Viernes, 22 de noviembre de 2019

Desmemoria histórica

Todos los medios de comunicación, locales, nacionales y extranjeros, recogen el día de ayer como un día para el recuerdo, como el renacer de España, como el inicio de un nuevo camino democrático. ¿No lo notan en el ambiente?

Efectivamente, España vivió ayer un día para el recuerdo. Pero no porque un Gobierno negligente y anclado en el pasado consiguiera exhumar los restos de un dictador. Fue un día para el recuerdo porque se produjo una profanación pública, testificada y consentida de un espacio religioso y de una sepultura y el cuerpo que había en ella.

El Gobierno de Pedro Sánchez tenía como único objetivo lograr que Franco estuviera fuera del Valle de los Caídos antes de las elecciones, pues era su mejor y su única estrategia electoral.

Cataluña está devastada por las consecuencias, por un lado de la climatología y, por otro, de los exaltados radicales que han destrozado en los últimos días sus ciudades, en pro de su independencia de un Estado opresor (el mismo que aprobará cuantiosas partidas económicas para paliar los daños del temporal). La EPA arroja los peores datos de empleo en los últimos años, con retrocesos tanto en empleo indefinido como femenino. La economía se estanca, y crece a un ritmo ínfimo, incomparable con el de los últimos trimestres.

Pero mientras tanto, los grandes periodistas y expertos de este país, encabezados por la Televisión pública española, que ni es ya pública ni es española, nos transmitían, a través de los personajes más republicanos y antifranquistas que han podido encontrar en toda la geografía española, que nos convertíamos en un país más democrático con la exhumación de Franco.

En ciertos momentos, hemos llegado a escuchar que, a partir de ahora, los republicanos podrían sentir satisfecho ese rencor que, desde 1939 que terminó la guerra, llevan acumulando en su interior, que podrán visitar el Valle de los Caídos y contemplarlo como un símbolo de la memoria histórica…

¡Qué gran mentira! Desde ahora, lo único que vamos a vivir, en una medida y preestablecida sucesión de acontecimientos, es la continuación de este proyecto de la izquierda más rancia de nuestro país que, a diferencia del franquismo, sí que copa hoy nuestras instituciones. 

Dentro de poco tiempo se querrán exhumar los restos de Primo de Rivera, más adelante habrá que expulsar del Valle de los Caídos a los monjes benedictinos, porque su labor no se entiende y no es compatible con un Estado aconfesional, el Valle dejará de tener sentido y se cerrará, o se echará abajo… y un largo etcétera de actuaciones que cada uno podríamos seguir completando. 

Ayer, con la complicidad de todos los poderes del Estado, se dio una patada en toda regla a la democracia, a la legalidad y al respeto por los vivos y por los muertos. 

Se han exhumado unos restos humanos sin permiso de la familia, se ha accedido a un lugar sagrado sin el permiso de las personas encargadas de custodiarlo (a las que, además, se les ha vetado el acceso a este espacio en los últimos días, en una flagrante vulneración de la legalidad), se ha decidido, por orden política, el lugar en que debía enterrarse una persona… Que sí, que era Franco, que ejerció una dictadura en España durante cuarenta años, que a sus espaldas hay muchas muertes (tantas como en el bando contrario, no se engañen), pero era una persona, como su abuelo, como el mío y como el de la señora Calvo.

Pero, quizás, lo más lamentable, es que en esta vulneración hay muchos cómplices, más allá de los propios poderes del Estado. El primero es la Iglesia católica que, aunque le pese, debe su situación actual, en gran medida, a la posición del bando nacional durante la Guerra Civil, y muy especialmente tras esta.

Sin embargo, su jerarquía ha permanecido callada, impasible ante la profanación de una Basílica, olvidando a aquellos sacerdotes y religiosos que murieron quemados o asesinados durante la II República solo por ser católicos.

Y, junto a la Iglesia, los partidos de ideología de derechas (que no franquistas, no confundamos términos) se han mantenido en una equidistancia que, perdónenme, no es válida, por mucho que estemos en vísperas de unas elecciones.

Además, cantidad de ciudadanos que durante muchos años jalearon al franquismo, llenaron las plazas de España con la mano levantada y cantando el cara al sol, sufren ahora de una demasiado común desmemoria histórica, renegando en muchos casos de lo que pública y privadamente han profesado hasta ahora.

Los errores del pasado no se deben volver a cometer, estamos totalmente de acuerdo. Pero tratar de eliminar toda huella del pasado es, quizás, lo peor que podamos hacer para lograrlo. 

Las víctimas de la guerra, que no del franquismo, porque no podemos olvidar que una guerra enfrenta a dos bandos, que los dos bandos matan y que ambos dejan tras ellos un reguero de muertos, no van a recuperar a un familiar asesinado por mucho que cambies el nombre de una calle (o, mejor dicho, lo sustituyas por uno del lado contrario) o porque cambies de sitio el cadáver de la cabeza de uno de los bandos.

Remover las cenizas y los errores del pasado no hacen sino revitalizar un absurdo ambiente guerra civilista innecesario en el contexto actual de nuestro país.

Yo no viví la Guerra Civil, ni la dura postguerra, pero he vivido la democracia y he tenido la suerte de poder estudiar la Historia de España tal y como es, sin adoctrinamiento ni engaño, con sus luces y sus sombras. Y no puedo negar que la actuación de Franco trajo consecuencias enormemente negativas en determinados aspectos para este país, pero tampoco que llevó a cabo importantes empresas, muchas de ellas vigentes aún hoy, que consiguieron sacar a España del pozo en que estaba sumida como consecuencia de una nefasta gestión de los líderes de la Segunda República, que no trajo sino revueltas y muertos. La única diferencia es que los que caían abatidos a tiros eran del bando contrario, y parece que esas balas se esfuman más rápido.

Ya dijo en su momento un testigo de la guerra, nada sospechoso de ser defensor del franquismo, como fue Chaves Nogales, que el futuro dictador de España iba a salir de un lado u otro de las trincheras.

Sin embargo, con la muerte de Franco, España logró algo que ningún país del mundo ha logrado, y es pasar de una dictadura a una democracia sin sufrir una guerra, sin sufrir otra guerra. Y lo hicimos en un tiempo récord, en una época que, sin duda, ha sido la que más ha marcado nuestra historia reciente, que fue la Transición. 

¿Dónde ha quedado en estos tiempos ese espíritu de consenso, de reconciliación, de olvido de todo lo anterior y de suma en positivo por el bien de España entre personas con sensibilidades distintas?

Más nos valía que ese fuera el espíritu que hoy reinase en nuestro país y, tengan por seguro, no estaríamos a las puertas de las cuartas elecciones generales en cuatro años.