Lunes, 21 de octubre de 2019

Sefarad (y 2)

Es sabido que ningún humano puede contemplar el rostro de Dios, pues moriría, ni llegar a comprender, por su mente alicorta, los designios insondables del Altísimo en su fundación moral de Dios ganadero (de bravo, en la siniestra versión hispánica), de Dios de los ejércitos y de la guerra, de Dios político, civilizador y dominador...

Pero los números se empecinaban entres sus dedos enrocándosele con las circunvoluciones del pensamiento y obligándole a trazar exactos paralelismos entre la Historia del pueblo elegido y las Historia de las Españas, considerando de partida la existencia de una relación inversa, que estimaba proporcional a la situación de hebreos e íberos en las márgenes marinas del humanizado Mediterráneo, unos a Levante y los otros a Poniente.

Según sus cuentas, del crimen de Caín sobre su hermano hasta el rey David había una distancia, estimada en años lunares, inversamente proporcional a la distancia, expresada en años solares, que iba desde el crimen del primer Trastámara al reinado de su muy amado señor Don Fernando el Católico, Rey de Aragón, de Castilla, de Nápoles y de Sicilia; libertador de su pueblo al terminar con los usatges o malos usos que esclavizaban a los payeses de remensa; ungido Rey de Jerusalén por el Borgia Alejandro VI; nuevo David y príncipe de un pequeño reino y hacedor de la unidad y de la grandeza de las Españas, como aquel elegido por Dios para reunir el pequeño reino de Judá y el infinito de Israel con su capital inmutable y eterna: Jerusalén.

De hecho, el converso nacido en la Cataluña vieja, estaba persuadido de que Sefarad era el Israel desorientado, tierra prometida para la diáspora, es decir; prometida tierra de la tierra prometida...

La relación era obvia, interpretaba él: los campos de Montiel no acogieron la victoria del agrícola Abel; no sería su estirpe la que poblara el futuro sino la de su hermano, el Caín ovejero, que de un tajo degolló al Rey con el puñal de los Guzmanes igual que hace el pastor experimentado con sus corderos, tiñendo de sangre sus pies como el bautismo inaugural de su linaje, de un poder mundano de señorío de horca y cuchillo que aspira al absoluto...

En ese momento se detuvo el tiempo de las Españas cosmopolitas, multirraciales, burguesas, europeas e idólatras.

Por los mismos años las merinas africanas comenzaron a coser y a recoser la estepa en un alud de temidos vellones blancos destinados a estancar entre colgaduras doradas, esquilones y fanfarrias la Historia de las tierras que empezaban a pastar.

Y los números, y las sentencias, reincidían una y otra vez como quejas abarrancadas: El año cinco mil noventa y cuatro de la creación del mundo; mil trescientos treinta y cuatro de la era cristiana y setecientos doce del calendario musulmán, quedará impreso en la memoria atávica de los hombres como el del nacimiento de dos reyes de Castilla, hijos del mismo padre y hermanados para siempre por el crimen de Caín en la religiosa y dominadora Sefarad, dura y sangrienta tierra de las Españas, tan parecida ¡Oh Yavhé! al desierto de Judea...