Miércoles, 16 de octubre de 2019

Unamuno. Amenábar

Este pasado jueves, cuando trataba de entrar en el antiguo Teatro Liceo, hoy sede de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura, me encontré con el perímetro de la plaza, ante  su entrada, acotado por cintas y, en él, en el suelo, una geometría de otro tipo de cintas, adheridas sobre las losas. Un enigma.

Fallábamos el Premio de Poesía ‘Ciudad de Salamanca’, un jurado de poetas, presidido por Antonio Colinas y compuesto por Asunción Escribano, Juan Antonio González Iglesias, Fermín Herrero, César Antonio Molina y yo mismo, más el editor del libro premiado.

Al lograr entrar en el vestíbulo del edificio, varios rollos de alfombras, supongo que rojas y ‘hollywoodienses’, esperaban ser colocadas, con la precisión geométrica que marcaban las cintas de la calle, adheridas a las losas, para algún acontecimiento extraordinadio.

Era un día importante para Salamanca, pues el exitoso director de cine Alejandro Amenábar estaba ese día en la ciudad, para presentar su película ‘Mientras dure la guerra’, que esa misma tarde se estrenaba, como anticipo, en el antiguo Liceo.

Salamanca, con ello, por unos momentos, volvía a esos circuitos de universalidad comunicativa, dentro de una vocación universalista que siempre ha tenido la ciudad, ya casi desde los tiempos medievales.

Y recordé enseguida la gran vinculación de Salamanca con el cine, que ha plasmado ya Ignacio Francia en un hermoso y completísimo libro sobre el tema. Y recordé a mi admirado Luciano G. Egido, protagonista discreto y en la sombra, en las ya míticas Primeras Conversaciones sobre Cine Español, conocidas como Conversaciones de Salamanca, que se desarrollaran en nuestra ciudad del 14 al 19 de mayo de 1955. Y recordé la no menos mítica ‘Nueve cartas a Berta’ del añorado Basilio Martín Patino.

Vaya si tiene que ver Salamanca con el cine. Como La Alberca, mi pueblo, escenario en el que se han rodado no menos de casi cincuenta películas, de algunas de las cuales fui yo testigo de niño. Aunque, de todas ellas, es la de ‘Marcelino pan y vino’, de Ladislao Vajda, de 1954, cuando apenas teníamos un año de vida.

Y, claro, no podía faltar en este ámbito tampoco la figura de Miguel de Unamuno, otro mito de Salamanca; mito universalizador al tiempo que castizo, tan entrañado en la vida de la ciudad y de la provincia, tan entrañado en esa intrahistoria de España, que él, mejor que nadie, supo intuir y captar en su libro ‘En torno al casticismo’ y en otros varios ensayos.

Pero Unamuno –y aquí la película no sé si volverá a expresar ese estigma de las dos Españas que acaso llevemos los españoles como condena, mientras no aprendamos a atender y a entender a los otros– representa esa España nueva, volcada hacia un proyecto civilizador hermoso –como se advierte en toda su vida y obra–, al tiempo que fiel a la raíz.

Este pasado jueves, era un día salmantino de alfombras rojas cinematográficas. Pero era, sobre todo, un día de alfombras de la memoria. Unamuno, Luciano G. Egido, Basilio Martín Patino…, son algunos de los hitos, decisivos, de una memoria hermosa, que también atesora nuestra tierra.