Lunes, 16 de diciembre de 2019

Un verano al amor del Lazarillo

Si llegas a la estatua, vida mía, recuerda que te estoy esperando. Tal vez será el momento de jugar a nuestra foto preferida y de posar, primero tú con el libro entre las manos, y después yo, sosteniendo el mismo gesto, para ponernos después juntos en el álbum. Tú sabes que te aguardo con la industria de quien se llena de cosas por pensar, mientras cuento las briznas de la hierba y apunto en un cuaderno los millones de pasos que acumulo en la certeza de que, algún día, volverás para encontrarme.

Aquí la estatua me protege del sol y de la lluvia mientras pasan y pasan forasteros que todavía no son tú, se hacen las fotos de llevar consigo en sus retornos, instantáneas de una Salamanca portátil con Lazarillo de Tormes al fondo. Y el guía cuenta la historia enardecida de aquel muchacho, Lázaro, que tuvo nueve amos y así se hizo a la vida, aprendiendo, por sobre todas las cosas, a mirar. Avistaba las cosas del mundo, con toda la atención que le era requerida, para saber sobrevivir. Este lugar, por el que pasa tanta gente para hacerse un retrato de llevar en la mochila, recordará, en el futuro, que un hilo de sus huellas quedó anclado a esta Salamanca que enhechiza y en donde yo, todavía, te espero.

A veces, por cambiar de itinerario, pongo las migas de pan en el bolsillo y voy a sentarme al borde de la plaza para dar de comer a los pájaros. Ejerzo entonces el truco de mi más elaborada parsimonia mientras me muevo, despacio, y apoyo mi brazo en la curva del bastón con elegancia que tú me regalaste, y lanzo las migas al aire como si de una fuente mi mano se tratara: un surtidor que tiende boronas en el suelo para que los pájaros se posen y salpiquen su alegría en los destellos de un atardecer así, como el que siempre ha sido nuestro. Entonces cato el mundo con casi ninguna ansiedad que me distraiga del presente.

Hace ya mucho tiempo que veo a tanta gente llenar nuestras esquinas y la estatua sigue intacta, amor, mientras aguarda el momento de diluirse en la noche. La estatua y su leyenda se renuevan cada día en cada vida que las mira: cada ser con su propia ceguera, cada ser con su deseo de aprender a ver, o de entender, de alguna forma y de, entre ambos, ayudarse, como lo hicimos nosotros.

Aquí estoy, otro verano, en este banco de ciudad en donde nunca faltas, pues, aunque todos me digan que ya no es necesario, yo salgo todavía para esperarte, con mi traje de domingo y mi sombrero de gustar. Por aquí pasabas. Aquí estás, con tus primeros zapatos de tacón para asistir a nuestro baile de novios y aquí yo, igual que hoy, sintiendo que ya no sería posible escapar a lo apacible sin prisas de tus ojos. Tus pies eran más pequeños que la lluvia. Hoy he vuelto a ver caer el sol pensando en ti, pues la tarde se duerme entre tus manos, como lo hacía yo a la hora de la siesta, ¿lo recuerdas?

Entonces me leías en voz alta la novela que contiene nuestro río, nuestra ciudad está tejida de relatos, me decías, aquí pone Río Tormes, ¿lo ves? Yo lo veía y entendía la importancia. Ahora están pasando los turistas, ajenos al amor y a la esperanza, hundidos en su imagen del teléfono. Estoy mayor ahora, vida mía, pero este corazón entre corazas se ha olvidado de todos los relojes y te espera, con su mismo ardor privado de demoras, debajo de la estatua en cuyo borde nos sentábamos, una tarde tras otra, para mirarnos sin más. Ahora silbo las canciones que bailamos y encuentro en las migas del pan la plenitud de saberme acompañado cada vez que los gorriones me preguntan por ti. La estoy esperando, les contesto, en el asombro de saber, al fin, que el tiempo es una cosa que da vueltas y que, allí, mientras te escribo esta carta, hay dos que se besan e inauguran la cuenta de sus años. Si llegas a la estatua, vida mía, recuerda que aquí estoy, con mi vejez a la orilla de tu sombra, mirando al sol caer desde tus ojos.

Salamanca, 9 de agosto de 2019