Domingo, 17 de noviembre de 2019

Retorno a Argusino

Tras un largo periodo sin poder ir, hace unos días tuve de nuevo la oportunidad de regresar al entorno de Argusino, la única localidad que quedó bajo las aguas de la inmensa presa de Almendra, y que se situaba en su vertiente zamorana, cerca de Villar del Buey.

En estos días, en que el embalse se encuentra mucho más bajo de lo normal, por debajo de la mitad de su capacidad (por aquello de la sequía de este año), Argusino ha comenzado a salir a flote, con algunos restos de sus paredes asomando ya entre las aguas.

Entre todos los restos de edificaciones destaca la pared rectangular del cementerio, donde llaman la atención algunas flores en la parte en la que se ha retirado el agua, que lanzan el mensaje de que, entre tanto silencio, aún pervive el recuerdo por los antepasados cuyos restos quedaron bajo el agua, aferrados a las piedras del pueblo en el que desarrollaron sus vidas.

Ciertamente, una visita a Argusino resulta conmovedora, al tener la sensación de que el tiempo está parado, con un silencio absoluto solo roto por el ruido de las pequeñas olas que levanta la brisa, o por el salto de algún pez que ha decidido tomar el relevo a los humanos en poblar el solar argusinejo.

Aún recuerdo la primera vez que fui a Argusino. Era una mañana nublada y fresca, y ni mi buen amigo Jorge (con quien fui), ni yo, sabíamos a ciencia cierta hacia dónde debíamos de encaminarnos para llegar hacia el antiguo poblado. Pero acabamos llegando, tras atravesar el paisaje casi lunar que dejaba un embalse medio vacío, del que emergían del agua los restos de algunos árboles, sumergidos hasta entonces con toda su estructura, y que jalonaban el camino hasta el emplazamiento en el que aparecían los restos de la maltrecha localidad sayaguesa ahogada por la presa.

Ahora, varios años después, el paisaje que ofrece la presa de Almendra es similar al de aquel día, con los fondos saliendo a la luz, y he podido compartir con mi novia ese imponente paisaje que encoge el alma, donde uno se siente pequeño ante tanta inmensidad de paisaje, de agua y, sobre todo, de silencio.

Un silencio en el que, cerrando los ojos, casi se acierta a escuchar desde otro mundo los tañidos perdidos de las campanas de la antigua iglesia argusineja, tocando a muerto por el pueblo sobre el que lanzaba sus campanadas.

Y ante todo ello, no soy capaz de imaginar qué sensación les ofrecerá el emplazamiento a los hijos de Argusino, que vivieron su niñez y juventud en el pueblo, conocieron su entorno, sus paisajes, sus callejuelas,… Difícil trance para quienes han tenido que seguir adelante con sus recuerdos enterrados bajo el agua.

También bajo el agua quedaron los restos de cimentaciones de época romana ubicados cerca del cauce del Tormes, junto a Argusino, que paró su reloj tras ocho siglos de existencia el 17 de septiembre de 1967, desapareciendo con el pueblo la iglesia medieval donde se reunían los paisanos para los oficios religiosos, que fue dinamitada por Iberduero.

Para entonces, el retablo del Santo Cristo que presidía la iglesia ya hacía una década que había sido vendido por el párroco, motivo por el cual en el diario zamorano Imperio, el 26 de septiembre de 1958, el argusinejo Elisardo González Crespo escribía un poema en leonés de Sayago, dedicado a dicho retablo: “Dicen que genti de lejus, que ni es siquiá desta tierra, anda en tratus pa llevarse el retablo de la iglesia. Que si ofrecen muchos riales, que si train, que si llevan otro retablo mejor pa que quedi como nueva; y tan sólo de pensarlo ¡una corajina me entra!... ¡Amos, que querer llevarse el retablo de mi iglesia!... Decidle al señor alcaldi ¡que no, que no se lu vendan!, que pa nosotros es buenu y si es viejicu, ¡que sea! Que su valía tendrá cuando tantos lo rondean. Dende que yo era pequeño yendo en brazos de mi agüelo a ver aquellos santicos la vista ya tengo hecha. ¡Y mejoris no han de ser por mu majos que otros sean! Ante él leyó el señor cura los pregonis de tu agüela. ¡Delante dél, al casarnos, juré pa siempre quererla! Se apregonó allí tu madre y, en fin, to la raza nuestra ante él oyó sus pregonis que el señor cura leyera. A esa genti que anda en tratus ¡que no, que no se lu vendan! Que aunque digan que otru compran pa que quede como nueva, ese… no será el retablo, ¡el retablo de mi iglesia!”.

Hoy, tras más de medio siglo desde su anegamiento, Argusino parece querer asomarse de nuevo a la superficie, ya sin retablo y sin iglesia que poder admirar, buscando que se recuerde su existencia a todo aquel que se deje caer por las orillas de la vertiente zamorana del Tormes en que reposaba la localidad.

Y es que, si la imponente presa de Almendra, con un muro de 200 metros de altura, supuso un hito en la ingeniería de nuestra tierra (además de una importante reserva de luz y agua), en los años secos los restos de Argusino nos recuerdan que su construcción también tuvo importantes costes sociales, como la desaparición de un pueblo, el trauma de sus habitantes desplazados, o los olvidados fallecidos en la construcción de la presa y de la central de Villarino aparejada a la misma.

Así, aprovechando la sequía, los restos de Argusino buscan de nuevo sentir en sus piedras los rayos del sol, una luz natural que vuelva a hacer sentir con vida un otrora fértil entorno de ribera, sacrificado para crear luz artificial que llena nuestros hogares, sin que reparemos en ello en nuestro frenético día a día.