Martes, 12 de noviembre de 2019

Marcelino Camacho en el recuerdo

 

 

El martes pasado se proyectó en CCOO de Salamanca el documental “Marcelino Camacho. Lo posible y lo necesario” (Director: Adolfo Dufour), que se recomienda vivamente a cuantos quieran conocer la historia reciente de España desde el ángulo de los que luchan por la dignidad de las clases trabajadoras y por un mundo más solidario. TVE lo programó hace poco de madrugada, pero puede verse en “TVE a la carta” hasta marzo.

Se plantea en él la biografía de Camacho desde su juventud en La Rasa  (Soria) hasta el final de su vida pública, que coincide sin más con la biológica. Una vida de entrega que comenzó en los años treinta con la militancia en el sindicato ferroviario de la UGT, entonces uno de los más combativos y de los que por ello recibió más duramente el zarpazo de la represión franquista. Esta se empeñó en descabezar el movimiento obrero y republicano mediante la prolongación de la guerra, el asesinato selectivo, la cárcel, el exilio y la vigilancia policial, de modo que en los años cincuenta, cuando España empieza a salir malamente de los años del hambre y de la autarquía, había que partir de cero en lo que Nicolás Sartorius llamó “el resurgir del movimiento obrero”. Se ensayó a la vez un nuevo tipo de organización que trataba de trascender las viejas fórmulas del sindicato como correa de transmisión de los partidos (algo no muy distinto de lo que intentó el franquismo con los sindicatos verticales, teledirigidos por el Movimiento) para construir un sindicato asambleario, unitario y sociopolítico. Y hacerlo en unas condiciones de semiclandestinidad y muy escasos resquicios legales para la acción. Una tarea difícil y arriesgada, pero que gente como Camacho culminó con éxito: ya en la transición, CC.OO. era la organización más fuerte, con unos 1,8 millones de afiliados, y su participación fue decisiva en la caída de la dictadura, el logro de la democracia y avances importantes en los derechos de los trabajadores. Por medio, muchas movilizaciones y asambleas, muchas reuniones y debates, muchos años de cárcel y sacrificios.

A las tareas propias del líder sindical se unieron entonces las de consolidación del partido –el PCE– y las de representación parlamentaria en el congreso en las legislaturas de 1977 y 1979. Fueron notables entonces sus alegatos en favor de la amnistía, la reconciliación nacional y en defensa de los derechos laborales y sociales, siendo consciente de que se estaba ante los primeros pasos de una democracia precaria y amenazada (crisis económica, violencia terrorista, ruido de sables).

Tuve la suerte de conocer a Camacho personalmente y creo que él representó como nadie la figura del líder obrero durante los últimos 50 años. En él hemos visto la creencia en el progreso humano y el afán de autosuperación intelectual y moral de los ilustrados del siglo XVIII; la capacidad de análisis teórico y político de los dirigentes de la II y  la III Internacional; la veta austera en su vida personal, que podemos adscribir tanto al “puritanismo revolucionario” del comunista como a su condición de soriano viejo. Pero, por encima de todo, su férrea voluntad de lucha por la dignidad colectiva, su tenacidad, su numantinismo.

Uno puede adentrarse en su biografía y su época mediante el citado documental, pero dispone también de su autobiografía, que data  de 1990: “Confieso que he luchado”, y algunos recopilatorios de sus intervenciones, como “Charlas desde la prisión”. Ahora además se podrá consultar su archivo personal gracias a que sus hijos, Yenia y Marcel, lo han cedido al Centro D. de la Memoria Histórica, que empieza a tener un repositorio importante de documentos del exilio y de la oposición antifranquista. Ahí se pueden ver sus fichas carcelarias, sus expedientes judiciales (el llamado 2.001 fue el más famoso), sus informes y apuntes de reuniones, sus artículos, etc.

Si, como se dijo a raíz de su muerte, “la lucha continúa”, sin duda su ejemplo de generosidad, valentía e inteligencia es una buena guía para afrontarla.