Jueves, 21 de noviembre de 2019
Alba de Tormes al día

En recuerdo de José Luis Gutiérrez Robledo

Un artículo escrito por Raimundo Moreno Blanco en avilared.com

Conocí a José Luis hace casi veinte años. Yo acababa de terminar mi carrera de Historia del Arte, que había compaginado con la que era en ese momento mi gran afición: subir montañas. De hecho, tras los últimos exámenes, me fui en verano con amigos a los Alpes, donde ascendimos al Mont Blanc y otros picos y, a la vuelta, me encontré con que ese tipo de vida se acababa sin remedio si me ponía a trabajar de continuo.

El único modo de prolongarla era seguir siendo estudiante. De modo que, como en la carrera no me había ido del todo mal, decidí hacer los cursos del doctorado y matricular la Tesis con el fin de poder continuar escalando. Por entonces, ya había leído libros y artículos suyos, y le había escuchado en diferentes cursos y conferencias, lo que me hizo decidirme a pedirle que me dirigiera la Tesis Doctoral. Logré contactar con él por medio de un amigo de mi familia, me presenté en su despacho de la Fundación Cultural Santa Teresa y… bueno, ese día dejé de escalar.  

Y es que, más allá de sus conocimientos, tenía una cualidad que le distinguía de modo muy especial, ya que poseía una fuerza arrolladora capaz de transformar para mejor a quien le rodeaba y a aquello que le rodeaba. En este sentido, una de las facetas que sin duda mejor ha definido su personalidad, ha sido la de tener una sensibilidad especial para cultivar la amistad y disfrutar de ella. Con amigos provenientes del ámbito familiar, artístico, profesional, etc., José Luis siempre ha sabido el modo en que quienes de un modo u otro le hemos rodeado tuviéramos afinidades, logrando crear entre todos una firme trama. 

Una vía para trazar una semblanza de José Luis sería referirme a sus muchos méritos curriculares o hacer repaso de sus decenas de publicaciones. El problema es que con ello correría el peligro de dejar de lado otras cualidades que acumulaba. Por ejemplo, su decidido y continuo compromiso en favor de la protección de nuestro patrimonio artístico, lo que le granjeó innumerables desvelos y alguna que otra enemistad. En este sentido, ya apuntaba el joven historiador del arte que escribió allá por el año 1978 un artículo hoy prácticamente desconocido en la revista Palenque, titulado “Ávila: vengan pronto” y firmado como Pepe Gutiérrez. En él, hacía repaso de algunos de los más vergonzosos episodios de expolio que sufría el patrimonio de la ciudad entonces, señalando, sin miedo a las probables represalias, casos que concernían a las más influyentes instituciones o a personas muy relevantes a nivel nacional, incluyendo entre ellas a algún expresidente del Gobierno. Iniciado este camino, después ha defendido todas las causas que han ido surgiendo, y tristemente han sido muchas, bien sea por escrito –tanto en artículos científicos como en prensa diaria-, o en sus clases y conferencias. Algo que quienes le hemos conocido sabemos que siempre cabía esperar de él es que expresaría con rotundidad lo que pensaba. Esta actitud le ha otorgado algunas líneas en su currículum vital de esas que no dan puntos para las oposiciones pero hacen mejor una sociedad, como que por su independencia fue “dejado de convocar” a las reuniones de la Comisión Territorial de Patrimonio de esta ciudad; o que la defensa de la Catedral le valiera para ser tratado durante un tiempo como un proscrito en ella. 

Por otra parte, hay que aludir a su capacidad de gestión, siempre ligada al ámbito del patrimonio artístico. Durante 15 años, entre 1988 y 2003, ha sido Gerente de la Fundación Cultural Santa Teresa. A través de ella, fue capaz de que se implantara en Ávila la Escuela Regional de Turismo de Castilla y León, que más tarde pasó a Escuela Oficial de Turismo de Castilla y León, y hoy es un Grado universitario que se imparte con éxito en el Campus de Ávila de la Universidad de Salamanca.  

En buena medida, estos fueron los años mejores de una de las iniciativas de extensión universitaria más importantes que ha conocido la historia de la arquitectura y el arte en este país; y creo sinceramente que no exagero. Fueron las 46 ediciones de los cursos que se celebraron bajo los títulos de Lecciones de Arquitectura Española o Medievalismo y Neomedievalismo en la Arquitectura Española, organizados de forma conjunta con el Instituto de Arquitectura Juan de Herrera. Constituían un inexcusable punto de confluencia para los más importantes investigadores del país, que hicieron merecedor del máximo reconocimiento al núcleo de lo que en la profesión se ha conocido como el Grupo de Ávila.  

En los últimos años, y aunando las dos facetas a que he hecho referencia, José Luis ha puesto en pie junto a la comunidad de monjas carmelitas de Alba de Tormes, el Museo teresiano Carmus, del que ha sido su director. 

Desde aquella publicación de 1978 de la que antes les hablaba hasta hoy han sido decenas las investigaciones que ha firmado, cuyo rigor le valió el ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando como Académico Correspondiente. Sólo haciendo un repaso completo de sus títulos, es posible desentrañar la amplitud de sus intereses, que le han llevado desde el románico a la pintura del siglo XX. Valga como ejemplo decir que su memoria de licenciatura se publicó como libro titulado Las iglesias románicas de la ciudad de Ávila, y que su Tesis Doctoral –aún incomprensiblemente inédita- está dedicada a La arquitectura abulense del siglo XIX. En cualquier caso, el detallado análisis del propio monumento, la detenida búsqueda de fuentes documentales y el contraste de la bibliografía existente han sido algunos de los pilares en que se ha fundamentado su quehacer. A ello se ha sumado la buena prosa de los escritos de quien además era Licenciado en Literatura Hispánica. Respecto a esto último, bien conocemos quienes hemos tenido la fortuna de compartir viajes y charlas con él de su afición a la literatura, salpicando los kilómetros, en el momento apropiado, con los versos o los textos de sus admirados Quevedo, Machado, Alberti, Jacinto Herrero o Jiménez Lozano. 

En gran parte de las publicaciones de José Luis existe un denominador común que es Ávila, tanto la ciudad como su provincia. Todo lo abulense le ha interesado y fruto de ello, además de sus escritos, son su biblioteca, su colección de fotografías antiguas y, lo más importante, el que en nuestros pueblos siempre había quien le parara recordándole con cariño que hace tiempo le escuchó hablar de la iglesia.  

No obstante, no quiero que quede de forma equivocada la idea de que hablo de un erudito local. Nada más lejos de la realidad. Son deliciosos y por él muy queridos por las circunstancias que envolvieron su redacción, los libros que ha dedicado al arte y la arquitectura de las ciudades por las que pasan los grandes ríos de la Península Ibérica; o los continuos viajes al extranjero con sus alumnos de los cursos de la Fundación Ávila a ciudades como Génova, Florencia o Roma entre las últimas. En fin, un verdadero ciudadano del mundo.  

Todas estas actividades no han interferido, bien al contrario, en su labor docente, y prueba de ello es que alcanzara la más alta posición que otorga la Universidad en nuestro país: Catedrático de Universidad. Ligado desde su etapa de estudiante a la Universidad Complutense de Madrid, en ella ha desempeñado el grueso de su docencia, si bien en otras ha impartido multitud de asignaturas en Másteres y Cursos de Doctorado. De su dedicada labor se han beneficiado generaciones de historiadores, historiadores del arte, maestros o arquitectos. Prueba de ello es el interés de sus alumnos por acudir a las clases de un profesor que de verdad se esmeraba en prepararlas. Después, ya en el aula, la explicación a un tiempo profunda y didáctica de quien también era Diplomado en Magisterio. 

Esas clases han sido en el aula, pero José Luis no entendía la docencia de la historia del arte sin salir fuera de él. Sin visitar in situ nuestros monumentos, piezas artísticas y museos. Si él era el responsable, era seguro que el grupo acabaría en los campanarios de las torres, andando galerías, subiendo tribunas, bajando a criptas, o descubriendo bajocubiertas, convirtiendo así la salida de estudio en una experiencia indeleble en la memoria. Con ello, sin duda conseguía en sus alumnos aquel ideal que anhelaba don Santiago Ramón y Cajal en su libro Los tónicos de la voluntad, esto es: 

Ser capaces no sólo de examinar, sino de contemplar;  hacer nuestro [el patrimonio artístico] tanto por el corazón como por la inteligencia.