Jueves, 23 de enero de 2020

Llevar las maletas

¿Ha hecho usted mismo su maleta? Una pregunta frecuente al facturar el equipaje en épocas álgidas de zozobra terrorista que con frecuencia viene acompañada de otra relativa a si aquel ha estado todo el tiempo bajo el control del portador. Mi amiga, que tiene un sesgo aristocrático que acompaña a su inveterada indolencia, contestó una vez que se la había hecho su pareja y que siempre echaba mano de los servicios de un mozo por lo que se desentendía de ella en cuanto que pisaba el aeropuerto. Al principio no entendía por qué le obligaban a abrirla y, en seguida se dio cuenta de que debía mentir a lo primero para no renunciar a su comodidad y transportar luego por sí misma sus pertenencias para evitar que la compañía del maletero hiciera vano su embuste. En un mundo plebeyo el acarreo del equipaje por parte de un porteador está mal visto. No importa que se trate de una actividad remunerada mediante una tasa fija u otra discrecional a guisa de propina.

Ello ha quedado grabado en la conciencia general, como entiendo ocurre con los limpiabotas, de manera que así se explica el clamor indignado de Raquel Romero, diputada riojana de la coalición Unidas Podemos, que no está dispuesta a llevar las maletas a nadie y menos a la socialista Concha Andreu en su andadura a presidir el gobierno regional. Una metáfora desafortunada. Un exabrupto con un significado claro entendible por todo el mundo que denuncia algo ignominioso: un supuesto atropello porque gratuitamente se queja de que alguien se aprovecha de otra persona abusando de la supuesta buena voluntad de esta. Pero la política es otra cosa ya que refleja la tensión entre intereses y pasiones que afectan las propuestas. Sin embargo, bajo escenarios electorales con resultados bien definidos, aunque complejos de interpretar, se ajusta a una lógica de funcionamiento precisa donde se alza imperiosa la ética de la responsabilidad en tanto que asunción obligada de las consecuencias previsibles del actuar político.

Hay prácticas sobre las que el sistema político español tiene una experiencia limitada. El reparto del poder de acuerdo con el universo concreto que se representa, la personalidad de los jugadores y las reglas es uno de los manejos más relevantes. El PSOE cuenta con el doble número de votos de Unidas Podemos quienes tienen un tercio de los diputados de aquel; Sánchez e Iglesias (Rivera no cuenta) no parecen tener empatía, además de que la habilidad mediática y la idiosincrasia de Iglesias lo hacen presentarse como no confiable al suponerle demasiada ambición y deslealtad; finalmente, el artículo 100 de la Constitución señala que es el Presidente quien propone al Rey el nombramiento y separación de los miembros del Gobierno. La incapacidad por parte de la clase política de otorgar su confianza al candidato a la Presidencia en primera o en segunda instancia entraña la convocatoria de nuevas elecciones en el plazo de dos meses. Algo que sopesar responsablemente cuando de portar la maleta se trata.