Sábado, 20 de julio de 2019
Bracamonte al día

El Polvorín de Peñaranda, huella imborrable de una tragedia con nombres y apellidos, 80 años después

Ocho décadas han pasado desde aquella calurosa mañana de domingo del 9 de julio de 1939. Timi Cuesta nos devuelve a aquella jornada que hoy se recordaba junto al monolito levantado en memoria de las víctimas
La explosión del Polvorín arrasaba gran parte de la ciudad dejando al menos un centenar de muertos y mas de mil heridos
El recuerdo y las emociones trasladan a la Peñaranda de 2019 atrás en el tiempo. Un momento y un día que se convirtió en noche, tristeza y perpetuo homenaje. Hoy, 80 años después de la mayor tragedia sufrida en la ciudad como fue la explosión del Polvorín, continuamos mirando atrás, recordando a los más de un centenar de fallecidos y  los más de 1.500 heridos por la deflagración, que llevaba a la ciudad a convertirse en el epicentro de una tragedia que nunca olvidara.
 
Hoy, a traves del relato ofrecido por el colaborador de BRACAMONTE AL DÍA, Eutimio Cuesta, volvemos atrás y nos ponemos en los zapatos de quienes se preparaban para vivir una espléndida jornada dominical, aquel 9 de julio de 1939.
 
“Era domingo, un día de calor sofocante. Muchos jóvenes esperaban la hora de misa, disfrutando en estrecha camaradería en el parque municipal. Después de las once, entra, lentamente, en la estación un tren de mercancías procedente de Extremadura, que arrastraba, a la vez, un vagón de pasajeros. Según un testigo, llevaba una rueda en rojo vivo, que emitía chispas, por lo que los obreros intentaron sofocarlo echando tierra sobre el eje; desde la fábrica de calzados, las obreras observaron  una humareda en el muelle; segundos después, se produjo una tremenda explosión: la mercancía, que transportaba el tren, era amonal, un explosivo altamente inestable. Las fuerzas militares de Aviación, en periodo bélico,  aprovechando la adhesión de Salamanca a la causa franquista y la ubicación  de un campo de aviación en el monte Araúzo, decidieron instalar en Peñaranda, para su abastecimiento, cuatro almacenes de explosivos, localizados en el muelle de la estación, en el convento de san Francisco, en “La Poza” (donde se alzó, posteriormente, la plaza Nueva), y en la ronda de los Lagares. De inmediato, a la explosión del amonal del tren, sucedió la del cercano polvorín, corriendo grave peligro el depósito de artificios, situado a doscientos metros.
 
Como consecuencia de la catástrofe, resultaron arrasadas la estación con sus almacenes, la fábrica de harinas “La Viguesa” y la fábrica de harinas de Alonso Marcos; se calcula que unos edificios particulares quedaron destruidos o dañados por derrumbamiento y por el incendio declarado a continuación, Y, como resultado inmediato, desaparecieron varias calles, entre las que se encontraban Rebolla, Elisa Muñoz y los Caños, lugar en que se corta el fuego, que amenazaba volar otro polvorín cercano, y que hubiese añadido daños incalculables; la fuerza de la onda expansiva rompió todos los cristales de las viviendas e incluso lanzó hierros de ferrocarril, piedras y otros objetos a gran distancia. No es de extrañar, por tanto, el número de heridos (alrededor de 1.500), que representan el 33 por ciento de la población.  El número de fallecidos se cifra en más de un centenar. El Salamanca, a través de Inter – radio, se lanzaron peticiones de ayuda sanitaria y, rápidamente, se desplazaron al lugar del siniestro fuerzas militares en ayuda de los afectados y cuerpos de bomberos de Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora, Ávila, Valladolid, Medina del Campo y Madrid.
 
Al quedar destruido el hospital local, se hace necesaria la evacuación de los heridos; los más graves se trasladaron a la capital y a Ávila; y quienes sufrieron lesiones más leves, se repartieron por los pueblos vecinos, donde fueron atendidos por los servicios sanitarios locales, la Cruz Roja y Auxilio Social.
 
La destrucción de sus viviendas y el miedo empujaron a gran número de peñarandinos a abandonar la ciudad. Todos los pueblos de la comarca abrieron sus puertas para acoger a los damnificados, donde les prestaron todo tipo de ayuda y auxilio. Se hizo lo que se debía hacer ante tamaña situación de desesperación y desgracias humana y material. El pueblo de Aldeaseca de la Frontera acogió a ciento noventa personas; Rágama, a cincuenta y siete; Paradinas de San Juan, a cincuenta y cinco; Cantaracillo, ciento cincuenta y seis; Bóveda del Ríoalmar, noventa y ocho; Nava de Sotrobal, a sesenta y cuatro; Mancera de Abajo, cincuenta y ocho; Macotera, a ciento treinta y ocho y Santiago de la Puebla, a cincuenta y siete…  Se habilitaron comedores en las escuelas, y viviendas donde se albergaron las familias hasta la plena restauración de sus hogares y la construcción de otros nuevos, en sustitución de las doscientos cincuenta que quedaron totalmente destruidos. Concretamente, en Macotera, se acondicionó la vivienda, propiedad de Juan Bautista, en la calle de la Plata, como centro de acogida, y el comedor de Auxilio Social incrementó su servicio benéfico con la colaboración de voluntarias e incluso de las niñas de la escuela que, por turnos, iban a servir las comidas a los damnificados.
 
La Hermandad Nacional de Auxilio Social envió camiones con veinte mil kilos de harina blanca; mil de arroz; mil de azúcar; quinientos de bacalao; quinientos seis de mermelada;  novecientos noventa y seis de leche condensada; novecientos de leche en polvo; por su parte, la Hermandad Provincial distribuyó, durante el mes de julio, treinta y tres mil cincuenta y siete raciones de comida; durante el mes de agosto, veintiuna mil setecientas setenta y una; en septiembre, diez mil seiscientas sesenta y cuatro; en octubre, nueve mil cuatrocientas diez; además, de mantas y abrigos para trescientos damnificados; por último, Auxilio Social proporciona otras dieciséis mil setenta y cuatro comidas en julio, a través de las Hermandades locales de Aldeaseca de la Frontera, Cantaracillo, Bóveda, Paradinas de San Juan, Macotera, Santiago de la Puebla, Nava de Sotrobal y Campo de Peñaranda.
 
La situación se fue, poco a poco, mitigando gracias al esfuerzo, trabajo diario y sacrificio de las gentes de Peñaranda, de su comarca y de las autoridades políticas y militares”.
 
Hoy 80 años después de aquella luctuosa jornada, ha sido la Corporación municipal, con la alcaldesa Carmen Ávila al frente, junto a numerosos vecinos, los que han vuelto al lugar de la explosión, en los accesos a la actual estación de tren, zona en la que se levantaba un monolito en recuerdo de las víctimas de aquella tragedia. Una ofrenda floral y la lectura del centenar de nombres que componen las listas conocidas de fallecidos por parte de los cuatro Grupos políticos del Consistorio, ha simbolizado un emotivo recuerdo que finalizaba con una ovación dedicada a quienes perecieron, a los heridos y a todos los peñarandinos que pusieron esfuerzo y empeño en ayudar a las víctimas y en la reconstrucción de la ciudad.