Miércoles, 17 de julio de 2019

Noches de pan y luz

El mundo es lo que vemos y, sin embargo, tenemos que aprender a verlo.

Merleau-Ponty

 

Sigue, sigue adelante y no regreses,

Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Luis Cernuda

La espiritualidad es un acompañante imprescindible del hombre, hasta el punto de ser considerada como un elemento esencial de su estructura o derivación natural de ella, que se concreta como apertura. Esa apertura, esa religación, es la dimensión espiritual del hombre, que podemos llamar Dios. De ahí que el fenómeno espiritual, remita a una peculiar experiencia humana y ésta, a una forma peculiar de ser hombre. No nos conformamos con vivir con personas y cosas, necesitamos ir más allá, transcender nuestra realidad y buscar las últimas razones de nuestro ser y actuar. No podemos eliminar el misterio de nuestro horizonte, mutilaríamos una parte importante de nosotros mismos, necesitamos cultivar nuestra naturaleza espiritual.

Desde antiguo el hombre quiere ir más allá de sí, salir de su espacio y encontrarse con Dios. Esta búsqueda, se ha expresado en todas las culturas como un camino, se habla del”homo viator”, el hombre peregrino y romero, siempre como una experiencia primordial hacia la plenitud. No solo un camino físico, sino también un camino interior para alcanzar nuevas metas, manifestando el orden de lo humano en su condición de itinerante. El hombre siempre está en camino y solo en su camino es verdaderamente hombre, por tal motivo la peregrinación se le revela como el único modo de responder a los diferentes interrogantes que se van planteando a lo largo de la existencia. Para llegar a Dios hay que bajar al fondo de sí mimo, no es posible caminar a las alturas sin descender al humus de la tierra. Es un camino de libertad, amor, misericordia, humildad, mansedumbre, es el camino de Jesús y el nuestro.

Ciertamente, vivimos en una sociedad con demasiadas palabras, voces que bloquean la posibilidad de apertura a esa dimensión espiritual, de ahí que volvemos desde estas páginas a realizar un elogio del silencio frente a la huida personal refugiada en el hablar superficial e intranscendente. Hoy más que nunca hay una necesidad del silencio, corporal, mental, afectivo, místico. El silencio es una forma de habla, no es una mera ausencia de palabras, sino que forma parte de la estructura del comprender. Esta estructura global del habla no es un existenciario cualquiera, es lo más radical y distintivo del hombre. Existe en el silencio un poder de clarificación, de purificación y de comprensión de lo esencial. El silencio nos permite ser personas profundas y contemplativas, capaces de leer el mensaje de las cosas y de la vida. Los momentos más grandes del arte, de la ciencia, de la espiritualidad, de la creatividad son momentos de absoluto silencio.

En estas noches de verano, es una buena ocasión para hacer silencio y vivir el silencio. Es en ese desierto interior del alma donde no hay ruidos, donde el hombre se encuentra solo ante el misterio trascendente y se abre a lo inesperado, ahí se manifiesta el espíritu de Dios. Un Espíritu que está con nosotros y actúa en nosotros. Esto significa que el amor de Dios se hace presente en nuestro interior, en lo más hondo de nuestro ser. A esas profundidades del alma se llega con la oración, habitando el corazón por el Espíritu, haciendo toda una experiencia de vida. En esa posada interior, la oración es un canto de invisible silencio, donde Dios impulsa nuestra existencia, eternizando el amor.

En medio del ruido, del trabajo, del estrés, del consumo excesivo, del vacío, el hombre actual no necesita ayunos y mortificaciones, necesita paz y silencio. Un tiempo cada día para encontrarse con Dios en su corazón, para serenar su existencia y, desde ese encuentro, poder calmar su sed de sentido y transformar toda su realidad. Cada jueves de verano, al anochecer, cuando se ha ido la luz del día, se hace una invitación a encender la luz del silencio en la IGLESIA DE LA PURÍSMA, a encontrarnos con ese Dios que nos habita, a momentos de arte, paz y de silencio.

Esos momentos de oración y contemplación en el marco de la Iglesia de la Purísima, la más bella de la ciudad, con el permiso de la Catedral. La belleza también forma parte del silencio, suele provocar en el individuo una sacudida que lo proyecta fuera de sí, arrancándolo de su cotidianidad y de sus rutinas, abriéndole los ojos del corazón y de la mente proyectándole hacia el misterio. La humanidad puede vivir sin ciencia, puede vivir sin pan, pero sin belleza no podría seguir viviendo, porque no había nada que hacer en este mundo (F. Dostoyevski). Un silencio que habla en la contemplación y en la belleza, que transciende nuestra condición límite, proyectándonos a ese encuentro con el misterio último, con Dios.

La Unidad Pastoral Centro Histórico de Salamanca (parroquias San Martín-San Julián, La Purísima y San Sebastián) organiza una serie de encuentros para los meses de verano, bajo el título ‘Noches de Pan y Luz’, que se celebrarán cada jueves de julio y agosto, a las 22:00 horas, en la iglesia de la Purísima.

Una propuesta que está abierta absolutamente a todos: a los de casa, a los de cerca y a los de lejos, que estáis visitando nuestra ciudad y que buscáis algo más en vuestros días de descanso.  De esta forma, ofrecen en un espacio rodeado de arte, la oportunidad de disfrutar de un tiempo para el encuentro sosegado con la paz, el silencio, la oración y la contemplación.