Domingo, 17 de noviembre de 2019

La herencia de la dictadura

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Estamos asistiendo a una serie de acontecimientos sociales y políticos que son más propios de los años 30 del pasado siglo que del final de la segunda década del siglo XXI. Resulta muy preocupante que el máximo dirigente de un partido político, Vox, Santiago Abascal -que ha vivido siempre a costa del erario público con salarios escandalosos dirigiendo fundaciones fantasmas creadas “a quo” por la ex presidente de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre-, escupa odio mezclado con fuego en el acto electoral que el pasado domingo tuvieron en la plaza de Vistalegre (Madrid) ante miles de enfervorecidos seguidores.

Cuando Abascal afirma, con absoluta rotundidad, que el PSOE es un “partido criminal” que pretende imponer un relato sobre el franquismo para tapar sus “vergüenzas y sus crímenes”, lo que pretende es incendiar la realidad cotidiana que puede provocar una reacción furibunda de sus fanatizados acólitos seguidores, cometer actos de barbarie y generar enfrentamientos viscerales entre los ciudadanos, lesionando gravemente los jirones de la convivencia.

Pero estas “lindezas” que Abascal le dedica a la clase política progresista, no son conductas aisladas ni bravuconadas aliñadas de campaña electoral. Días antes, Ortega Smith, había calificado a las “13 rosas” de torturadoras, violadoras y viles asesinas. Estas jóvenes, como sabemos, estuvieron en la prisión de mujeres de Ventas por pertenecer, la mayoría de ellas, a las Juventudes Socialistas Unificadas y fueron ejecutadas el 5 de agosto de 1939, cuatro meses después del final de la “Incivil Contienda” y, por tanto, ya, presuntamente, en tiempos de paz; aunque todos sabemos que con los vencidos ni hubo paz, ni piedad, ni perdón, porque el Régimen se vengó y se ensañó con los vencidos con actos de crueldad difícilmente imaginables en los seres humanos, más aún cuando las víctimas en ese momento eras personas indefensas, en la cárcel y sometidas a sevicias y torturas. Y a los que, de forma sesgada, parcial e interesada, justifican estas conductas diciendo que en el otro lado también se produjeron actos de barbarie -que lo fueron-  por parte del ejército republicano, hay que decirles que olvidan que esos actos crueles se produjeron en momentos de graves algaradas callejeras y en tiempo de guerra; pero una vez que el ejército rojo ya estaba “cautivo y desarmado” – y la frase no es mía sino del propio Franco en el parte de finalización de la guerra-, todos los actos de crueldad cometidos contra estas personas deben considerarse crímenes de Estado y, por tanto, ahora sí, asesinos y torturadores a los responsables que los ordenaron, ampararon y ejecutaron y fueron muchos miles de ciudadanos los ejecutados, torturados y represaliados en esos 40 años de “supuesta paz” en los que Franco dirigió -con mano de hierro- las riendas de nuestro país.

También está sufriendo las consecuencias de fanáticos seguidores del franquismo el director de cine Alejandro Amenábar por el reciente estreno de su película “Mientras dure la guerra”, en la que resalta a la perfección las convulsiones sociales y políticas del comienzo de la Guerra Civil, en Salamanca, y las vivencias de las mismas por parte de D. Miguel de Unamuno, catedrático y rector de la Universidad y figura clave en esos momentos históricos en los que España, en palabras del propio Unamuno, padecía una “epidemia de locura”. En algunos cines, grupos de nostálgicos están boicoteando la proyección de la película y exaltando la figura del dictador, algo esperpéntico, que no ocurre en ninguno de los países de nuestro entorno.

No podemos consentir que estos exaltados impongan su fuerza y callen a la razón. Ya hemos tenido demasiadas épocas en nuestra reciente historia en los que la fuerza se ha impuesto a la razón, en las que la dictadura del miedo se ha impuesto a los valores democráticos. “El sueño de la razón produce monstruos”, como magistralmente plasmó Goya en un grabado de la serie “Caprichos”. También lo advirtió Ortega y Gasset –y que fue realmente premonitorio- ante la muerte de Unamuno (que, como sabemos se produjo el 31 de diciembre de 1936, a pocos meses de iniciada la Guerra): “la voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace más de un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio”.

La sociedad y la política españolas necesitan emanciparse definitivamente de los vestigios franquistas que aún permanecen en el tuétano de buena parte de nuestro comportamiento, de nuestras tradiciones y de nuestras costumbres. La prueba más evidente de ello es la controversia generada por la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Si hubiéramos superado aquélla negra época, si ante la llegada de la democracia, la izquierda y la derecha hubieran tenido el mismo protagonismo, si se hubiera hecho caso a organismos internacionales de los que formamos parte, los restos de Franco hubieran sido exhumados hace cuatro décadas.  Tenemos que concienciarnos todos de que un tirano, alguien que se alzó por la fuerza contra un gobierno legítimo, alguien que se vengó de manera inmisericorde con los vencidos durante cuarenta años después de haber provocado una guerra fratricida de casi tres, no puede tener un mausoleo de las características del Valle; porque caídos son todos, los vencedores y los vencidos y si queremos convertir un monumento en homenaje a la reconciliación de todos los españoles, los restos del principal verdugo deben salir de allí y reposar en un lugar digno, sí, pero el mismo que se merecen todos, que merece todo  ser humano por el mero hecho de serlo, cuando, parafraseando a Tomás y Valiente,  “el injusto azar ponga fin a nuestro tiempo”, no en un lugar de exaltación de unos ideales que no son los de un Estado Social y Democrático de Derecho, es decir, que no son los de la libertad, la igualdad, la justicia, el pluralismo, la tolerancia, la democracia o la solidaridad.