Sábado, 7 de diciembre de 2019

Encaminándonos a ser Campocerrado

En ocasiones, cuando uno escucha hablar del vaciamiento paulatino de nuestro medio rural, y de oír a nuestros gobernantes prometer hasta meter medidas que de antemano se sabe que no van a dar frutos, por ser claramente insuficientes, no puede uno evitar acordarse de lo que ocurrió con numerosos pueblos salmantinos en el siglo XIX y principios del XX.

Me refiero a casos como los de Campocerrado, Anaya de Huebra, Pedraza de Yeltes, Sexmiro o Mozodiel del Camino, en que los habitantes se vieron forzados a abandonar sus casas, viéndose reconvertidas en fincas lo que hasta entonces eran pueblos. En este sentido, en 1919 Filiberto Villalobos apuntaba en un artículo que en menos de medio siglo habían desaparecido 53 pequeños pueblos salmantinos reconvirtiéndose en dehesas.

Quizá el caso más peculiar fue el ocurrido en Anaya de Huebra, donde según ha publicado Ricardo Robledo, los marqueses propietarios de la localidad, directamente decidieron prender fuego al pueblo para que sus habitantes lo evacuasen más rápidamente, convirtiéndolo en dehesa. No especifica en su relato Robledo, sin embargo, si dicha acción la emprendieron los Carvajal de la Casa de Abrantes (que aparecen como propietarios de los terrenos en el Diccionario de Madoz, a mediados del XIX) u otro linaje.

No obstante, sí deja claro la prensa de la época la desaparición de la localidad al iniciarse el siglo XX, ya que en su edición del 27 de septiembre de 1902, el diario salmantino El Lábaro recogía el nombramiento como maestro de Traguntía del hasta entonces maestro de la escuela de Anaya de Huebra, designación que se llevaba a cabo sin concurso por las causas especiales que acompañaban al hecho “por haber desaparecido el pueblo de Anaya de Huebra”.

Sin embargo, posiblemente el caso más seguido por la prensa de la época y conocido fue el de Campocerrado, en pleno Campo Charro, que desapareció en 1902, año en el que sus vecinos fueron desahuciados por la Guardia Civil por orden judicial, para convertir el municipio en una dehesa de pasto para reses bravas.

 

Estos hechos derivaban de la solicitud de desahucio de los vecinos hecha por parte de los Cobaleda, que se habían convertido en nuevos propietarios del término campocerradino, tras comprar dichas tierras a los condes de Santa Coloma. Al convertirse en nuevos propietarios, los Cobaleda no tenían intención de que los habitantes de Campocerrado continuasen allí, por lo que impusieron desde el primer momento una altísima renta a los lugareños por vivir en el término, una cifra que al ser desorbitada conllevaba que los vecinos no pudiesen hacer frente a la misma y tuviesen que abandonar el pueblo.​

Por ello, tras dicha sucesión de acontecimientos, el alcalde y el secretario de Campocerrado, como autoridades de la localidad, llegaron a desplazarse hasta Guipúzcoa para intentar pedir amparo al rey Alfonso XIII (que se hallaba de vacaciones veraniegas en San Sebastián), pero no tuvieron éxito.​ No les escucharon ni el rey ni los antiguos propietarios del término (los condes de Santa Coloma, que veraneaban en la cercana Zarauz, intentando también reunirse alcalde y secretario campocerradinos con ellos, pero sin ser recibidos), lo que allanó el camino para la desaparición definitiva de Campocerrado como pueblo.

Sobre este asunto, escribía el 21 de agosto de 1902 R. Mesa de la Peña, en el periódico La Correspondencia Militar, que “por ahí anda el buen alcalde, pidiendo, como padre desvalido, una limosna para sus hijos huérfanos, un trozo de techo y un pedazo de pan, aunque sea duro y moreno, para sus administrados.”

Continuaba dicho artículo describiendo como “Mientras los vecinos de Campocerrado, desposeídos de sus hogares, acampan en una llanura sufriendo con la resignación de los mártires los horrores del sol que abrasa, las miserias del agua que convierte el cuerpo en un fangal y el relente en una fábrica de calenturas; mientras estas víctimas de un desahucio incomprensible, mirando desde lejos sus casitas blancas y fecundas tierras que labraron con cariño, y no pueden utilizar porque la ley, inexorable y fría, determina la separación”.

Asimismo, en dicho artículo Mesa incidía en la lucha del alcalde de Campocerrado contra la desaparición de su pueblo, describiendo como “el alcalde, con su sombrero en la mano y con el semblante encogido por el dolor, pide una limosnita por el amor de Cristo, no para una familia que no tiene pan, sino para un pueblo que no tiene casa y se muere de hambre en medio de la indiferencia pública.”

Sin embargo, la lucha de Campocerrado fue infructífera, ya que las instituciones decidieron no mover ni un dedo por la pervivencia de la localidad, como tampoco lo hicieron por Anaya de Huebra. Movido por este hecho, Marcelo Sánchez Manzano escribía en El Correo Español, el 14 de agosto de 1902, que era “Triste, y casi imposible de describir es, el cuadro que ofrece el que fue hermoso y honrado pueblo de Campocerrado, y aún más, las consecuencias que sucesos de la índole que se han desarrollado estos días, y que quizás no serán los últimos que tengamos que presenciar en nuestra provincia, si nuestros gobernantes no ponen coto a la codicia desplegada por ciertos dueños y señores contra sus pobres deudos, como ocurre en pueblos que se hallan en idénticas circunstancias que el de Campocerrado”.

Y es que, como consecuencia de este final desgraciado para Campocerrado, algunas fuentes señalan el posterior éxodo de los campocerradinos hacia el sur, dirigiéndose hacia Andalucía para embarcar hacia América como emigrantes. Campocerrado había firmado su acta de defunción como localidad, tras más de siete siglos de existencia, y con su reconversión en dehesa y finca particular, había pasado de tener 220 habitantes en 1887 a apenas 8 en 1910.

Suerte parecida corrieron otras localidades del Campo Charro, que se fueron ‘dehesizando’ y expulsando al exterior, aunque no de manera tan abrupta, a gran parte de sus vecinos. Solo así se entiende que, por ejemplo, la villa de Casasola de la Encomienda perdiese su ayuntamiento, y que, si en 1900 el Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración, recogía una población de 166 habitantes para la localidad, en 1930 apenas contase ya con 25 moradores.

Y llegados a este punto, uno se replantea si el vaciamiento paulatino del campo salmantino no es algo ya programado desde las altas instituciones, o si tiene algo que ver con aquella frase que señaló en 1906 Baldomero Gabriel y Galán (hermano del afamado poeta José María) de que “La provincia de Salamanca es, probablemente, de todas las de España, aquella en que la propiedad territorial es más codiciada”.

En todo caso, resulta doloroso y conmovedor comprobar como nuestros pueblos van poco a poco tomando el camino de Campocerrado, cada vez más vacíos, camino de enterrar su misma existencia como pueblos para acabar siendo simples alquerías, recuerdos de lo que fueron localidades con numerosos hijos.

Y es que es triste sentir como Salamanca y la Región Leonesa cada vez tienen más vacía su alma, que son los pueblos, aquellos que conservan las tradiciones, la arquitectura tradicional, los giros seculares y peculiares de nuestras hablas, el abrazo a la naturaleza, los recuerdos de cómo éramos en Salamanca antes de convertirnos en una tribu urbanita más, en definitiva, las raíces de una tierra milenaria malherida en su futuro.