Martes, 17 de septiembre de 2019

Antes de que anochezca

 

 

Escribir una columna se parece a lanzar un mensaje al mar dentro de una botella. Nadie sabe qué sucede en el océano (vivimos tiempos en los que parece normal debatir sobre si gente a la deriva en el mar debe ser rescatada o no, me recuerda J, que siempre me recuerda lo esencial). Es imposible prever si alguien abrirá esta ventana y se asomará a ella, si acogerá estas palabras y les dará un sentido y un hogar, aunque solo sea por unos segundos.

Escribir una columna se parece a leer en una hamaca una tarde de invierno, justo antes de que anochezca, cuando aún queda el mínimo de luz necesario para, focalizando mucho la mirada, como hacíamos con aquellos libros de imágenes en 3D, seguir cada línea, pero ya hay la oscuridad suficiente para intuir el silencio, para ver todo lo demás.

Escribir una columna se parece a hacer una grulla de origami, hay una historia y muchas razones y mientras doblas cuidadosamente el papel para transformarlo en otra cosa imaginas todas esas otras manos que hicieron lo mismo antes, todas las que están en este momento estirando las alas, todas las grullas que quedan por nacer.

Escribir una columna se parece a visualizar una columna (vertebral), a trazar su forma, a reconciliarte con sus irregularidades, con sus dolencias, a cuestionar si, pese a todo, cumple su cometido, a no desatender su responsabilidad.

Escribir una columna se parece a recibir un regalo, un regalo tuyo, de tu parte, que se materializa ahora, exactamente ahora, cuando lees estas palabras y con tu lectura me entregas una pequeña pero valiosísma porción de lo más importante que tienes, de lo único que no volverá y que nadie podrá devolverte, de tu tiempo. Por eso, gracias, muchísimas gracias desde esta hamaca, desde esta pequeña isla de un archipiélago cambiante, desde las vértebras de este siempre todavía, desde la fragilidad de este minúsculo animal.