Domingo, 18 de agosto de 2019

De Hiroshima a Nagasaki

“Ante las perspectivas aterradoras que se abren a la humanidad, percibimos aún mejor que la paz es la única lucha que vale la pena entablar. No es ya un ruego, sino una orden que debe subir de los pueblos hacia los gobiernos, la orden de elegir definitivamente entre el infierno y la razón.”
ALBERT CAMUS, artículo en Combat, 8 de agosto de 1945.

Vaya por delante una afirmación que aunque parece obvia, informativamente trata de esconderse bajo otras valoraciones, disquisiciones humanitarias y circunloquios seudomorales, y a veces tratada como una catástrofe natural inevitable: Estados Unidos de América es el país responsable del lanzamiento de dos bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, respectivamente los días 6 y 9 de agosto de 1945, y ese país es, por lo tanto, responsable de los más de 300.000 muertos provocados y de los daños causados por dichas bombas.

Que la historia la escriben los vencedores es una máxima tan fuera de duda como alarmante en las aguas morales de lo que fue. Que la calificación de buenos y la etiqueta de malos la otorgan siempre los autoindulgentes, es tan aceptado como indudablemente falaz. Que admitir la propia culpa es tan extraño como aceptar mérito del adversario, se ha convertido en este mundo de pura palabrería en la ciega certeza de que la hipocresía, el interés y la farsa han suplantado lo que un día pudo ser la verdad.

Se han cumplido esta semana setenta y cuatro años desde que acontecimientos que subrayaron la inherente indignidad de todas las guerras, pusieron el acento en la mayor barbarie puntual que el ser humano ha cometido contra sus semejantes, las bombas atómicas lanzadas por los Estados Unidos de América los días 6 y 9 de agosto de 1945 sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, año tras año, la prensa y las cancillerías occidentales conmemoran (por no decir que celebran) con una sorprendente falta de pesadumbre, aprensión, recuerdo a las víctimas o remordimiento alguno, los aniversarios de tales atrocidades, poniendo el acento en que (les) sirvieron para la finalización de la Segunda Guerra Mundial, sin citar, salvo en escasísimas ocasiones, a los Estados Unidos de América como responsable de la mayor matanza conocida y planeada de la historia de la Humanidad, el país que cometió una de las mayores salvajadas de la historia, delitos de lesa humanidad por los que, como vencedores y dueños de “la verdad”, ni han sido ni serán juzgados, delitos de los que, por otra parte, alegremente acostumbran, tal vez con razón, a acusar a sus adversarios.

Una cifra aproximada de 200.000 muertos en el acto en las ciudades bombardeadas con armas nucleares en esos dos horribles días de 1945, además de varios cientos de miles más (civiles de toda edad en su inmensa mayoría) de personas muertas lentamente a causa de horribles enfermedades (envenenamiento por radiación, cáncer, leucemia...), sin contar los indecibles sufrimientos y la quiebra tanto de un país entero como de vidas, proyectos y haciendas, así como de la irrecuperable esperanza a causa de la pérdida de la identidad de las ciudades, el envenenamiento de sus lugares, la completa destrucción de viviendas y suministros. Víctimas que son cada año recordadas en Japón con el recogimiento y la dignidad del respeto que allí merecen, pero cuyas fechas de aniversario, sin embargo, son celebradas en los países directamente responsables (Estados Unidos principalmente, Reino Unido, Rusia, Canadá y otros “aliados” responsables por colaboración), con la misma mezcla de soberbia triunfante y tributo al escarmiento con que el entonces presidente estadounidense, Harry S. Truman, pretendió “justificar”  el más estremecedor crimen colectivo que ni el estado de guerra ni el descaro de la fuerza ni el más leve soplo de humanidad podrán jamás explicar: Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas (...) Si no aceptan nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra” (Del discurso del presidente Truman después de la bomba de Hiroshima).

No pretenden estas líneas poner en cuestión los procedimientos bélicos utilizados por los contendientes en esa sinrazón absoluta que hemos dado en llamar guerra, y ni siquiera valorar los “modos de vida” que vienen siendo argumento del sufrimiento de tantos seres humanos, cuyos dirigentes una y otra vez han demostrado su ineptitud e incapacidad condenando al horror de la guerra a sus compatriotas (y aquí están incluidos, naturalmente, los dirigentes japoneses de aquella época). Las armas, las guerras, los enfrentamientos de fuerza, la dominación, la imposición, la brutalidad o las mil y una formas de llamar a la falta de inteligencia de los dueños de la Tierra, desembocan siempre, como en estos aciagos 6 y 9 de agosto de cada año, en la “celebración” o la “conmemoración” tanto de la victoria como del dolor y la sangre, pero jamás aportan un átomo a la fraternidad.

Los dos experimentos realizados por los Estados Unidos de América en Hiroshima y Nagasaki (las bombas Little Boy y Fat Man, frutos del ‘Proyecto Manhattan’ que experimentó con la fisión de uranio-235 e implosión de plutonio-239), y cuyos devastadores efectos en absoluto pueden achacarse, como se pretende, a los científicos que las fabricaron sino a los políticos que ordenaron su utilización), tuvieron como consecuencia, más que la finalización de la II Guerra Mundial, más que la satisfacción y venganza de un país (que también) por el bombardeo japonés a Pearl Harbor, más que un reparto del mundo a la medida de los fuertes, la constatación de la absoluta ausencia de límites para la brutalidad humana, la permanente inquietud de que estamos sometidos al instinto de venganza y al falso orgullo que da la fuerza bruta y a la deprimente certeza, vistos los fastos de este agosto, de que nada ha cambiado.