Martes, 17 de septiembre de 2019

Elogio de lo inútil

Me vino algo de coraje al encontrarme con una frase de cierto ministro de Educación en la que calificaba de “inútiles” cuatro asignaturas que por lo tanto no debieran entrar en los pasos normales de la Enseñanza. Y en el texto que acompañaba a la cita se citaban Música, Religión y Filosofía y una cuarta que ahora no recuerdo. Y después de esta majadería intelectual y educativa siguió ejerciendo como ministro. Y lo malo no es que lo dijera un ministro, lo peor es que su pensamiento está instalado en muchas cabezas españolas en las que cunde esa misma idea.

Ya no importa quién soy y cómo actúo, ahora el famoso imperativo categórico es para qué sirve cada cosa y con cuál me quedo. No soy un quién sino un simple para qué en la gran maleta del bricolaje social. Y según la variedad y calidad de utilidades que tenga mi pack, así soy yo y así será mi futuro.

Atreverse a pensar, poner por delante el saber, conocer y escuchar la armonía de los seres, transcender la finitud para volar alto y dar a laza alcance, llegar a ese punto en el que se identifican lo bueno y lo bello y lo verdadero, convivir lúcidamente entre la razón y la armonía, entre la medida y el corazón, entre la trascendencia y la encarnación… Sí, me he ido lejos y esto es un atrevimiento.

Por cierto hablando de atrevimiento todo esto y mucho más que se podría añadir se resume en el antiguo y siempre nuevo “Sapere aude” (“atrévete a pensar”) que nace en la II Carta de Horacio (II, 40) a un amigo para explicarle la capacidad de Odiseo para hacer su camino hasta casa por encima de todo; queda durante siglos como criterio fundamental de la educación y la recoge Kant con toda la razón en su Manual de la Ilustración  y es hasta lema de muchas universidades en cuyos escudos y sellos aparece. Por algo será. Hasta figura casi como título en Merlí, la de Netflix, que ya es decir… Lo que digo, por algo será.

Pues, y ahora lo digo yo, para ese “atrevimiento” educan especialmente la filosofía como método de pensamiento, la religión como método de confrontación y de juicio y hasta la música como método de armonía y medida.  Hasta en el “debe” de Bolonia, que es muy largo y variado, habrá que anotar un día no muy lejano parte de esta factura pendiente. Al tiempo.

Tiene gracia lo del iluso Descartes con aquel punto de partida “Pienso luego existo”. Hoy está desmentido por todos los twiter que hoy y mañana mandan en el universo mundo. Hemos pasado página y estamos ya en los capítulos siguientes de la sinrazón y del sinsentido instalados casi a la fuerza en qué haces y cuánto ganas. Lo demás son viejas monsergas que, por cierto, no dan ni para comer.

Y es inevitable, recurriendo a pequeños ejemplos diarios: el adolescente que lleva cuatro años de piano acaba dejándolo porque es incompatible con sus deberes, el joven descubre que la fe es una excrecencia inútil y a los dos les amaestran los amaestradores de turno para convencerles de que todo eso y más son pesos inútiles para la carrera de la vida. Y usar la razón para pensar es costoso, exige saber y esfuerzo y además es inútil. Seamos prácticos y vivamos al día.

Y desprendidos del equipaje humano, corremos hacia quién sabe dónde.

Todo esto es mucho más complejo y no se puede despachar con cuatro frases discutibles, porque todo problema complejo jamás tiene respuestas simples. Pero sólo intento apuntar en una dirección. Y eso me basta y me quedo, en todos los campos, con el “sapere aude”.