Sábado, 21 de septiembre de 2019

La nostalgia

Leo en un ensayo de Mark Lilla que los reaccionarios de hoy son exiliados del tiempo que han descubierto que la nostalgia puede ser una motivación política poderosa, quizá más vigorosa que la esperanza puesto que esta puede verse defraudada, pero aquella es irrefutable. La militancia de esta nostalgia es lo que hace del reaccionario una figura claramente moderna, no tradicional. Hay dos elementos que interactúan con sutileza en este escenario: el hecho de que la nostalgia abreva en el ámbito de las emociones y que, habida cuenta de que sus supuestos se basan en una determinada versión de lo acontecido, el relato sobre el que se asienta puede ser objeto de cierta elaboración. 

Escucho su soliloquio durante una tarde de finales de verano. Habíamos quedado para charlar, para repasar lo que había sido el curso recién acabado y evaluar los avatares del que está comenzando. Aunque su oficio no es el docente, el calendario académico tiene tal consonancia con el ciclo vital que hemos ido aceptando que se adapta a cualquier otra ocupación profesional. Pero no es una conversación, pues yo no despego los labios, solo cabeceo como muestra de aprobación y, a veces, suelto un leve sonido gutural que no sé si es de sorpresa o de hastío. Conozco relativamente bien su vida y lo que me cuenta casa poco con lo que hasta hoy pensé que eran sus hitos más relevantes. Pienso que, por integridad, en algún momento debería parar el monólogo.

Rebusco en mi memoria hasta encontrar el término “invención de la tradición”, quiero elaborar con este un ejemplo sobre cualquier asunto, que a todas luces ahora mismo sería banal, para que con su exposición pudiera reconocer que está comportándose de la misma guisa. El nacionalismo ofrece montones de casos, pero los encuentro demasiado sofisticados. La diada catalana está en ciernes y puede ser una buena excusa, pero enseguida reconozco que es abrir una caja de pandora con consecuencias que no quiero asumir. No es que se trate de una persona afecta en exceso al nacionalismo, pero estoy seguro de que si lo saco a colación no servirá para que se aplique el cuento al relato imaginario que me está recitando, sino que se desviará al sempiterno rosario de agravios acumulados.

Agotado por la cháchara percibo en mi interior una tenue pulsión que va creciendo paulatinamente. Siento que emerge un recuerdo de una tarde de septiembre de hace justo medio siglo cuando, habiendo quedado atrás la etapa escolar, contaba los días para ingresar en la Universidad. Se confronta la imagen del entonces ilusionante futuro promisorio con la del temor al fracaso, la inseguridad ante un horizonte desconocido e incierto. Un aluvión de intensa nostalgia se adueña de mí, a la vez que me viene a la memoria la frase que en La gran belleza puso Sorrentino en boca de uno de los protagonistas: “¿Qué tenéis contra la nostalgia? Es la única distracción que le queda a quien ha perdido la fe en el futuro”.