Martes, 17 de septiembre de 2019

 Barruntan los niños el final del verano

Los últimos días de agosto tiene un no sé qué crepuscular, melancólico, tormentoso…

         Los últimos días de agosto tiene un no sé qué crepuscular, melancólico, tormentoso… un atisbo de otoño, un despertar de siesta confuso, bochornoso… un cierto agotamiento de la fiesta, del calor, deseo de chaqueta y recogimiento. Ese sentimiento de cansancio que conjuramos enseguida cuando pensamos en lo largo que es el invierno, cuando los salmantinos nos disponemos a las fiestas de septiembre para festejar a la patrona pequeñita, al estallido de la vendimia, del atardecer temprano, del olor a libro nuevo y a goma de borrar.

         Septiembre tiene un apresto limpio y recién estrenado. Mientras tanto, los niños se ponen pesados y mi amiga, la poeta, recuerda prosaicamente que no hay quien los aguante pasada la mitad de agosto. El maestro de mi hija en sus prodigiosos años de infantil, cuando aprendía en la escuela rural de Torrejoncillo las primeras letras y jugaba en el recreo a que no le pillara el toro de sus incipientes encierros, decía que los niños tienen interiorizado el calendario escolar de tal modo que barruntan las vacaciones y los inicios de curso sin necesidad de la Vuelta al Cole del Corte Inglés. Y qué razón tenía en eso y en todo mi maestro de pueblo, porque no hay nada más pesado que la mosca zumbona del niño a finales de agosto, de diciembre, de junio… se ponen irritables, pesados, se agotan y presienten el tiempo sin horario, la mañana sin despertar obligado, la falta de peso de su cartera. Los animales barruntan la tormenta y los niños las vacaciones, y es tal su deseo que nos vemos y nos deseamos para mantenerlos quietos en la silla, qué dura es la silla escolar de nuestros niños, el duro banco de la galera turquesa que decía Góngora a quien no nos da tiempo ni de citar en los programas de literatura. Es el barroco retorcido de las necesidades horarias, el calendario zaragozano, gregoriano, cirílico de nuestros trabajos y días.

         Septiembre llega como siempre, de sorpresa, y mientras, nuestros niños ahítos de cloro, de sol, de helado y pizza, de tiempo libre y tebeos amontonados bajo el mando de la play o en el caso de la prima de riesgo y de la niña bonita, bajo el móvil que arde con las fotos de la playa o de la piscina, presienten el final del verano y se ponen imposibles. Necesitan su dosis de orden, su montonera de libros de texto, su cartera nueva, su estuche recién estrenado con la goma, el lápiz, el puñado de rotuladores impecables… entonces nos entra la prisa y nos damos cuenta del jaretón que hay que sacarle al chándal del curso pasado, o de plano la necesidad de correr a comprar otro porque hay que ver lo que ha crecido esta criatura este verano y las deportivas no le entran con el dineral que me costaron. Toca correr a por los libros, hacer cola para amontonar lapiceros y mientras, la fiesta de septiembre nos da una tregua de ocio y de calle para que sea más suave esa cuesta inevitable a la oscuridad del otoño de todos los marrones. Es la delicada textura del tiempo que nos ocupa, es la belleza del tiempo que pasa, y mientras todo sucede por no hacer mudanza en su costumbre, uno siente el deseo de detenerse en el cielo aún azul y tenso y dar las gracias. Mientras, muy cerca, los niños zumban, qué pesados que se ponen a últimos de agosto, sobre los racimos que rezuman.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.