Domingo, 18 de agosto de 2019

El casting que no busca el Sr. Presidente

Consumado el fallido intento de investir a Pedro Sánchez, hay que aprovechar los dos meses de “reflexión” que concede nuestra Constitución y hacerlo de la forma más ventajosa. Conocida su obsesión por aferrarse a La Moncloa, nada de lo que trame podrá considerarse fortuito. Ya no serán necesarios los cerebros asesores encargados de conseguir la cuadratura del círculo, ni los cocineros dedicados a elaborar encuestas cuyo menú merecería ser galardonado con todo el firmamento Michelin. Basta con dejar al doctorado aspirante que vaya montando su programa de entrevistas, concebidas como mecanismo necesario para desmontar los bloqueos que impiden la formación de gobierno, pero que no son más que el comienzo encubierto de su particular campaña electoral.

La opinión de un buen número de esas asociaciones -Dios me libre de llamarlas colectivos- le importan a Pedro Sánchez lo mismo que a mí un slalon de caracoles. Si el presidente en funciones perteneciera a un partido de centro derecha, y dejara pasar estos dos meses sin negociar condiciones de apoyo con el resto de partidos, los denuestos y descalificaciones llenarían a diario páginas y telediarios. Pedro Sánchez no caerá en esa trampa. Por reunirse, que no quede. Hay que distraer a los impacientes a base de salir todos los días en los ecos de sociedad. Eso sí, guardando convenientemente las distancias, sin pasarse de revoluciones, que las armas las carga el diablo. Para cubrir el expediente, hay que reunirse con aquellas organizaciones que, caso de ser excluidas, darían lugar a más de un reproche -léase organizaciones empresariales y sindicales. Lo demás, puro relleno: agentes sociales claramente inclinados a la izquierda -no podía faltar el ”sindicato de la ceja”- en buena parte subvencionados por las arcas estatales; partidos políticos dispuestos a conseguir por esta vía lo que no alcanzaron en las urnas y listos para declararse culpables de la muerte de Manolete si con ello reciben trato de favor -o la promesa de abrir la puerta trasera de la Constitución.

A este casting montado para rodar el programa “Los hombres del presidente”, no se va para discutir sobre políticas a seguir o programas a confrontar. Eso no interesa. Ahí se va a decir: “Sí, bwana. España necesita, con urgencia, un gobierno progresista”. Quien ignore lo que es un gobierno progresista debe saber que se trata de un gobierno que, en cuanto llega al poder, aumenta la presión fiscal de forma progresiva. Vamos, que sube los impuestos a los de siempre, para empeorar la situación de los de siempre, hasta que los ciudadanos le expulsan del poder para que arreglen el desaguisado también los de siempre.

Para que España tenga gobierno antes del 23-S, tiene que haber un candidato que obtenga la confianza del Congreso. No sería de recibo una nueva sesión de investidura a quien no cuente con el apoyo necesario. Desde la última votación, no se aprecian movimientos de aproximación entre fuerzas que reúnan los votos suficientes. Si transcurrido tan poco tiempo se llegara a esa mayoría, habría que suponer que el aspirante había cedido en aquellas exigencias que no se atrevió a conceder en julio. Peligro. De ahí nunca podría salir un gobierno progresista. Sería un gobierno legítimo, pero nunca un gobierno bueno para España. La legalidad que emana de una votación en el Congreso, no tiene garantizado su certificado de idoneidad y bondad para todos los españoles.

Porque así lo hemos querido en las últimas elecciones, nuestra sociedad está claramente dividida en dos bandos: el mundo de la izquierda progresista, flanqueado a derecha e izquierda por nacionalismos radicales y populismos anti sistema, y el grupo liberal conservador, de centro derecha, con su apéndice de VOX, más a la derecha. Todos los apoyos que hicieron presidente a Pedro Sánchez, y los que resultaron insuficientes para su última investidura, salieron del primer grupo. El peligro de ser investido por mayoría simple está en la posibilidad de no contar con los votos necesarios a la hora de legislar. Un gobierno así constituido está condenado a pasar por encima de su programa. Los partidos que no le dieron su apoyo lo hicieron por no estar conformes con su política. Si quiere seguir siendo presidente, será con un programa muy distinto al propio. Cuando no sea capaz de sacar adelante sus leyes, por mucho que disfrute con el poder, no tendrá más remedio que devolver las llaves de La Moncloa.

La única forma de conseguir un verdadero gobierno de progreso sería establecer un previo acuerdo con algún partido del segundo bloque, que le otorgue la mayoría necesaria y esté dispuesto a apoyar cuantas leyes redunden en beneficio de todos los españoles, especialmente en aquellas parcelas que actualmente resultan más deficitarias. Ni que decir tiene que la lógica contrapartida sería el firme compromiso de Pedro Sánchez para respetar las líneas rojas de la unidad e integridad territorial, velar por el cumplimiento de la ley, apoyar la independencia del poder judicial y el cumplimiento de los compromisos internacionales adquiridos. Si fueran ciertas las razones que ha exhibido para no llegar a ningún acuerdo, así podría lograr la no dependencia de partidos independentistas o filo terroristas. Sin embargo, este razonamiento cae por su propio peso cuando se constata que no ha tenido inconveniente en apoyarse en esos mismos partidos que dice rechazar para lograr el gobierno en ayuntamientos y comunidades.

Cuando ha dado sobradas muestras de hacer lo contrario de lo prometido y todo el mundo le augura mejor resultado en una hipotética repetición de elecciones, es lógico pensar que ese empeño en llegar a un acuerdo anticipado huele a gato encerrado. Después de la felonía llevada a cabo en Navarra, ya nada impide al aspirante “cocinar” un nuevo acuerdo. Si no se alcanza, sólo hay dos razones que lo justifiquen: Una, Pedro Sánchez quiere gobernar solo, por la gracia de Dios, porque es el único capacitado para esa empresa y porque todos los demás están obligados a colaborar de balde; y dos, porque está convencido de que, en las próximas elecciones, va a sacar los escaños que ha predicho Tezanos. Si todo falla, habrá conseguido la perfecta excusa para culpar a los demás de haberle obligado a obrar en contra de su voluntad.

Para cubrir la papeleta, se anuncia una nueva ronda de encuentros en la tercera fase. Como, según propia confesión, aún no tiene elaborado su programa electoral, me permito sugerir al Sr. Sánchez -con poca esperanza de ser tenido en cuenta- alguna de las asociaciones que con mucho gusto desearían ser tenidas en cuenta. En primer lugar, y por la importancia de lo que está en juego, debería reunirse con una representación de los millones de catalanes que quieren seguir siendo españoles y que hoy son perseguidos, en unos casos, o ignorados en otros muchos. En la misma jornada podía incluir a vascos, valencianos, baleares y gallegos que sufren los mismos agravios que los catalanes. También tendrían algo que decirle las víctimas del terrorismo que ven cómo se homenajea a los asesinos de sus familiares, se amenaza con generalizar el oprobio con todos los condenados, o se toleran festejos insultantes para las FCSE. mientras el gobierno está entretenido en otros menesteres, se ve que más urgentes. Tendrían mucho que comentar los representantes de la educación concertada que, aunque lo diga la Constitución, parece que para el gobierno son de segunda división. Pensionistas, parados,. Podíamos alargar esta lista para ocuparle toda su agenda, pero mucho me temo que volvería a ser inútil. De aquí sacaría pocos votos. Este casting no es de su agrado.