Visto para sentencia

Parecía imposible, pero la semana pasada, más concretamente, el miércoles por la tarde, el juez Marchena pronunció la fase ritual, tras la celebración de un proceso: “Visto para sentencia”. Pero en este caso, la cuestión no era baladí: significaba que el juicio de los procesados por el pronunciamiento independentista catalán, se había celebrado, con todas las de la ley, con un respeto exquisito a las garantías y derechos de los juzgados, y que había concluido, a la falta ahora solo de la sentencia, que determinará definitivamente las responsabilidades de los acusados. Han sido cuatro meses y 52 sesiones, un maratón judicial, pues con el número de pruebas practicadas en sala, la eficacia y eficiencia judicial pocas veces habrán alcanzado en España un récord de tal magnitud. Pero, además, y esto es lo importante, el Estado de Derecho español habrá demostrado que existe, que aquí violar gravemente la Constitución es algo que se paga, y que nadie está fuera de la ley, aunque algunos así se lo creían, y todavía sus caras incrédulas lo demuestran. Sí, el juicio que parecía imposible, ha tenido lugar, y esto significa que, con todas sus imperfecciones, la democracia funciona en España.

He seguido con apasionamiento este juicio, como jurista y como demócrata. Si me preguntan mi valoración de las defensas de los abogados, diré que ha habido dos estrategias por lo que se refiere a los acusados sobre los que penden las penas más duras: la mayoría, esencialmente política, que giraba sobre el eje de la violación de derechos fundamentales por parte del Estado español, o, con otras palabras, que los acusados eran ciudadanos y políticos que solo ejercieron los derechos fundamentales propios de una democracia y que en España en este caso han sido violados por el propio Estado. La estrategia de defensa política tuvo su culminación en las propias conclusiones de los abogados defensores y en las últimas palabras de los acusados: ¿hubo alguna palabra de arrepentimiento o más bien contumacia en defender lo que volverían a repetir? ¿Cómo olvidar en este sentido los discursos de Jordi Cuixart y de Raúl Romeva, y las escuetas palabras de Junqueras, abogando por el carácter político del juicio que concluía y abogando por una solución de este carácter para el futuro?

Pero hubo también una estrategia puramente jurídica y profesional, la de Javier Melero, el abogado del exconsejero Forn. A lo largo de estas semanas, ni una imprecación política, ni un cuestionamiento del Estado, exclusivamente razones jurídicas para abogar por la inocencia de su defendido, y con un final digno de recordar: el compañero Melero concluyó agradeciendo el estilo del Tribunal, aunque no haya compartido todas sus decisiones durante el proceso, reconociendo el papel de la Policía presente en las actuaciones y hasta poniendo de relieve el trabajo de los empleados del Supremo, para terminar con una nota de humor recordando una escena de la película de José Luis Cuerda “Amanece, que no es poco”, la descacharrante película de José Luis Cuerda.

¿Cuál de ambas estrategias será la exitosa? Apuesto que la de Melero. Me imagino que los procesados con acusaciones menores, como los exconsejeros Santi Vila o Mundó, serán absueltos o, si acaso, recibirán penas simbólicas; espero que el defendido por Melero, verá también muy atenuada su responsabilidad. Ahora bien, el resto, lo tiene crudo, y pienso que sus defensas no les han hecho un gran favor, pero acusados y abogados iban en la misma barca, y su apuesta es a más largo plazo, ante los tribunales europeos, pero les auguro en ese futuro también poco éxito.

En octubre conoceremos la sentencia, y habrá que leerla, no solo la parte relativa a la calificación de los delitos y las penas, sino, sobre todo, su abordaje jurídico, la valoración de las pruebas y la interpretación de los delitos. La Fiscalía se lo ha puesto difícil, después de la irreprochable intervención de los fiscales Zaragoza y Cadenas, aunque en el último caso, la reinterpretación del delito de rebelión es muy discutible. De lo que no me cabe duda es de que la sentencia será justa, fruto de siete jueces de gran competencia y probada honradez. De esos que, a veces se dice, “hágase justicia y caiga el mundo”. Pero espero que se lea desde la objetividad que mira la realidad con perspectiva y no desde la pasión que enajena la razón, cosa poco habitual en nuestro país.

En momentos tan oscuros de la política que vivimos en España, solo puedo decir que me enorgullezco de nuestra justicia y de la democracia que la hace posible. Va siendo hora de que los españoles abandonemos victimismos y complejos de inferioridad, y reclamemos nuestro lugar en el mundo.

Marta FERREIRA