Viernes, 7 de agosto de 2020

Te repito que no salgas sola

Julio ha sido un mes azul de cristales estrellados. Un mes en el que nos ahogamos en calor, playas, ríos, piscinas de destellos artificiales y engañosos pantanos. Todo tiene un cieno resbaladizo y turbio: los chicos que se meten en el coche del chuleta del pueblo que controla y hace eses por la carretera comarcal entre las risas del amanecer y la borrachera, las prisas al volante en el calor que derrite la chapa del coche y el móvil que suena, estoy cerca, ya llego, ya llego… julio ha ardido en Portugal y en Ávila con ese fuego que crepita de pura sequía y de pura desidia mientras mueren las mujeres a manos de los que deberían estrechar sus manos y no sus cuellos. Mes de sangre mientras nos consolamos pensando en esa mujer que se atreve a levantarse, afianzarse sobre sus piernas heridas y correr al hospital a denunciar una violación en grupo. Atreverse, dar el paso, cerrar la herida con una denuncia, esperar no la carga ni la acusación, ni siquiera la venganza. Esperar que se cumpla el designio: remendar lo roto.

No salgas sola. Sigue sin salir sola. No te montes en el coche de cualquiera. No regreses por tu cuenta. Llama. Llama. Déjame en el portal y espera a que suba el ascensor. Hazme una perdida. Ponme un washap. No salgas sola. No salgas sola. No vuelvas tarde. No vuelvas sola. El mantra inacabable, el rosario que nunca termina de pasar las cuentas porque vuelve a empezar, es un círculo vicioso. No salgas sola. La calle, la calzada, la fiesta, el portal vacío. Las mujeres tenemos una capacidad especial de sentir el peligro. Corre, Diana, corre, Laura. Algunas veces no nos sirve, o nos sirve para sentir que ya estamos perdidas, enterradas en un pozo, ocultadas en una cuneta. Muertas que duelen y dejamos pasar, como las pesadillas que a ratos nos inquietan a plena luz del día. Corre Diana, las fiestas de los pueblos no se han hecho para nosotras y no quiero llamar a esa madre que fastidia, que repite que llame, que está harta de llevarme y traerme, menudas vacaciones de taxista llevo. Ven por tu cuenta. No salgas, no lo hagas, no te subas en ese coche, no hables con ese tipo… Madres que hemos sido la chica que volvía tarde y sola porque ya estaba harta y que ahora seguimos desgranando los misterios de siempre: ruega por nosotras. Una madre siempre insomne, una mujer siempre en alerta. Pasos, miedos, una carrera hasta el portal y cierro la puerta de un golpe. Ya en casa. Mamá, estoy en casa. Casa, casa, casa donde vive tu torturador.

No hay vigilancia, policía, control que valga. Cada una llevamos encima nuestro poder y nuestro miedo. Somos nuestro propio guardespaldas, y después, el fiscal que acusa, el policía que escucha, el médico que certifica. Por fin se atreven. Atreverse, decir que te rodearon, que eran varios, que te quedaste quieta para que todo acabara cuanto antes. Que el juez lo sufra si es que dice que no mostraste resistencia. Morir a lo Goretti debería estar limitado a esos hombres de la iglesia que llevan faldas y no son violados. Atrévete a decirlo. Acusa. Acusa y vete. Deja a ese hombre al que le brillan los ojos cuando le contradices en casa. Sigue avanzando, continúa. Para que no haya más julio de sangre. Sangre en la carretera, sangre en la calle, sangre en la casa. Qué mes más cruel. Qué calor tan violento.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.