Miércoles, 16 de octubre de 2019

Sefarad 1

Simeón, el forzado converso, uno de los recaudadores de impuestos del Rey Fernando desde que el monarca era príncipe de Gerona, se dispuso a estudiar los ingresos conseguidos en esa jornada para la Hacienda del Reino a la luz de un candil decorado de Manises. Las cifras no eran para él un trabajo rutinario y monótono asociadas con buenas o malas cosechas, alcabalas del viento, martiniegas o, simplemente, venta de bulas de cruzada emitidas en la Real Imprenta del monasterio jerónimo de Nuestra Señora del Prado en Valladolid, para obtener los millones de maravedíes que precisaban los buenos oficios y las campañas de su señor.

En su juventud había cursado profundos estudios en la escuela talmúdica de Gerona y, después del incendio de la judería, el obispo Juan Margarit, muy amigo del rabino, lo recomendó al Rey. ¡En buena hora! -aseveraba él-, porque otros compañeros de la Torá habían muerto lapidados o abrasados o ahogados en las aguas del Onyar o del Ter intentando escapar de sus perseguidores. Por eso, agradecido, se había entregado en cuerpo, y alma, al servicio de su príncipe y con el paso del tiempo, además de generosas recompensas reales había descubierto,  tras muchos años de práctica, la significación mágica de los números que le transportaban a un universo paralelo, esotérico y cabalístico, independiente y ajeno a los avatares económicos.

  En contra de lo que pudiera esperarse de un almojarife del Rey, dedicado por entero a balancear ingresos y gastos, pasaba largas horas de las madrugadas invernales, y las más de sus noches, pegado al astrolabio haciendo cálculos, levantando cartas, poblando las veladas de conjunciones, trígonos, cuadraturas y quincuncios, observando tránsitos o estimando aspectos.

  Era inevitable que uno de los amaneceres en los que la bruma mediterránea desdibujaba los perfiles de la tierra reseca, se topara con el año cinco mil noventa y cuatro de la creación del mundo, cuando nacieron en las Españas los dos hermanos destinados al odio y al fatal enfrentamiento, como perros atraillados por un amo soez y sanguinario que se regocijase al verlos disputar, entre dentelladas letales, el aire o el agua o las luces o las sombras.

  Pero... ¿acaso Dios no prefirió el sacrificio del ganado al de los frutos de la tierra?