Viernes, 7 de agosto de 2020

Refugio y villanos

Para Ferchu de Castro.

Los niños juegan a atraparse, borrachos de carreras, de sorpresa, de susto… casa, casa, dicen mientras se acerca el peligro, excitados, temerosos, felices ¡Casa, casa! Están refugiados de su miedo, de su juego, del peligro que les acecha. Casa, casa… y corren, se tropiezan, se caen, atraviesan la pequeña plaza por la que no pasan los coches, por donde nuestros ojos vigilantes pueden abarcarles… casa, casa. Mis sobrinos corren y yo pienso en que ya no tengo una niña siria, tengo dos: un muchacho de Alepo de ojos azules y sonrisa pronta. Nada sé de él, solo que ríe y que trae un balón al instituto. Sé que lo tiene entre los pies mientras me escribe una frase donde apelotona todas las palabras. Habla, pero no sabe escribir y desconoce el beso rotundo con el que pronunciamos las profesoras de lengua la palabra sílaba, así, separando bien cada golpe de voz para enseñarles algo tan inservible como una tilde. Sí-la-ba… y él sonríe, los pies apoyados en el balón con el que juega en los recreos. Se llama Yazan y es de Alepo ¿Lleva tilde la aguda acabada en –n de tu nombre, niño de ojos azules? Yo pensaba la primera vez que te vi que eras ruso…

Erdogan nos avisa con su voz de villano que si seguimos criticando su ofensiva contra los kurdos abrirá las puertas al desastre ¿Por qué serán los pueblos de esa parte del mundo los grandes desheredados? No tienen un violinista en el tejado como los libaneses, ni un armenio famoso. Son kurdos, no son nada. Su canal de televisión, que se retransmite por las cadenas árabes, tenía escenas de campo y hombres y mujeres que cantaban. Ahora seguramente muestre ruinas y muertos. Erdogan ha decidido recoser la frontera, herida abierta, supurante. A sangre y fuego, como le gusta a él hacer las cosas. Y nada de quejarse o dejo entrar a las hordas de refugiados. El que avisa no es un traidor, solo es un villano, un indecente.

Hubo un tiempo en que la palabra refugio nos evocaba cabañas en la montaña, lugares donde guardar a perros y gatos. Lugar protegido como lo eran las iglesias o la universidad en tiempos pasados. A Tomás y Valiente lo asesinaron en su despacho, la universidad ya no era territorio neutral al abrigo de la ignominia. En Egipto, la iglesia tampoco, y si es copta, menos. El mundo sigue en su espiral de violencia y ahora son los kurdos, los que lucharon contra el ISIS, quienes están en el punto de mira. Y el malvado avisa con su voz silbante, si alguien me cuestiona abriré las fronteras de la desdicha. Y llegarán esos refugiados que detenemos en Libia, en Turquía, en las islas griegas donde antes hubo poetas sáficas. Llegarán como una horda de desarrapados, de pobres de solemnidad, de necesitados de auxilio, casa, casa… pero no habrá risas ni alivio. Habrá silencio. Silencio, se bombardea, se mata, se asesina, se miente, se traiciona, se avisa, se engaña… los bienaventurados miramos para otro lado y yo pienso en mi muchacho del balón, en su mirada siempre alegre y en cómo se pregunta por qué le hablo tan despacio separando esa extraña palabra que nada significa. Casa, casa, dos golpes de voz y un breve signo que no existe. El balón sigue girando, pies inquietos… de repente atraviesa la frontera y llega a los míos. Qué ganas de darle una patada feliz y seguir jugando, jugando, jugando a huir de los villanos.     

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.