Una mujer valiente

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«El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado… Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido» (Lc 24,1-12).

El relato evangélico que se lee en la Vigilia Pascual, la víspera del Domingo de Resurrección, es de una importancia excepcional. No solo anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios, sino que nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él. Jesús murió en la cruz. Morir en la cruz equivalía a destrucción total. Con ese castigo se intentaba que no quedase ni recuerdo del condenado a ella. Los discípulos, que habían puesto en él todas sus esperanzas, le habían visto terminar aniquilado por completo. Por eso comprobar que seguía vivo, fue también para ellos verdadera resurrección.

Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús: María Magdalena, María la de Santiago y María Salomé, las mismas que habían estado con Jesús en Jerusalén durante la crucifixión. Pasado el sábado, «compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús». Quieren realizar el último servicio al Maestro. Aquellas mujeres van al sepulcro en busca de un cadáver, pero encontraron a alguien que vivía y, con él, un anuncio de salvación para todos. En el sepulcro encuentran retirada aquella piedra enorme que tapiaba la entrada. Encuentran además «a un joven vestido de blanco» y «se asustan». El joven les dice: «no os asustéis. Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado», está vivo y les encarga ir y decirlo a los discípulos.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al Sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo que tanto quería Jesús y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,1-9). Aquel amanecer estuvo lleno de contrastes. Oscuridad, losa quitada, echar a correr. Él no está y reina el desconcierto... ¿Quién se lo ha llevado? Ni las prisas, ni el deseo de ver al Señor vencen las sombras que les impiden ver. Y es que al resucitado no se le encuentra en el sepulcro, vendado, sino en la vida.

En la fiesta de santa María Magdalena le pedimos que seamos valientes, que  busquemos a Jesús como ella y, sobre todo que lo podamos anunciar que está vivo, que ha resucitado.