Lunes, 11 de noviembre de 2019

Con la iglesia hemos dado, Sancho

     Don Quijote, que de alguna manera nos representa a todos los españoles, y más nos valdría que así lo reconociéramos, busca su felicidad en una persona imaginaria, Dulcinea, que habita en un alcázar también imaginario; Don Quijote está loco de amor, pero no es tonto y es capaz de discernir, entre la niebla de la fría mañana manchega, que lo que tienen delante es la iglesia de El Toboso y no el palacio de su amada Dulcinea. Así se lo reconoce a Sancho y así lo explica Don Miguel de Cervantes en el capítulo IX de la Segunda parte de El Quijote: “habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que tal edificio no era el alcázar, sino la iglesia principal del pueblo”, y dijo: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.

     No sé la razón por la que “dado” ha trocado en “topado”, ni tampoco por qué “iglesia”, con minúscula, ha derivado en “Iglesia”, con mayúscula. ¿Habrá sido el nacionalanticlericalismo? Puede ser y razones no le faltarían para criticar el excesivo poder de la Iglesia en España en muchos periodos de nuestra historia. Sea como fuere, el hecho lingüístico es que “con la Iglesia hemos topado” ha pasado a significar la frustración y la resignación a la que nos apuntamos cuando topamos con alguna grave dificultad que nos impide nuestra felicidad, nuestro desarrollo personal, el decurso normal y racional de las cosas o, simplemente, nuestro bienestar; también cuando nos encontramos con una dificultad muy poderosa, pero absurda, carente de sentido común, cuando no mera exhibición irracional de poder.

     Una “Iglesia” con la que, por desgracia, topamos demasiadas veces es la práctica autonómica de la Sanidad, que se supone debería obedecer a una normativa racional. Y así, es casi imposible, a veces, derivar a un paciente con algún padecimiento especial que no tiene tratamiento en la Comunidad Autónoma donde reside, hacia otra Comunidad donde sí gozan de ese tratamiento. Y, si se consiguen vencer las barreras burocráticas para poder ser operado, se vuelve a topar uno con ellas para la rehabilitación: “¡Vaya Vd. a rehabilitarse a su Comunidad!” “Oiga, que en mi Comunidad no tenemos esa rehabilitación tan especializada”…

     Otra “Iglesia” con la que topar a menudo es la normativa municipal o autonómica para llevar a cabo determinadas obras de rehabilitación o restauración de monumentos declarados Bienes de Interés Cultural; aunque se cumplan escrupulosamente todas las infinitas normas, no pocas veces la concesión de las licencias oportunas se retrasa y se retrasa semana tras semana y mes tras mes, hasta hacer revivir en la memoria aquello de Cicerón: “quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?”

     El poder burocrático no es monopolio del Estado, como sí lo es el de la violencia, ponderada y legalmente ejercida. La burocracia se está apoderando también de las grandes empresas y corporaciones que, apoyándose en las nuevas tecnologías, nos amargan no pocas veces la vida, aunque justo es reconocer que en otras nos la facilitan.

     La burocracia del Gobierno de la Nación tampoco se libra de convertirse en “Iglesia” con cuyos muros topar. Y así, como ya he contado otras veces, hay inmigrantes que hace más de tres años que han pagado su tasa, han superado un examen de cultura, costumbres y Constitución españolas que no se lo salta un becario de Derecho Constitucional con zapatillas nuevas y siguen sin obtener la nacionalidad.

     Y ¿qué tiene que decir un cura ante tanta “Iglesia”...Pues “que hablen, aunque sea mal”.

     Por cierto, perdonen que me cite a mí mismo: “Y mientras tanto, la gran obra de consolidación estructural de la iglesia más antigua y  céntrica de la ciudad, San Martín, sigue sin empezar…Iba a empezar en septiembre, después en octubre…Iremos viendo.”