Miércoles, 1 de abril de 2020

Ambigüedad (III)

Es sabido que la historia se asienta en hechos fiables y cuyo nivel de constatación es incuestionable. Por el contrario, la memoria es algo distinto. En primer lugar, es individual, nada que ver con esa obtusa tendencia a hablar de memoria colectiva. Está vinculada con los afectos y las emociones. La historia aparece como inamovible, de manera que pocas veces se cambia salvo cuando hay evidencias sólidas. Por el contrario, la memoria es voluble y siempre habla desde el presente y usa la primera persona del singular: “me acuerdo”. Aquella es el reino de las certezas, esta de la ambigüedad. Por otra parte, hay dimensiones radicalmente contrarias que empatan una con el mundo de lo oficial y la otra con el universo de los mitos. Algunos se imponen la tarea de conciliarlos, de construir un relato común que integre y que de forma a un proceso colectivo que, con fortuna, termine en un proyecto exitoso.

El sentimiento nacional es indispensable para entender la historia de, al menos, los dos últimos siglos de buena parte del mundo. Cómo se construye y qué efectos trae consigo es el tema de investigación de brillantes intelectuales como Pepe Álvarez Junco o Ramón Máiz. Los símbolos y sus relatos explicativos sacralizan determinadas ideas, primero simples, luego cada vez más elaboradas. Aunar a individuos sueltos con historias dispares, sujetos anclados a un medio familiar más o menos extenso y a un entorno que crecía poco a poco e incrementaba su complejidad. Había que dar el salto hacia lo grupal estructurado de manera diferente a como habían sido las cosas hasta entonces. Pasar de la responsabilidad de uno solo a otra de carácter colectivo, de la dignidad de la persona a la de la colectividad. Del reconocimiento de una persona al derivado de su profesión, su estatus social.   

Tiene 17 años y piensa que no podría vivir sin ese grupo con quien pasa todas las tardes. Aquí se llama pandilla, aunque en otros sitios se denomina cuadrilla o peña. Una actividad ambigua los reúne asiduamente. Su padre le cuenta que en su juventud lo que le unía con los suyos era el equipo de fútbol. Por el contrario, la madre dice que era el paseo y la charla con las amigas. En cualquier caso, ambos están contentos porque no se quede sin salir de casa como la hija del vecino. Aunque sus amistades hacen bromas sobre su forma de ser y su opinión nunca cuente, entiende que tiene un espacio y que a la postre recibe un reconocimiento ajeno que no sabe precisar bien, pero que valora. Hoy le han pedido que haga algo cuya finalidad no comprende y que en su fuero interno le parece que está mal, pero sabe que no puede defraudarles. El riesgo de quedarse fuera y lo que ello supone es algo que no se plantea asumir. Tampoco es consciente, todavía, de que hay cosas que permanecerán indelebles toda la vida a partir de ese simple hecho de esta tarde.