Viernes, 4 de diciembre de 2020

Salir de la caverna ¿o no?

En cierta ocasión, mi nieto de 12 años me preguntó:

  • Abuelo, para qué me sirve estudiar todas las conjugaciones de los verbos, las capitales de los países o las fracciones, si yo de mayor lo que quiero es ser youtuber.

Nos sentamos en su habitación y le dije:

Imagina que tus compañeros de clase y tú hubierais vivido siempre sentados en una cómoda silla y con unas gafas de realidad virtual siempre puestas, a todas horas, día y de noche. No podéis levantaros para nada, pero os sentís bien. Las gafas te permiten jugar a ser lo quieras: villano, superhéroe, pirata, cazador, pintor, escritor, actor, cualquier cosa. Además puedes vivir innumerables aventuras y hacer uso de cualquier poder que te imagines: la velocidad de Flas Gordon, la increíble fuerza de Hulk, hacerte minúsculo como una hormiga o grande como un gigante, incluso, desaparecer. No tienes que hacer deberes, no hay que ducharse, ni lavarse los dientes y nada de esas cosas que tanto dices que te aburren. Detrás de ti puedes escuchar gente que habla, pero son conversaciones confusas, rumores.

Un día sientes que algo tira ti, quieren ponerte de pie, nunca lo has hecho. Te resistes, las piernas y los brazos te duelen, pero logran levantarte ¿recuerdas que te he dicho muchas veces que levantarse, crecer, siempre duele? Ahora te quitan las gafas, esas gafas por las que todo lo vivías, esas con las que creías ver la realidad.

Tus ojos están libres y poco a poco se van acostumbran a la tenue luz que emite un gran ordenador con multitud de luces parpadeantes, y puedes ver como a él están conectadas todas las gafas de tus compañeros. Aquella instalación es manejada por un grupo de personas que hablan entre ellas y se mueven de un lugar a otro, a ellos era a los que oías hablar sentado en tu silla, ellos eran los que transportaban en sus manos muchas de las cosas que veías a través de tus gafas. Estás desconcertado y mirar a todos lados sin comprender de qué va todo aquello. Alguien se acerca a ti y te dice: Fuera hay más, mucho más.

Sientes miedo, pero también una gran curiosidad. Aquel personaje desconocido te informa de cómo puedes salir de aquella Sala de Control y añade: Sigue a delante, te aseguro que merece la pena. Sigue la línea amarilla.

Comienzas a caminar siguiendo sus indicaciones. El camino es empinado y tortuoso, las piernas, los brazos y el cuello, aún te duelen al moverte. Sigues la marca amarilla y avanzas. Al final crees ver un luz intensa y vas hacia ella ¿Será la salida? De nuevo sientes temor, pero recuerdas las palabras de aquel hombre: Fuera hay más, mucho más. El resplandor es cada vez más fuerte y por fin logras salir al exterior.

La claridad es tan intensa que te daña la vista y tienes que cubrirte los ojos con las manos, esperar unos minutos y poco a poco las vas entreabriendo y comienzas a distinguir objetos. Delante de ti hay muchas de aquellas cosas que veías a través de tus gafas, pero están mejor definidas, menos pixeladas, más nítidas, más brillantes. A tus pies hay un lago y con cierta angustia metes tu mano en el agua. Un escalofrío te recorre el cuerpo, nunca habías tenido una sensación así y te invade un fuerte deseo de volver a tu sillón y tener tus gafas puestas, pero al girar la cabeza descubres lo que parece ser una heladería.

Avanza hacia ella, seguro que un buen helado de limón te tranquilizará. Entras y pides uno bien grande de tu sabor favorito. Lo acercas a tu boca y a su contacto notas frío, un frío intenso y desconocido. Su sabor es increíble ácido y azucarado a la vez.

Mucha gente pasa a tu lado, algunos te hacen preguntas a las que no sabes contestar y sólo aciertas a decir: Bueno es que yo acabo de llegar. Tras unos momentos desconcierto te lanzas y preguntas a una chica: ¿Por favor, me puedes decir dónde estamos?

  • ¿Qué dónde estamos? Pero tú, chaval, de dónde has salido. ¿De una caverna?

Todo aquello te gusta, quieres comprenderlo, quieres saber todo, pero para ello debes comenzar a plantearte preguntas, preguntas que nunca te había hecho, preguntas a las que solo a través del conocimiento podrás llegar a dar respuestas y ahora quieres hacerlo.

Comienzas a interrogar a los matemáticos que encuentras por el camino, te sientas a escuchar a grupo de especialistas que debaten sobre el reciclado, también hablas con geógrafos, historiadores y artistas. Con cada cosa que aprendes, aquella realidad se va haciendo más nítida, más clara, más exacta, porque ahora tus ojos y tu razón, son capaces de comprender.

Y en tu interior sabes, todos sabemos, que lo que te hace seguir avanzando día tras día, en aquella nueva realidad son un deseo y una pregunta. El deseo de poder regresar junto a tus compañeros de clases y decirle que salgan de aquella sala de engaños y que tú les ayudaras. Pero también una pregunta: ¿no será este lugar otra sala mayor que está dentro de aquella en la que habité durante tantos años? Pudiera ser, pero eso solo lo podrás descubrir si sigues avanzando.

Hace ya más de 2.500 años, Platón contaba un relato similar a sus discípulos, si tanta tecnología, pero una moraleja similar. Lo conocemos como La alegoría de la caverna[1], y se trata una narración que nos presenta imágenes fácilmente identificables hoy que han servido de inspiración, entre otras muchas, a la saga de Matrix, varias películas del Universo Marvel como Ant-man (2015) o Infinity War (2018), la producción de Steven Spielberg que se estrenó el pasado año. Ready Player One, incluso Abre los ojos de Alejandro Amenábar.

Y es que hoy, al igual que entonces, son muchos los que prefieren que sigamos viviendo dentro de la caverna, en la comodidad de la mediocridad rodeados de sombras que ellos mueven y escuchando y creyendo rumores que ellos difunden para su propio interés. Recorrer el fatigoso y duro camino que conduce a descubrir la verdadera realidad e ir construyendo un criterio propio resulta menos atractivo que sucumbir al confort de la ignorancia. Por eso el filósofo griego afirmaba: los educadores deben reflexionar sobre los métodos más simples y efectivos para cambiar la forma de pensar. Educación, educación y educación, esos son los tres ingredientes principales para abandonar las cavernas.