Martes, 17 de septiembre de 2019

Hablar por los dedos

Hay una frase hecha en nuestro idioma, para aludir al exceso de locuacidad, que es la de ‘hablar por los codos’. Alude a esa inmoderación en el uso de la palabra, que consiste en utilizarla irreflexivamente, de modo atropellado, sin pensar en lo que se dice y en cómo se dice. De ahí que lo dicho tenga entonces poca consistencia y, diríamos, muy poca sustancia.

            Pues bien, hoy, observamos que se sigue hablando por los codos, que hay poco gusto por la moderación y por el silencio, por esa discreción que caracteriza los mensajes emitidos con fundamento y con conciencia, sabiendo lo que se dice.

            Pero, paradójicamente, en esta sociedad en exceso ruidosa que es la nuestra, el hablar por los codos ha adquirido una nueva modalidad, paradójica, que es la que hoy está en boga, a través de ese poderoso furor que es el teléfono móvil: que es la de hablar por los dedos (si se nos permite esta paráfrasis a partir de la frase hecha, con la que comenzábamos el artículo).

            Hablar por los dedos. De continuo vemos en la calle a jóvenes y adultos deteniéndose en las aceras de calles y plazas, tecleando al móvil para lanzar mensajes a diestro y siniestro, a través de las redes sociales y de esa nueva mensajería que es ‘guasap’.

Es una locuacidad silenciosa, pero que también aturde, porque las redes la convierten en expansiva. Una locuacidad que lo mismo manda a medio mundo el plato que estamos comiendo, la prenda de vestir que acabamos de comprar, el suceso trivial que acaba de ocurrir en nuestro entorno, la localidad que acabamos de visitar o… la foto del hijo o del nieto que acabamos de tener, por poner solo algunos ejemplos de esta trivialidad en que hemos convertido la comunicación.

Vivimos en un oxímoron. Ya no es nuestro aparato fonador el que pone en funcionamiento nuestra lengua para lanzar mensajes en el entorno próximo en el que vivimos. Es nuestro aparato táctil –si así podemos decir– hasta el que llega nuestro cerebro, a través de las yemas de nuestros dedos, para lanzar a viento y marea la última chorrada que se nos ocurre.

Aquí los semiólogos –esos nuevos Umberto Eco que hoy reflexionan sobre la comunicación humana a través de signos– tienen mucha tela que cortar. En este nuevo tipo de comunicación compulsiva que consiste en ‘hablar por los dedos’.

Y los ciudadanos de a pie –esos que se detienen de continuo en nuestras calles y plazas para hablar por los dedos, en un acto de dependencia que se está convirtiendo en alarmante– tienen mucho que reflexionar ante esta fiebre, irreflexiva, de teclear las letras, acompañadas por imágenes y sonidos, o por lo que se quiera, y lanzar los mensajes a voleo. Como si comunicarse fuera un acto gratuito que no requiere de la conciencia y del tino en el uso de realizarlo.