visita permanente de la soledad. Esa soledad honda, triste, cáustica, espesa.

Respiras. Sólo hasta la mitad del aire que puede entrar en tus pulmones. El oxígeno, tímido, queda a la puerta, respetando el espacio viscoso de tu dolor, en el quicio de tu pena.

El ánimo no entiende de órdenes que dirige el cerebro. “Hoy no voy a llorar”, te dices. “Voy a ser fuerte”. Te recompones, estiras tu tronco, procuras mantenerte erguida…

Y hay algo, sin saber qué, sin precisar su mecanismo, que te trae su aroma, el tono de su voz, la frase, la risa, el beso, la celebración, el recuerdo… Y tus ojos se llenan de humedad, de agua salobre que de pronto se precipita sobre tu regazo sin freno, que te empaña la vida, que te llena el alma de vaho, que de nuevo suelta la espita de las preguntas, que necesita una razón y el por qué, que vuelve a darse de bruces con la realidad, que no halla consuelo.

Lágrimas salubres, que sanan lentamente, que sacan la hiel, que exteriorizan el dolor, que proporcionan cansancio y calma, que gritan su queja entre sollozos, que claman el amor, la compañía, la cercanía, la vida; que se tiñen de amargura ante lo imposible.

Vendrá la rabia, la incomprensión… Mirar al lado, a lo alto, con enfoque resentido, buscando responsables… “No hice…”, “no dije…”, “qué debería haber hecho…”, “Por qué me siento tan mal…”.

Después, estarás tan profundamente triste que buscarás ser una isla, que evitarás el contacto, la relación, a los demás…

Sólo el tiempo y una voluntad firme te ayudarán a aceptar la pérdida. Aprenderás a vivir con el dolor, con la ausencia…

Y un día, sin saber cómo, empezarás a experimentar placer en pequeños detalles cotidianos, te alegrarás con buenas noticias, disfrutarás de cosas distintas… Nadie te pide olvidar… El recuerdo se torna más amable, más llevadero… La sonrisa vuelve a su lugar al rememorar momentos felices.

Dentro de ti apareció de golpe un día un núcleo profundo de tristeza. Pero la vida va naciendo alrededor. Aprendes a convivir con esa carga, a sobrellevar esa ausencia, y brotan retales, sonrisas, palabras… recobras bellas sensaciones compartidas.

Buscas fotos, miras objetos, hueles perfume, ves el lazo de oro que conmemora el vínculo…

El dolor inmensamente negro se va volviendo gris. Va perdiendo intensidad. Persiste en el centro de tu ser, pero no mantiene ese espacio principal. Alrededor, crece la vida, la alegría, instantes para el disfrute, para compartir. Momentos que, poco a poco, diluyen la ausencia y la van tornando más llevadera.