Viernes, 22 de noviembre de 2019

En comunión con santos y difuntos

“Viendo Jesús la muchedumbre, subió a un monte, se sentó y les decía: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

(Mt 5,1-3)

 

“Hazme saber, Yahveh, mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que sepa yo cuán frágil soy”

(Salmo 39, 5)

 

“Dijo Jesús: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere dará mucho fruto”.

(Jn 12,24)

"El final no es el límite último, es una manera de asumir mi propio ser"

Este fin de semana celebramos la conmemoración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, dos fiestas seguidas, diferentes y estrechamente relacionadas. En la fiesta del día 1, de Todos los Santos; se honra a los innumerables santos que no están incluidos en el calendario litúrgico, por todos aquellos que ya han alcanzado el cielo y que interceden por todos los vivos en una misteriosa comunión. Los santos son compañeros e intercesores. En la oración de la fiesta de Todos los Santos se pide: “Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón”.

En el día 2, día de los Fieles Difuntos; se hace un recuerdo y se reza por todos aquellos seres queridos que han fallecido, pero aún se encuentran en un encuentro purificante y amoroso con Dios. Se les tiene presentes, sobre todo, en la Eucaristía, con la esperanza que la muerte no tiene la última palabra, ya que el hombre está destinado, como el Crucificado, a una vida plena. El cielo es lo definitivo y lo último (éschaton), la patria definitiva a la que nos encaminamos todos, que no es más que morar en los brazos amorosos de Dios, que se expresa con imágenes como el paraíso, la gloria, la perla, el tesoro, la bienaventuranza, etc. En el prefacio de difuntos oramos: “Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una morada eterna en el cielo”.

La alegría de la santidad y las lágrimas de la separación encuentran una síntesis perfecta en Jesucristo, así nos lo ha recordado Francisco. Una síntesis en Aquel que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Son dos días de Solemnidad para la esperanza, que es al mismo tiempo, promesa, quehacer y espera. Quehacer y espera, a la que estamos llamados todos en nuestra cotidianidad, viviendo y haciendo presentes los valores del Reino anunciados por Jesús. Son valores que tienen mucho que ver con la apertura al Otro y al otro, desde el amor, la justicia, la vida, la verdad y la paz.

Santos en el cielo y, al mismo tiempo, se recuerda que todos los bautizados están llamados a la plenitud del amor y la santidad. Todos estos santos, conocidos y desconocidos han sido y son una gracia para la Iglesia. En esta fiesta tan hermosa, se ha subrayado mucho a lo largo del tiempo, a todos aquellos que ya están muertos y que ahora están en la gloria de Dios y con Dios, a esos habitantes del cielo que han alcanzado la felicidad y son bienaventurados.

Todos podemos estar habitados por el Dios de la vida. La salvación y la santidad comienzan ahora. Todos estamos llamados a la santidad, más allá de nuestra presencia religiosa, viviendo el amor y dando testimonio allí donde nos encontremos, en la cotidianidad de la existencia y desde la humildad personal. Tal vez, como comenta Francisco, realizando acciones ordinarias de manera extraordinaria. En lo más profundo de nuestro ser podemos encontrar una semilla de resurrección que ya está en nosotros. El Dios de Jesús no es un Dios de muertos, pone vida donde nosotros ponemos oscuridad y limitación.

En el camino del amor y de la confianza en Dios, no se busca ocultar la muerte sino desvelarla. Liberar esa realidad que forma parte de nuestro ser persona desde el nacimiento. Mi muerte que ya estoy viviendo, es la participación en la muerte de mis seres cercanos y queridos, del prójimo, que en su “estar ahí” me desvela un sentido global de la realidad, de mí mismo, del mundo y de Dios. El final no es el límite último, es una manera de asumir mi propio ser. La muerte es asumida desde que somos, es un modo de ser y así en su realización nos abre a la totalidad y nos la anticipa el “todavía no”.

No podemos hablar de la muerte, sin hablar por lo tanto de la esperanza, no solo en un lenguaje religioso, también filosófico; que son dos caras de una misma realidad. El hombre se abre al sentido último y global como Odiseo, que apunta hacia Ítaca, soltando lastre y ligero de equipaje, como los hijos de la mar. La esperanza es un sentimiento muy humano, que no sólo opera en la esencia y la libertad, sino también en la relación hombre- mundo. Un mundo que se nos presenta abierto y no determinado, como un proceso, como una tendencia hacia algo inacabado e incompleto.

Una esperanza en el Misterio último, que no está encima o dentro de nosotros, va y ha ido delante con su propia muerte y su propia esperanza. Esperanza de Dios que sale a nuestro encuentro en sus promesas de futuro, un Dios que tiene el futuro como carácter constitutivo. Es el crucificado el que tiene futuro, la cruz está preñada de vida, de esperanza, de resurrección: "Él es nuestra esperanza" (Col 1, 27). En la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, queda patente el poder y la fidelidad de Dios como cumplimiento de una promesa. Una promesa que ya se ha anticipado en la resurrección de Jesús.

Un Dios solidario con el dolor desde el amor, un Dios que en Jesús ha experimentado la muerte trágica de la cruz, un Dios que comparte el destino del hombre y un Dios que eleva hombre a ser Dios. La muerte es una puerta que nos abre a esa realidad indecible, donde no hay lágrimas ni dolor, donde todas las piezas encajan y cobra sentido verdadero toda nuestra existencia.  Dios crea y recrea la vida de forma continua y ésta se consumará en el propio Dios, límite y destino de la existencia humana.

Siempre seremos más humanos cuando somos capaces de dar más vida, cuando tomamos la distancia suficiente para poder valorarla y desbrozar aquello que es más superficial en nosotros y, así poder vivir en comunión con lo esencial. Solo podemos unirnos a nuestros difuntos cuando hemos recorrido el mismo camino y hemos realizado la misma elección que ellos, morir allí donde estábamos excesivamente vivos, y nacer allí donde aún estamos muertos.