Lunes, 16 de diciembre de 2019

 El pasado que no cesa

         Nos hemos vuelto todos unamunianos y volvemos el perfil aguileño del bilbaíno de Salamanca con tristeza –algunos- con delirio rapaz –los hunos- y con ignorancia suma –no los hotros, sino los más- hacia atrás  para mirar al pasado. De ahí que estemos comentando la película de Amenábar a la luz de la exhumación de Franco, aquel que vivió en el Palacio Episcopal de Salamanca y que se refugiaba de los bombardeos no en el búnker del jardín, sino en la habitación del aceite de la catedral vieja salmantina que se consideraba el espacio más protegido de la maravilla románica, tan cercana. El pasado nos asalta y de repente, sentimos el empuje de recrear y reescribir la historia, a menudo al dictado de nuestros actuales intereses. De ahí que la ignorancia convierta el “Cara al sol” en una melodía de móvil, haya colas para visitar el Valle de los Caídos o surja la moda de reivindicar el tiempo de Franco en el que, para muchos, no es que la vida fuera mejor, sino que, entonces, ellos eran más jóvenes.

         Recordar es volver a pasar por el corazón, hacer historia es ver el pasado desde la óptica objetiva que aún no tenemos porque hasta hace bien poco quedábamos en la Plaza de Onésimo Redondo, paseábamos por la calle de José Antonio y visitábamos a alguien que vivía en la calle Milicias Nacionales cercana a la Avenida del General Mola. El callejero es una brújula de ausencias, las mismas que se callaron cuando tantas instructoras de la Sección Femenina acabaron como profesoras de la asignatura de hogar cuando yo aún iba al instituto. La Transición tiene estos olvidos en la bruma de lo que no se recuerda cuando nada hay más fácil que revisar la estantería de una mujer de la edad de mi madre: todas tienen el mismo libro de cocina auspiciado por la Sección Femenina y otro volumen en el que se enseñaba a las mujeres a ser esposas solícitas, amas de casa aplicadas que, como recuerda Carmen Martín Gaite, lo mismo sabían reutilizar recortes de cartulina que hacerse un traje de relates o convertir las sobras en un manjar exquisito. Mujeres que recuerda la profesora Begoña Barrero en su ensayo sobre las mujeres de la Falange, aquellas que equilibraban su adhesión al régimen franquista convirtiendo a su género en bandera de la causa, con un cierto individualismo de mujer profesional que poco casaba con el modelo entregado de la esposa y madre émula de la Reina Isabel la Católica.

         ¿Qué nos está pasando para que tanto volvamos la cabeza sobre los hombros cansados? Algo ha tocado la fibra interior de nuestra identidad reciente. Algo nos devuelve a nuestra historia cercana y recorremos las ciudades vacías de escudos franquistas, calles innombrables y recuerdos del NODO. Algo nos empuja a rememorar el horror de la barbarie, a gritar lo callado y a callar lo obvio ¿Qué nos pasa en este otoño de soledades. Galerías y otras añoranzas? ¿Qué tenemos aún en el tintero que precisa de luz, taquígrafos y relatores? Nos hemos vuelto temerosos del futuro, vivimos mal el presente y es por eso, quizás, que miramos sobre nuestro hombro para ver de nuevo el camino recorrido. Añoranza del relato miedo a lo incierto.  

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.