Jueves, 13 de agosto de 2020

Vuelva usted mañana

Manifestación de familias del colegio Juan Jaén en el paseo de Carmelitas

“Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza”.
LARRA, Vuelva usted mañana, El pobrecito hablador, 14 de enero de 1833.

Una todavía viva polémica surgida en la ciudad de Salamanca respecto de unas obras que se realizan en un colegio público, ha venido a poner de relieve una vez más la ya intolerable molicie, la inoperancia funcional y una muy preocupante ineptitud de muchos gestores públicos, especialmente de tipo político, que ocupan cargos de responsabilidad y son incapaces de siquiera atisbar los más elementales mecanismos de control y funcionamiento de aquella labor que, eso sí, figura ostentosamente escrita como propia en sus tarjetas de visita.

Resulta que las autoridades educativas (un decir), encargaron obras de reforma y mejora en el edificio del citado colegio, no durante los períodos vacacionales como hubiese sido lógico, sino en pleno curso, coincidiendo además de hoz y coz los horarios de albañilería con los escolares, generándose así una total imposibilidad de desarrollo de la actividad escolar debido a ruidos, golpes, uso de maquinaria, polvo, residuos, trasiego de materiales y otras consecuencias propias de la labor de los obreros. Ante las protestas, y evidencia incluso de algún daño físico de alumnos, tanto del profesorado como de las asociaciones de padres y madres, la falta de solución de las autoridades educativas tuvo que ser corregida por la fuerza de manifestaciones callejeras de afectados, cortes de calle, suspensión de clases y notas de protesta en prensa, lo que pareció encender en el magín de algún responsable (otro decir), la brillante idea de trasladar el horario de los obreros a uno distinto del escolar.

Puede extenderse este ejemplo para hablar de la incapacidad evidente de un altísimo porcentaje de cargos públicos de libre designación, que por mor de su cercanía a los aparatos políticos de los partidos, o su influencia en determinados círculos de poder, o su interminable labor de tiralevitas, o sus descarados plagios e incluso su cara bonita, acceden a puestos de responsabilidad para los que no solo carecen del mínimo conocimiento en la materia de cuya gestión los ponen al frente, sino que a veces se revelan a ojos vista incapaces para cualquier tipo de gestión. Ejemplos de regidores/as, presidentas/es, delegados/as, jefas/es, coordinadores/as, subsecretarias/os, consejeros/as o de los mil y un cargos de tipo político que pueblan los, eso sí, cada vez más lujosos despachos oficiales de direcciones provinciales, delegaciones territoriales, ayuntamientos, comunidades autónomas, concejalías, fundaciones, gobierno central u organismos públicos de todo tipo, y cuyas declaraciones públicas, discursos institucionales, intervenciones, propuestas o decisiones alcanzan tan altísimas cotas de ignorancia y despropósito (y estupidez), que contribuyen en gran medida al descrédito no solo de la política como tal, sino a remachar la sospecha de la incapacidad actual del sistema político español para nombrar responsables que, con un mínimo de eficiencia y conocimiento puedan gestionar las funciones de la administración pública que requieren, además de solucionar problemas, capacidad de previsión, nivel de conocimiento y eficiencia decisoria para evitar que se produzcan.

En el empeño de los cargos públicos nacionales por sonrojar diariamente a la ciudadanía con decisiones que van de lo delictivo a lo chusco, pasando por todas las caras del prisma de la incapacidad dolosa (la endogamia, el amiguismo, las “iluminaciones visionarias”, el ocurrentismo, la parcialidad, la desigualdad o la altivez), la lista de nombres propios de cargos que nos abochornan sería interminable, y todos podríamos citar el nombre de unos cuantos personajes, más o menos cercanos geográficamente, cuyos comportamientos en el desempeño de sus bien remunerados puestos han entrado de lleno en categorías tan indignas como ridículas. 

Las actuales manifestaciones, acciones reivindicativas y protestas de grandes sectores ciudadanos exigiendo soluciones a problemas que tendrían que haber previsto, gestionado y tratado de solucionar los arrogantes gestores políticos nombrados a dedo ( por ejemplo, proliferación incontrolada de salas de juego, empobrecimiento de las pensiones, recortes a los derechos de los más necesitados, desahucios y pobreza endémica, boicots y ataque a las exportaciones agrícolas, abandono de pueblos y ciudades, vergonzosas infraestructuras, ausencia de soluciones radicales y efectivas contra la emergencia climática, desindustrialización de grandes zonas, desigualdad creciente, usura e imposición financiera...), son indicativas de la ineficiencia y la flagrante incapacidad de demasiados gestores públicos para prever, trabajar o enfrentar problemas de los que solo parecen ser conscientes cuando la ciudadanía que les paga el sueldo, harta, les grita en la cara el nombre de su obligación. Así, al tiempo que los secretarios con voz pero sin voto manejan a su antojo un país que ni sabe quiénes son, sus jefes despiertan a veces (a voces) del sopor de la medianía, en una niebla de inutilidad que nos asfixia.

Para el que, como quien esto firma, cree firmemente en la gestión pública, puede que el asunto del centro salmantino del que hablaba más arriba, sea una anécdota intrascendente en el marasmo de grandes problemas que asolan un panorama de gestión política cuya mediocridad es ya alarmante. Pero es en la insignificancia de la anécdota, en su pequeñez arrinconada ‘de provincias’, en su previsible desarrollo y en su transparente vulgaridad, donde puede atisbarse hasta qué detalle alcanza la infección de inoperancia que hoy mantiene la administración española en el antiguo letargo del “vuelva usted mañana”.