Domingo, 22 de septiembre de 2019

The Overview Effect

Se mueve sin prisa, pero a una velocidad que aturde («a treinta kilómetros por segundo, que es muchísimo», interrumpe Luisito por hacerse el interesante). Se mueve de forma acelerada en dirección al Sol. ¿Acelerada? Sí, acelerada, porque la única manera de curvar una trayectoria es empujarla hacia adentro con la fuerza centrípeta. De otra manera, si la gravedad del Sol no tirara de la Tierra, nuestro globo saldría despedido en línea recta. ¿Y entonces? Entonces ya no tendríamos estaciones y nos veríamos en la urgencia de buscar, cuanto antes, otra fuente de luz («porque las plantas necesitan hacer su fotosíntesis para que podamos comerlas», subraya Luisito engurruñando los ojos). Exacto. También podemos decir que la Tierra se está cayendo en el Sol.

¿La Tierra se está cayendo? (los niños han ido abriendo la boca, uno a uno, y sucumbiendo —uno a uno— al estado de asombro). Tú lo has dicho. Igual que la Luna está cayendo en la Tierra, la Tierra está cayendo en el Sol y el Sol está cayendo en el brazo de la elipse que se mueve, a velocidades de vértigo («¿qué significa vértigo, profe?»), a velocidades rapidísimas en torno al centro de la Vía Láctea. Todo así. Moviéndose y cayendo. «¿Cómo si estuvieran borrachos?» (risas), sí, algo parecido, pero sin salirse de órbita.

Levanta la mano queriendo alcanzar el techo, con todos los dedos extendidos y alzándose un poco de la silla. Mira a su profesora con un entusiasmo que está a punto de ser disparado como un cohete, y sus labios musitan, casi ocultos detrás de las gafas, yo, yo, yo. Adora los planetas, la emboba la clase de astronomía, tiene pegatinas de estrellas fosforescentes en el techo de su habitación y se queda contándolas todas las noches hasta que el sueño la vence. Tiene un cuadernito con nombres de cuerpos celestes en el que ha subrayado las palabras difíciles para repasarlas en la ruta del bus: Sirio, Canopus, Achernar, Antares. Con una reverencia que solo resulta pura en los niños, atesora su colección de globos terráqueos. Quiere ser astronauta. Adora que la luna le hable cuando está redonda, que le diga secretos cuando está menguando y que le cante cuando crece. Ha aprendido que, si está nueva, es decir, invisible, no es porque se haya ido (aunque a Luisito le guste asustarla diciéndole que no volverá), sino porque se pone delante del sol y así descansa de ser vista. La luna la conmueve. Mamá, ¿por qué la luna camina con nosotros? ¡Mira!, si el coche avanza, ella también. La luna le dice hola, le dice hasta pronto, le dice aquí te espero.

Hace días que no se habla de otra cosa: unos señores llegaron vestidos de buzo y pusieron sus huellas allí. ¿Pero cómo ha sido posible? ¿Y la fuerza de gravedad? Si lanzas una bola de béisbol con velocidad suficiente podría no volver a caer sobre la tierra. Luisito está atacado de la risa, pero la profesora sigue explicando: así es Luisito, se llama velocidad de escape. Los niños escuchan con la boca abierta. El universo tiene muchos planetas que giran (que caen) tirados por la fuerza centrípeta (gravitatoria) de otros soles que son estrellas porque brillan con luz propia. ¿Y hay gente viviendo en esos planetas? Todavía no lo sabemos. Los niños siguen bebiendo el aire a buches, absortos de posibilidad.

(Cuando le contó a Luisito que había emplazado las estrellas fosforescentes en el techo de su habitación, Luisito le pidió que incluyera en ese mapa la pelota de béisbol que él iba a poner en órbita algún día).

Hace tiempo no se habla de otra cosa. La profesora ha apagado todas las luces del aula y ha encendido el proyector para mostrarles la primera foto de nuestro planeta visto desde afuera. ¿Sabéis qué es esto?, pregunta. Ella levanta el brazo enfebrecido con la misma propulsión de la astronave en la que sueña con subirse, yo, yo, yo. Te escuchamos. Es la Tierra (los niños corean un ¡oh!). ¿Nos puedes explicar un poco más? Claro que sí (y se pone de pie con las manos nerviosas arrugando la falda), mi mamá me ha contado la historia: unos señores fueron en un cohete, que es un avión que se impulsa, mirando para arriba, a velocidad de escape para superar la fuerza de gravedad (los niños repiten el asombro), y llegaron a la Luna (suspira) y se dieron un paseo y, desde allí, miraron a la Tierra e hicieron esa foto y a todos, desde entonces, nos ha cambiado la vida.

¿Por qué dices que nos ha cambiado la vida? Porque hemos visto que es blandita y eso produce ternura, sabemos que es frágil, la queremos cuidar. Entonces, Luisito se levanta de la silla y, sin que nadie tenga tiempo de pedirle que vuelva a su sitio, gana la pantalla del proyector para acariciar la superficie azul redonda con espirales de nubes, suspendida en la oscuridad del vacío y protegida, tan solo, por una telita de atmósfera. Esta bolita a la que llamamos casa.

The Overview Effect: quedar transformado de pasmo por haber visto desde afuera aquello que nos contiene. Como si fuera una roca distinta dando vueltas en torno a otra estrella en la noche (Sirio, Canopus, Achernar, Antares), otro planeta cualquiera entre los miles de puntos lejanos desde donde alguien, tal vez, nos mira y se pregunta y quiere (o no) hablar con nosotros. Efecto perspectiva. La profesora ha leído en voz alta la explicación del concepto. Y el corazón, igual que un movimiento abierto de galaxias, se le expande, se le expande.

Salamanca, 12 de julio de 2019

(Créditos de fotografía: Frank Borman. NASA. Apollo Archive. 1968)