Domingo, 18 de agosto de 2019

Las pequeñas ciudades 

Hay un fenómeno en nuestra tierra que nos llama poderosamente la atención y que creemos se debía favorecer, apoyar e intensificar, por parte de nuestras autoridades (desde las locales, provinciales y autonómicas), como núcleo de fijar población y convivencia, que es el de las pequeñas ciudades.

Nos referimos a esas ciudades que, no siendo capitales de provincia, las hay en cada una de ellas y que los campesinos de las comarcas que las circundan las tienen como verdaderos centros urbanos con los que están de contacto de continuo y a los que acuden semanalmente al mercado, a comprar, a la farmacia, al médico, a comprar y vender sus ganados… o, en fin, a encontrarse con las gentes comarcanas a las que conocen y con las que, en los sucesivos encuentros, afianzan sus vínculos.

Tales pequeñas ciudades, o ciudades comarcales, o como queramos llamarlas, aunque no lo parezca, siguen manteniendo el hilillo de vida campesina que queda en una comunidad autónoma tan envejecida y despoblada como la nuestra. De ahí que, a través de ellas y utilizándolas como verdaderos nudos de la retícula geográfica y humana, se podrían establecer políticas de comarcalización, que serían las que permitirían mantener e incluso regenerar y afianzar los núcleos humanos de nuestra comunidad.

Cuando las visito, percibo en tales pequeñas ciudades, o ciudades comarcales, ese palpitar de la vida antigua, de la vida campesina, a través de las gentes de los pueblos cercanos que las visitan y que las sienten como suyas. Incluso, algunos ancianos y jubilados, viven los meses de buen tiempo en el pueblo y los de invierno en tales ciudades, o en la capital provincial.

Pienso, cuando hablo de ellas, en Béjar, Ciudad Rodrigo, Peñaranda de Bracamonte, Alba de Tormes o Vitigudino, en la provincia salmantina; en Astorga, La Bañeza, o Ponferrada (una considerable ciudad desde hace tiempo), entre otras, cuando repaso el mapa de la provincia leonesa; o, si pasamos a la zamorana, en Benavente, o en Toro, por ejemplo. Y ello, por no citar sino las tres provincias del occidente leonés, de nuestra comunidad autónoma.

Cuando voy a Ciudad Rodrigo, por ejemplo –algo que practico, sobre todo en el verano, pero también en otros momentos anuales–, es muy emocionante ver la dinámica de los campesinos de las diversas áreas comarcales, no solo salmantinas, sino incluso del norte cacereño, que acuden a ‘Ciudad’, como todos la llaman: hurdanos y de las comarcas limítrofes del Rebollar, los Agadones, las tierras del Yeltes, el Abadengo, el campo charro… y algunas otras. Lo mismo percibo cuando visito Astorga, en la que confluyen maragatos, cepedanos, de las tierras del Órbigo y gentes de otras comarcas próximas.

Tenemos un recurso importantísimo en nuestras pequeñas ciudades, y también en nuestras villas como centros de comarca (pensemos en las salmantinas de Ledesma, La Alberca o Lumbrales; en las leonesas de Cistierna, Villablino o Valencia de Don Juan; así como en las zamoranas de Villalpando o Alcañices; por no citas sino algunas de ellas), para ensayar políticas de repoblación y de anclaje de las gentes de nuestra tierra en sus ámbitos geográficos de origen.

¿Y vamos a desaprovecharlo? Hasta ahora, por desgracia, parece que así ha sido.

Pero, a lo largo de estos días vacacionales de agosto, vayamos a ellas, visitémoslas, observemos sus dinámicas humanas, las presencias campesinas en ellas, y veremos que estamos ante un fenómeno de no poca importancia, que se fue gestando ya desde los tiempos medievales, se mantuvo en los modernos y llega, aunque agonizante, hasta hoy mismo.