Sábado, 21 de septiembre de 2019

Los días hábiles de Carlos Catena Cózar

La semana pasada comentaba la calidad de los últimos premios -ex aequo- de poesía Hiperión. Entonces me ocupé de Autobús de Fermoselle de Maribel Andrés Llamero. Ahora le toca el turno a Los días hábiles de Carlos Catena Cózar, joven poeta jienense, cuya poesía es de una madurez y calidad sorprendentes.

El poemario Los días hábiles de Carlos Catena Cózar, publicado también por Hiperión, presenta desde el principio la imagen de la casa, que en algún momento tiene destellos -aunque menos nostálgicos y más desencantados- de la otra encendida de Luis Rosales, como símbolo de la vida: “Intento construir una casa donde quepa mi abuela/ mantengo el orden según sus enseñanzas”. También el de la vida como espacio de homenaje al hogar donde uno nació, a la abuela y a los padres en su lejana presencia. Esa insistencia del sujeto lírico en evocar a su abuela parece señalar un intento de aferrarse a las raíces, a la tradición que socavan las reuniones laborales y los diferentes usos horarios en que se mece esta generación globalizada.

La familia se cruza en el poemario con la conciencia de una nueva forma de fracaso, que apunta a la madurez alcanzada, la percepción de lo efímero y vano de aquellos valores que se aprendieron en el hogar (el esfuerzo, los logros…) bajo el amparo de un profundo desencanto, “vanidad de vanidades”: “cuarenta años de logros y éxitos/ que nadie recordará/ en tu lecho de muerte”. Una sensación constante de que el trabajo sigue siendo el instrumento de tortura del que la etimología le hace brotar, de que la época que toca vivir a esta generación está marcada por “el dolor del tiempo que nos atraviesa”.

Dominado el lenguaje por la semántica de esa nostalgia descreída, el poemario escoge el versículo largo que se combina con el verso breve, semejando el propio estado emocional del sujeto lírico, que se sucede cambiante a lo largo de los poemas, y que sirve para incluir en él la crítica a un sistema que no permite que la vida “que ya no ya nunca será como me prometieron”. Esta desilusión comprende, incluso, a la propia poesía que la manifiesta, en numerosas ocasiones, a través de una ironía ácida: “si mi hermano saltara esta noche desde el puente de Brooklyn/ cuánta literatura por escribir me dejaría”.

El sujeto lírico del poemario da voz representante a toda una generación de jóvenes que han tenido que marcharse de su tierra (“he empezado a construir mi casa en el extranjero”) para poder sobrevivir: “he visto a las mejores mentes de mi generación/ destruidas por un contrato basura de cara al público/ hombres y mujeres de ciencias emigrados al frío/ indefensos son literatura ante tal paisaje/ no puede escribir sobre el fracaso/ quien no ha bajado al infierno”.

Y esa estafa se acumula en la sintaxis, sin comas, adicionada oración tras oración, como quien no pudiera respirar por el ahogo. También se prescinde de las mayúsculas al inicio de los versos, como si éstos, semejantes al ánimo, reptaran aplastados por el desencanto que impregna los poemas, que parecen estar a la espera: “mi vocación es la espera”, escribe Carlos Catena Cózar al iniciar un poema. Carlos Catena Cózar ha hecho de la paradoja el lecho lírico de la vida real: “[…] pienso/ que el estallido de la burbuja inmobiliaria fue un alivio/ para los que ponían azulejos a destajo”, o también: “aprender un idioma es/ allanar el terreno para el despegue”.

Es normal, asimismo, que la anáfora campe por doquier anegándolo todo, con su persistente golpeo: el despertador, el espejo y el uniforme, como ejemplos repetidos de fracaso; pero también el poema de “las bienaventuranzas”, o la triple “espera impaciente” del poema “mi vocación es la espera” y, por último, el deseo también por tres veces proclamado de que “este avión no llegara nunca”.

Varios son los motivos por los que Los días hábiles es un poemario épico que se mantendrá -a mi parecer- en el tiempo.

En primer lugar por esa toma de postura generacional intuida desde los primeros poemas (el primero, por cierto, a mí me ha evocado la película “El Olivo”), verdadero retrato laboral de la generación del autor.

En segundo, por esos dos versos, escritos sorprendentemente por un poeta de apenas 24 años, que claman: “en el extranjero una transferencia bancaria/ es el único abrazo que mi padre puede darme”.

Por su índice (con erratas incluidas: sprender, elocuancia, via por vida, y romanticismno), el mejor índice de un libro de poesía que he leído en mi vida. Aconsejo a los editores que lo utilicen como elemento promocional.

Finalmente, por la tristeza que desprende (para alguien de mi edad) lo obsesivamente apegado que parece hallarse el sujeto lírico ante el agobio de la vida. Aunque también la alegría por el bálsamo que la poesía supone en esa situación, que le ofrece una vía de escape, gracias a la cual, puede intentar hacernos creer que la felicidad es posible, pese a todo.

Un poemario cruzado por multitud de destellos de lucidez, que nace de la conciencia del lugar que uno ocupa en la historia pequeña de cada día. Una obra totalmente recomendada por original, por fresca y por inesperada. Esperamos ya atentos la siguiente….