Martes, 10 de diciembre de 2019

Sembramos nuestros besos en los puentes

Los puentes son propicios a los besos. Desde que el mundo es mundo y sus suelos emanaron de los médanos del agua para que caminaran, sin branquias, los seres terrestres, los puentes han cosido las orillas. Los puentes se parecen al amor. Y funcionan con el mismo abracadabra riguroso con el que, de un lado al otro del océano, se cuentan sus secretos los telégrafos. Un hilo de voz (de intimidad) conecta las esquinas y el mensaje (la mirada) lo atraviesa, funámbulo, haciendo equilibrismo sobre las borrascas con las que se defienden dos cuerpos que se atraen y deciden, por qué no, besarse en mitad de la riada de turistas así, como quien no quiere la cosa, para recordarse que su amor es delicado, de una facilidad difícil sostenida, como el puente, con una pata en cada corazón.

Los puentes son también para encontrarse. Han sido construidos, a lo largo de la historia, como una proeza que coloca más arriba el prodigio inventivo de los hombres. Hay puentes acueductos y puentes pasarelas. Hay puentes colgantes y puentes levadizos, hay puentes literarios y puentes de película, hay puentes que todos quieren ver. La más saludable ingeniería los ha alzado con esfuerzo minucioso, y muchos de ellos siguen firmes con más de dos mil años a su espalda. Esos puentes ancestrales dicen cosas, contienen, en sus piedras, las capas geológicas del ruido y significan, casi todos, que lo que el ser humano es capaz de unir puede quedar aunado para siempre. Tal vez por eso son lugares tan románticos, intrépidos, tan cursis en su desafuero de lugar común repleto de particularidades.

Me he pasado la vida amando los puentes. Mi padre, un ingeniero civil apasionado por los números que encauzan el equilibrio de las fuerzas de acción y reacción, fascinado por los torques, las torsiones, las insólitas flexiones de lo rígido, me ha contagiado su fervor por estos caminos elevados que siempre salvan los escollos y nos enseñan, así, con su paciencia de siglos, a confiar en la otra orilla, a confiar. Cada vez que visito una ciudad los busco y los celebro con una alegría bulliciosa que solo yo me entiendo. París es una fiesta para mí, por sus puentes incontables. Y también lo es esta, mi casa Salamanca, que contiene su pedazo de latín en la gimnasia de arcos de piedra que sostiene las centurias del Puente Romano. Cada vez que camino sobre alguno, vuelvo a sentir un temblor exploratorio, un estremecimiento a flor de agua. Y siempre —siempre con una exactitud impredecible— encuentro en ellos el chapoteo ahogado de placer de una pareja que se besa. Me pregunto por qué, de dónde y por cuál inspiración multiplicada, el amor quiere besarse encima de los puentes.

Más allá de la redundancia facilona con la que se metaforizan, por la unión entre orillas y labios, y más allá, también, del estropicio de la moda de candados que ha hecho caer los antepechos sometidos al peso del metal con iniciales de romances bajo llave, creo que hay algo allí que tiene más de agua que de tierra, algo que encuentra analogías de humedad. Un atisbo de río que anhela su mar, de saliva que lame y desemboca en suspiro, de contornos que se funden. El chasquido del agua simula el rumor de los besos y su consistencia trémula. Los besos que se dan cerca del río saben a vuelo de gaviota, y sus gorjeos enfatizan las fusiones del amor y sus efusividades. 

Sucedió así, en la segunda noche de fuegos artificiales de estas fiestas de Salamanca que rugieron pirotecnia por partida doble. Ambos llegaron puntuales a la cita y habría sido imposible no verlos. Ella vestía de blanco su contorno de pájaro en miniatura y traía los pies helados a una hora en la que el verano ha desleído sus rigores. Él era su antónimo cabal, con su cuerpo de gigante de bronce esculpido en tatuajes. Se saludaron con un roce de los dedos y no se dijeron nada más. Pero cuando sonó el primer estrépito, los dos se miraron a los ojos como si se hubieran conocido en todas y cada una de sus vidas anteriores. Entonces, él la alzó en volandas con sus brazos de Atila y los dos empezaron a besarse. Habían hecho el pacto de no ver lo que habían venido a ver, de perder de vista por completo el prodigio de los árboles de fuego derramando, hebra a hebra, sus ramajes.

Se besaron sin respiro cuando el cielo estallaba de éxtasis en globitos azules y rojos, y siguieron besándose sin pausa, como si fuera estricto que el mundo desapareciera para ellos y fueran mucho más que dos sin más remilgos que el de beberse el uno al otro, eternizados, en la humedad de las lenguas con su río y sus símiles e hipérboles. Se besaron allí, sin detenerse, encima de este puente que promulga el amor en todos sus recodos, que se sabe de memoria los suspiros de las noches más ardientes. Por encima de aquel beso tan largo, hubo relámpagos y vértices. Hubo el estruendo del estallido de la luz que se abre paso para romper la oscuridad con sus raíces, hubo la media hora completa de los fuegos fragorosos en esa piel de humo de la noche. Solo cuando se apagó el último aplauso, algunos empezaron la rechifla y a pedir que respiraran, por favor, porque no había beso que resistiera tanto aliento, y así cayeron ellos en la cuenta de que los estábamos mirando. Estaban allí como recién aterrizados, casi tímidos. Pero habían cumplido su deseo de ser, por más tiempo que nunca, un solo tronco a cuatro brazos. Habían probado el sabor de los besos junto al río. Habían saciado su apetito de habitar piel compartida. Y paladeado a mordiscos el tacto de los puentes.

Salamanca, 20 de septiembre de 2019